El pintor Richard Rothwell retrató a Mary Shelley en 1840, cuando su obra ya la había hecho célebre
El pintor Richard Rothwell retrató a Mary Shelley en 1840, cuando su obra ya la había hecho célebre
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Mary Shelley, la madre de Frankenstein

Como pasaba en la novela que cumple su bicentenario, el famoso monstruo se ha escapado de su creadora, eclipsando una vida llena de paraísos y diablos

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Se ha escrito mucho sobre 1816. Entre otras cosas, fue un año plomizo y extraño en el mundo, y se debió a una disminución de actividad solar que coincidió con un aumento de la volcánica. Los veranos europeos fueron fríos y grises, en todas partes como a la vera del lago Lemán, Suiza, donde Byron y los Shelley, Claire Clairmont y Polidori, protagonizaron la noche fundacional de Villa Diodati. Una anomalía ambiental contextualizó de alguna forma la efeméride cultural con la que prácticamente surgió toda una galaxia de tintas y celuloide, con sus constelaciones más o menos posgóticas, con todo el «pulp» y la «sci-fi» que vendría después. Los dos poetas, la mujer del segundo y su hermanastra, más el médico humillado del primero –Lord Byron era lo más parecido a una estrella del rock por aquel entonces– jugaron a escribir historias de terror. Fue entonces cuando Mary trazó los primeros rasgos de su Prometeo moderno, y cuando el asistente acomplejado sentó las bases de ese género vampírico cuya burbuja explotó no hace mucho. Lo que para los divos fue poco más que un entretenimiento desganado, puso en el mapa literario universal a John William Polidori y, mucho menos anecdóticamente, a Mary Shelley.

La creadora de Frankenstein fue hija de William Godwin, pensador protoanarquista admirado por quien se convertiría en su marido, Percy Bysshe Shelley. También de la autora de «A Vindication of the Rights of Woman»; ensayo seminal del pensamiento feminista, publicado en 1792. Mary Wollstonecraft murió un diez de septiembre, sábado, al poco de alumbrar a su hija. Fue a causa de una infección adquirida en el parto: el doctor Poignand no fue lo suficientemente escrupuloso en la esterilización de sus manos, en un tiempo en el que los antibióticos no habían entrado en escena. Mary Jane Clairmont se convirtió en madrastra de Mary en 1801, y Claire Clairmont en su hermanastra ocho meses más joven. Testimonios escritos apuntan a que Mary Jane, mujer astuta y práctica, convirtió rápidamente a Godwin en un empresario, así como a su hijastra en una enemiga íntima. La relación extramarital de Mary con Shelley también desencadenó una ruptura con su padre, un primer «Grand Tour» en pareja, forzado por las circunstancias y limitado por su capacidad financiera, y una enmienda final en forma de boda.

Educación de élite

Mary Godwin –por su nombre de soltera– creció escuchando las conversaciones de una élite que incluía a Thomas Paine, William Blake, Fuseli, Wordsworth y Malthus, entre muchos otros. Al respecto, la biógrafa Fiona Sampson escribe que fue «una niña criada por el “zeitgeist” intelectual».

Durante su adolescencia, las reuniones de la familia Godwin con la «intelligentsia» del momento continuaron, de modo que alcanza la juventud con un amueblamiento mental absolutamente inasequible a principios del diecinueve, especialmente –como su progenitora denunciara– tratándose de una mujer. «In illo tempore», además, no eran habituales las pubertades inacabables del siglo XXI, y abandonar el nido era un acto mucho más temprano y aplomado que hoy por hoy. Todas estas consideraciones se relacionan con su precocidad a la hora de escribir una obra monumental recién llegada al mundo adulto. Eran otros tiempos y esa clase de milagros sucedían, hoy casi incomprensibles en un mundo brutalizado por las redes sociales y el decrecimiento de la lectura.

Su padre, William Godwin, fue un pionero del anarquismo y su madre, Mary Wollstoncraft, lo fue del feminismo

La vida de los miembros del grupo Diodati fue convulsa, excesiva y romántica, pero sobre todo trágica. Suicidios, muertes de niños, intrigas e infidelidades; un reverso tenebroso muy de actualidad y que tiene que ver con el eterno debate sobre la moral de los grandes nombres propios. Miríadas de biografías desgranan los aspectos más morbosos de un elenco en el que Byron se lleva de largo la palma, y que sitúan a Mary Shelley en un paraíso habitado por diablos, tomando por expresión su propio modo de definir Nápoles en una ocasión; extrapolándolo a la totalidad de una existencia itinerante que, si se ve en conjunto, tiene mucho de montaña rusa.

No es difícil comprender cómo de un exclusivo contexto radicalmente liberal –en el sentido decimonónico del adjetivo– surgieron las tragedias propias de los proyectos utópicos fallidos, o de las exaltaciones ilimitadas del yo y sus consecuencias, bellísimas y fatales a un tiempo. Pocas imágenes literarias –e incluso cinematográficas– tienen el calado de una Mary Shelley madura, ya en Inglaterra, transformada por la viruela, acariciando unos pocos cabellos de hijos muertos en la más temprana infancia.

Otros mitos

Mary exhaló su último suspiro en 1851, cuando tenía cincuenta y tres años, un vástago hecho y derecho –Percy Florence– y una nuera con la que podía convivir. No murió en una tormenta marítima ni luchando en guerras y causas lejanas, como sí ocurrió con su marido y con Byron, pero tampoco vivió tanto como Claire Clairmont, su hermanastra, que enterró a todos sus compañeros de viaje y expiró a los ochenta años. Se la conoce por su modernización del mito prometeico, algo más por haber engendrado otro con «El último hombre» (1826) –nada menos que el del superviviente posapocalíptico– y, lamentablemente, casi exclusivamente como la prolífica escritora que fue en medios académicos y especializados.

Su vida transcurrió entre paraísos como el Dundee escocés de su infancia, o como Nápoles y otras ciudades eternas, pero también entre colegas tan absolutamente geniales como indeseables, si se tiene una mínima querencia por el otro. Su madre tenía razón: el mundo tenía que cambiar, y mucho, pero quizá no por la vía de tal exacerbación de los «yoes», y sí por otra realmente humanista, que para nada hubiese sido incompatible con la obra que tanto ella como su entorno nos legaron.