LIBROS

Manu Leguineche hizo que el camino fuera siempre largo y nutritivo

Hacía tiempo que los devotos de un reportero que no tenía enemigos, pero necesitaba dosis extra de cariño, añoraban que fueran reeditadas sus obras. Por eso es de celebrar la reaparición de «El camino más corto». Impecable primer plato

El periodista y escritor Manuel Leguineche
El periodista y escritor Manuel Leguineche

Que el camino más corto para encontrarse a uno mismo da la vuelta al mundo es una intuición que Hermann Keyserling apuntó en su «Diario de viaje de un filósofo». A los 23 años un tal Ángel Leguineche Bollar (Arrazua, Vizcaya, 1941), Manu Leguineche para el periodismo, decidió aplicarse el aserto al pie de la letra y plasmarlo al inicio de «El camino más corto». Una trepidante vuelta al mundo en automóvil.

Es muy de agradecer que Ediciones B rescate uno de los libros que invitan a viajar con los sentidos alerta de un reportero que hizo escuela de vida y de mirada, aunque a la tumba se llevó el elixir de cómo ser Manu. Es la primera grímpola de una recuperación necesaria de la impresionante obra del viajero, periodista e historiador. «El precio del paraíso» será reeditado en octubre de 2016; «El club de los faltos de cariño», en 2017; «Yo pondré la guerra», en 2017, y «Hotel Nirvana», en 2018. Aunque la colección «Papel», que ya cuenta con figuras como Javier Reverte, Ramón Lobo y Bru Rovira, pretende evocar las libretas negras de tapa dura de las que gustan los reporteros, el resultado no es del todo grato: hubiera merecido una edición más cuidada y un papel menos burdo.

Pero el libro sigue siendo un formidable artefacto periodístico y literario que nos lleva de la mano de aquella disparatada Trans World Expedition, la vuelta al mundo de cinco tipos, cada cual más original, todos ellos periodistas, no siempre bien avenidos, y que entre 1965 y 1966 vivieron la aventura en carne viva.

«Jamás pretendió ser más que los hechos que narraba», recuerda Alicia G. Montano

Manu le saca todo el partido: desde vender vitaminas en Tailandia para sobrevivir o jugar un partido de fútbol con el rey Sihanuk de Camboya y fumar opio, a entrevistar a Indira Gandhi cuando era ministra de Interior de la India, y al Dalái Lama, que le dio recuerdos para Franco, o al sherpa Tenzing, que le confirmó que fue Hillary el primero de los dos en culminar el Everest. Una mona, Totoche, se comió en Bangkok su pasaporte, y una cantante llamada Xanadú le propuso en Kabul convertirse en «crooner». ¿Quién sabe cómo hubiera sido la peripecia de Manu Leguineche si hubiera optado por una vida de cantante? A la vista quedan sus talentos para ese arte, muy útil en un periplo que en más de una ocasión estuvo a punto de costarles la vida a él y a sus compinches.

El viajero perfecto

Lector ávido de Historia, geografía y literatura, Manu sigue la máxima de Camba: descubre el ser de los países y las ciudades por sus olores. Prodigioso observador, sus descripciones te hacen la boca agua, con excursos históricos que enriquecen la virtud de la mirada, y una capacidad inagotable de escucha. Practica la máxima de los sabios griegos: el viajero perfecto crea el país por donde viaja. En su caso con una insólita amalgama de curiosidad y escepticismo, inocencia y compasión. Para él, el periodismo es una forma de estar en el mundo. Lo vive todo, se lo bebe todo. Difícil imaginar un mejor compañero de viaje que este Manu que apunta sus mejores dotes.

Manu se murió en 2014 sin enemigos. Un hito en un país donde el escudo de armas debería ser el de dos tipos hundidos hasta la cintura en el barro de la discordia dirimiendo sus diferencias de opinión a garrotazos. Puro Goya. Y para demostrarlo, nada mejor que una encuesta de urgencia con algunos de los que compartieron vida y oficio, o han seguido sus huellas por la senda vital del periodismo. Baste como prueba que, entre pregunta y respuesta de este elenco del mejor periodismo español, mediaron desde unos minutos a unas horas, lo que confirma que a Manu no se le olvida.

Para Alicia G. Montano, la ex responsable de «Informe Semanal», «era un gentleman del periodismo: elegante en la narración, muy documentado, jamás perdía la compostura. Manu se quitaba importancia y se olvidaba, deliberadamente, de lo que prefería no recordar, porque ya se sabe que los caballeros no tienen memoria. Jamás pretendió ser más que los hechos que narraba. Era el antidivo, tierno y compasivo. Ser reportero fue su pasión y el periodismo, su gran amor. Por encima de todo».

«Alma de niño y sabiduría de viejo», así define a Manu uno de sus mejores amigos, Javier Reverte

La reportera Tamara Crespo, que se ha hecho con Primera Plana librera en Urueña, dice que «el impacto de tener en las manos un texto de Manu Leguineche, escrito a máquina y sin apenas tachaduras, de estructura perfecta, es algo que una joven periodista, como era yo cuando tuve ese privilegio, siendo editora de un anuario, no se olvida nunca. Manu fue un maestro, un currante, fiel a los principios del oficio, y humilde, como todos los grandes».

Para su compañero de fatigas, el fotógrafo Fidel Raso, que cubrió los años de plomo en el País Vasco, «fue un ejemplo a seguir. Hoy, cuando predomina un periodismo que me cuesta reconocer, es sencillamente una leyenda».

