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Mauro Armiño: «Habría que quitar la palabra cultura de la Constitución»

Articulista, crítico literario y teatral, traductor. La labor de Mauro Armiño es muy amplia y compleja. Acaba de traducir la obra completa de Rimbaud, poeta maldito por excelencia, cuya influencia se deja notar en la literatura del siglo XX

Mauro Armiño
Mauro Armiño - Isabel Permuy

Concluida la titánica tarea de hincarle el diente a Rimbaud, su obra completa recién editada por Atalanta en uno de esos voluminosos libros con papel de biblia que da gusto leer y tocar, Mauro Armiño (Cereceda, Burgos) ya anda inmerso en la traducción de algún otro clásico. Llegas a su estudio madrileño para hablar del poeta francés y sales con un manual -sin pelos en la lengua- sobre literatura, política, periodismo... A sus 62 años, Mauro Armiño está de vuelta de todo, menos de decir lo que piensa.

¿Malos tiempos para la cultura?

Habría que quitar la palabra cultura de la Constitución.

¿Así de drástico?

Así. Ni este gobierno ni ninguno, no le hace caso nadie. Hace un mes, hubo unas charlas en la Universidad con la gente de Podemos. Y volvimos a discutir lo que ya se discutió en 1920: que si la cultura tenía que estar al servicio de... o no. Al pobre Proust, Sartre lo machacó: un señorito que no se levantaba de la cama… Hubo que defender a Proust en aquel momento porque, dejando a un lado la escritura, sociológicamente no hay ninguna novela de su época tan cruel contra la aristocracia como «Sodoma y Gomorra».

«Estoy sometido al texto. Luego no escribo, traduzco. No me creo Octavio Paz, ni Juan Ramón»

¿Cómo se mete a traducir a Rimbaud con este panorama?

Una de las pasiones de mi hija, que estudió en el Liceo, desde pequeñita, era Rimbaud. Empecé poco a poco algún poema y, de pronto, un día me encontré con Jacobo Siruela en una calle de Madrid. «¿Qué haces?». A un editor no le digo lo que estoy haciendo para otro editor por regla general, por si acaso. «Pues nada, estoy ahí con mi Rimbaud de siempre». «Hombre, eso me interesa. Podría interesarme, pero este año ya...».

En sus traducciones, ¿cuánto hay de Mauro Armiño?

Estoy sometido al texto. Luego no escribo, traduzco. No me creo Octavio Paz, ni Juan Ramón Jiménez. Por ejemplo, cuando Juan Ramón traduce «Negra sombra», de Rosalía, el primer verso dice: «Negra sombra que me asombras». Y el último es «Negra sombra que me asombra». Entonces, Juan Ramón, que es muy listo, respeta el primer «me asombras», y en el último escribe «me ensombras». Le ha dado la vuelta, lo ha cerrado.

Entre Proust y Rimbaud, entre la prosa y el verso, elija

El resultado es muy distinto. Proust se puede traducir con más o menos acierto, o más o menos equivocaciones. Traducir poesía es siempre una equivocación. Ves el resultado, ves el original, y te coges unos cabreos grandísimos porque la poesía no tiene traducción, tiene traslación. Traduce al francés «Verde que te quiero verde». Si ni siquiera sabemos qué quería decir Lorca. La poesía a partir del siglo XVIII se puede traducir mejor. Cuando se libera el verso de la rima y del ritmo, y se hace verso libre.

¿Qué piensa de la poesía actual?

La gente cree que el verso libre es «hago lo que me da la gana». Es otro sistema rítmico, nada más. Que es lo que me parece que falta en los jóvenes poetas. Los poetas de hoy, los jóvenes, no tienen ni idea, y perdón. El ritmo es una cosa que no saben.

«Los poetas de hoy, los jóvenes, no tienen ni idea, y perdón»

Un cambio de tercio: ¿es el periodismo literatura?

