Mary Karr
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LIBROS

Mary Karr, la mujer que fue Sísifo

De lo peor puede salir lo mejor, Mary Karr lo consigue en unas memorias cargadas de infancia y adolescencia

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Poco antes de que la madre de Mary Karr muriera, el hombre que le estaba arreglando la cocina encontró un azulejo con un agujero sospechoso. Le dijo: «¡Señora Karr, esto parece un agujero de bala!». La hermana de Mary intervino: «¿Esto no es de cuando le disparaste a papá? La madre refunfuñó y respondió que no: “A tu padre le disparé ahí”». Esta anécdota fue el detonante de estas espléndidas memorias que se leen como una novela, El club de los mentirosos, en las que la escritora Mary Karr (Texas, 1955) disecciona la palabra familia.

Cuando Mary era ya una adulta, acuciada por la necesidad de dinero -quería comprarse un coche-, empezó a hacer un ejercicio que no sabía hacia dónde la llevaría. Los griegos lo llaman catarsis. En su caso, lo que hizo fue contar cómo se pudre una familia y escribió acerca de los secretos de los suyos, y al hacerlo descubrió algo muy poderoso: que lo que más le quemaba era la vergüenza de lo escondido. Las catástrofes, asumibles, ya casi domesticadas, puestas en negro sobre blanco, ardían menos. No había truco de magia, es decir, el monstruo no desaparecía. Mary Karr encendió la luz a su pasado.

Asumir la lotería del propio pasado no es tarea fácil. En la faja del libro se dice que estas memorias se leen «entre la tristeza más honda y la risa más sincera». Si es cierta aquella máxima de Woody Allen que dice que comedia es igual a tragedia más tiempo, aquí cobra más vigencia que en ningún lado. Porque parece imposible reírse de situaciones tan grotescas como las que relata. Pero es su humor, esa escritura ácida y a la vez tierna la que convierte este libro en lo que es, una oda de amor a lo imperfecto.

En El club de los mentirosos aparece continuamente su hermana Lecia («Cuando mi hermana se decida a escribir sus memorias yo siempre apareceré vomitando, haciéndome pis encima o llorando»), porque Lecia es la que coge las riendas de la cordura en una casa que es de todo menos un hogar. Una casa en la que una abuela déspota muere de un terrible cáncer, la madre, una mujer torturada por su propio pasado, alcohólica y adicta a las metan- fetaminas, termina cogiendo a sus hijas y abandonando al padre en una suerte de macabra huida hacia adelante.

Lágrimas ajenas

Mary Karr no es una superviviente dickensiana, ni este es simplemente el relato de una infancia hecha jirones. Este libro es una demostración de que los dramas de infancia no condenan a nadie al pabellón psiquiátrico, si acaso condenan a escribir unas memorias, a escribir El club de los mentirosos. Como cuenta Karr, cuando la publicó y se convirtió en bestseller, «me movía de ciudad en ciudad con la sensación de que se creaba una comunidad a mi alrededor». En las firmas, se llevaba cajas de Kleenex con ella porque la gente se sentía muy identificada con lo que contaba. Ante las lágrimas ajenas solía bromear: «¿Ha sido tan decepcionante conocerme?»

La primera frase que aprendió Mary Karr en francés fue il faut souffrir. Su madre le leía El Mito de Sísifo de Camus y al terminar el relato, esperando el final feliz, Mary se quedó perpleja. No había moraleja del absurdo. El desdichado personaje que carga una roca infinitamente realiza la misma tarea que los humanos en un bucle infinito. Mary Karr se convierte en el Sísifo que, en lo alto de la montaña, se da cuenta de que no puede convertir el absurdo en no-absurdo. Pero puede hacer otra cosa: contarlo y darle un sentido. Y eso ya es más de lo que el propio Sísifo hizo.