«Arizona, Estados Unidos» (2015), de Larry Towell. incluida en «On the road», el último álbum de Periodistas sin Fronteras
«Arizona, Estados Unidos» (2015), de Larry Towell. incluida en «On the road», el último álbum de Periodistas sin Fronteras

Ramón Lobo, que acaba de publicar en la misma editorial sus memorias, «Todos náufragos», lo considera «nuestroKapuscinski»: «Un gran reportero que supo que lo importante de las historias son las personas que están dentro».

Sonrisilla maliciosa

«Manu se hizo con la amistad de todos los que le trataron y él con el respeto de tantos otros que solo le leyeron. Sabía interpretar el mundo con distancia, pero con compromiso. Siempre llevaba las antenas puestas. Era una de las mentes más rápidas que he conocido. A veces, podía parecer adusto… probablemente, era el más encantador adusto. Cuando decía maldades le asomaba una sonrisilla maliciosa. Encontró una senda entre el periodismo y la literatura que transitaba como nadie. Sabía leer muy bien la vida. Su talento para contar historias y su pasión al contarlas facilitaba la comprensión y, de lo diferente, sabía derribar rechazos y miedos. Era bonachón, tímido, ingenuo, algo melancólico, sorprendentemente sabio, íntegro. Nunca se vendió y tentaciones no le faltaron». Son palabras de alguien que dejó huella por su forma elegante y precisa de hacer periodismo en televisión, Rosa María Calaf.

Sus reportajes de mineritos bolivianos o del Tour son marca de la casa Ander Izagirre. Recupera para la ocasión unos apuntes que escribió en 2008, después de visitarle en Brihuega: «Sin conocer a Leguineche más que por sus textos y por las pocas horas del otro día, creo que en el fondo el asunto es muy sencillo: es muy buen periodista porque es muy buen tipo. De esto me han convencido sus dos libros-collage («La felicidad de la tierra« y «El club de los faltos de cariño»). En esos libros recoge recuerdos de toda su carrera y su biografía, escenas de su vida en Brihuega, pequeños retratos, reflexiones, apuntes al vuelo. Me admira que un hombre que ha vivido tantas guerras y tantas historias tremendas sea capaz, a los sesenta y pico años, de acercarse con tanta ternura y con una ironía tan bondadosa a las historias minúsculas de la vida. Y me he convencido de que Leguineche ha contado así de bien las guerras porque es capaz de contar así de bien las andanzas de su gata Muki o las partidas de mus con los paisanos: sin cinismo, sin dar sermones, sin vender motos, sin colgarse medallas».

A contracorriente

Hace tiempo que Arturo Pérez-Reverte colgó los aperos del reportero para dedicarse a la ficción, pero recuerda: «No es ya que fuera el padre de la Tribu. Era el abuelo, respetado y querido por todos. En tono a él, aunque estuvieras en el rincón más podrido del mundo, en el hotel más infame o en el país más peligroso, siempre se montaba algo parecido a un hogar y a una familia. Pero es cierto que eran otros reporteros y eran otros tiempos».

Con el fotorreportero Gervasio Sánchez, que estuvo con Manu hasta el final, compartí mesa y mantel la única vez que nos vimos: «Manu Leguineche fue un periodista que siempre actuó con independencia y dignidad, dos valores diariamente pisoteados en esta profesión. Un hombre que siempre creyó que los periodistas deben vigilar al poder y no doblegarse ante sus intereses. Un hombre que prefirió nadar a contracorriente y renunciar a puestos suculentos antes que sentir coartados los principios en los que creía».

Para la lúcida Sol Gallego-Díaz, «Manu era tan hospitalario que sus amigos siempre creyeron que había arrancado las cerraduras de su casa: siempre estaba abierta y acogedora».

Nacho Carretero, uno de los más brillantes reporteros de las últimas hornadas, como demuestra su libro «Fariña», admite: «Para mí, Manu Leguineche es el último reportero que sólo era reportero. Hoy en día las redes sociales, la comunicación global y la sobreexposición de los periodistas hacen que ya queden pocos reporteros-reporteros y cada vez sean más los reporteros-estrellas de rock. También abundan los reporteros-curas, que van dando lecciones morales a la gente, indicándoles que, si no leen lo que ellos escriben, es que son unos ignorantes sin valores. Leguineche es una referencia para los que entendemos el reporterismo como simplemente un oficio, que no es poco. Él viajaba, investigaba, comprendía y después contaba».

Periodismo global

Periodista de muchos ámbitos, Enric González es mucho más que un estilista, pero reconoce: «A muchos periodistas nos habría gustado ser como él. O, más exactamente, ser él. Porque siempre pareció lejano al poder y cercano a la realidad, porque todo lo que escribía (incluso una crónica parlamentaria) sonaba a aventura, porque tenía aspecto de pasárselo bien y porque era un tipo estupendo».

«Para mí, que voy aprendiendo con el tiempo, Leguineche fue un ejemplo, un adelantado más bien, del periodismo global (sin referencia a diario global alguno), de salir de nosotros y de lo estrictamente ibérico, de abrirse al mundo», dice el cronista y certero lector Hugues.

Para Tomás Alcoverro, el gran decano sinónimo de Beirut, «Manu Leguineche fue siempre un escritor, viajero, y cumplió su sueño de fundar su hermosa casa rebosante de recuerdos en un pueblo elegido de Castilla, que convirtió en su reposo de aventurero cosmopolita. Aquella estancia rural le inspiró, sin duda, su mejor libro, "La felicidad en la tierra"».

Lo clava y lo resume uno de sus mejores amigos, Javier Reverte, viajero empedernido: «Alma de niño y sabiduría de viejo». Queremos tanto a Manu.

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