El periodismo es una forma de literatura. Por ejemplo, Larra escribía muy bien. Segundo, metía el dedo en el ojo en una situación española tan complicada como la de ahora, si no más. La escritura de Larra es absolutamente literaria. Todos los periodistas de final de siglo sabían escribir literariamente. Ahora, cada vez que cojo y leo un artículo, digo: «Este párrafo no lo entiendo». Sobre todo en lo digital. En Francia hay una cosa que es obligatoria: el lenguaje desde que tienes cinco años, y aquí el lenguaje… Me han sorprendido mucho mis nietos: «Ay, Lengua, qué lata».

Bueno, se suele pensar que la lengua no sirve para nada y las matemáticas, sí.

¿Para qué aprendimos la tabla de multiplicar si ahora coges un aparato y te lo hace?

¿Se ha perdido precisión en el uso de las palabras?

Va todo a bulto. Es curioso. Los que mejor las utilizan son los malos. Rufián. Las utiliza muy bien. Tiene un olfato de titular de periódico. En una sola frase, machaca. Lo concentra muy bien. Después dice tonterías, «Susana Richelieu». No faltes al respeto a Richelieu. Richelieu montó un tinglado que dio lugar a todos los clásicos.

¿Qué piensa de las peleas entre académicos por el sexo de las palabras?

¿Pero quién se pelea? Pérez-Reverte. La formación de Pérez-Reverte no es filológica. En principio hay una cosa que es la economía del lenguaje, que viene desde el latín. Desde el latín se ha privilegiado el masculino para representar el conjunto. Igual dentro de 120 años esto se ha estabilizado, pero ahora estamos todavía en el latín. Es una cosa de los políticos.

¿La lengua acaba siendo un arma arrojadiza cuando se politiza?

Es una marca de identidad, y cuando tienes un discurso político identitario, coges todo lo que puedes, de los «castellers» a la lengua. He pedido en algún artículo que la Academia haga sinónimos: político = mentiroso, mentira = toda palabra que sale de la boca de un político.

«Llega la URSS, y en el primer momento, poetas y demás se ponen de su parte. Todos terminan en Siberia»

¡En buen momento hace esta afirmación!

Lo que está en cuestión es el sistema democrático. Está en cuestión desde que se fundó. Flaubert se cachondea de la democracia. «Esta señora que viene a lavarme aquí va a tener el mismo valor que yo para el voto». Bueno, esa es una postura muy aristocratizante, pero no deja de ser cierta. Hay un problema, que es elegir entre esto, esto y esto, y esta señora tiene un dato y yo tengo veintiocho para poder opinar. Segundo, el sistema electoral americano, que, como sabe, es un cachondeo. Ahí no gana el que más votos tenga, sino una especie de enjuague: resulta que el que gana en un estado es el que se lleva todos los diputados.

Ahora que se celebran los 500 años de «Utopía», ¿cuál es la solución a estos males?

Ya no tengo ganas de pensar en soluciones. Lo que sé es que esto no funciona. Y no puede funcionar porque el sistema capitalista está organizado así. El sistema capitalista te compra, te paga unas elecciones, unas campañas… y gana el que más capacidad dineraria tiene. Eso también se ve en Estados Unidos; el dinero de las campañas... Pero el otro sistema es peor porque no me conviene nada. Lo primero que hacen es cargarse a esos señores que critican. No me conviene. La historia de la Revolución francesa. Guillotinaban a todos, hasta a ellos mismos. Llega la URSS, y en el primer momento, poetas y demás se ponen de su parte. Todos terminan en Siberia.

¿El último refugio es la cultura?

Es un refugio del ruido, porque no hay más que ruido por todas partes. Enciendes la televisión y hay ruido. Desde las elecciones de diciembre hasta ahora, no he oído ni una sola idea.

¿Se considera un ciudadano de la república de las letras?

Es lo que me ha gustado desde que empecé; desde los 16 años me dedico a esto, y he conseguido vivir de esto con independencia del mundo. He participado muy poquito en la vida social, lo que se entiende por social, y la vida política la he visto también desde aquí; esa palabra tan fea que es «intelectual», que es gente que vive con sus libros y cambiando ideas con este y con otro. No me divierten mis colegas de generación, novelistas, etcétera.

¿El ego es el problema?

A un novelista no le hablas con ironía de su novela. Hablas de otras cosas. Y como de fútbol no entiendo, no puedo hablar.

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