LIBROS

Luce López-Baralt: «Ante el ‘Quijote’ y San Juan de la Cruz siento el vértigo de asomarme a un abismo sin fin»

Nadie sabe tanto de San Juan de la Cruz y del misticismo como la ensayista y poeta Luce López-Baralt, que ha investigado las huellas del islam en el autor de «Cántico espiritual». Con ella hemos conversado, ahora que reedita «Asedios a lo indecible»

Luce López-Baralt, autora de «Asedios a lo indecible»
Luce López-Baralt, autora de «Asedios a lo indecible» - Óscar del Pozo

Tiene algo de sacerdotisa de la inteligencia y, todavía, la aureola de los grandes humanistas. Su impecable trayectoria viene avalada por más de veinte libros, de los que ya será imposible prescindir para entender a escritores como San Juan de la Cruz o Ernesto Cardenal, por poner sólo dos ejemplos; o temas como la literatura aljamiada, las «Huellas del Islam en la literatura española. De Juan Ruiz a Juan Goytisolo», el «Erotismo en las letras hispánicas» o «La literatura secreta de los últimos musulmanes de España». Catedrática de literatura española y comparada en la Universidad de Puerto Rico, vicedirectora de la Academia Puertorriqueña de la Lengua Española y correspondiente de la Real Academia Española y de la Academia Dominicana de la Lengua Española, Luce López-Baralt ha sido profesora e investigadora en las más importantes universidades del mundo (Harvard, Yale, Brown, México, Buenos Aires, Rabat, entre otras). Entre los muchos premios que reconocen su labor destacan la Encomienda Isabel la Católica, por su trabajo en torno a las huellas del Islam en España, el Premio Ibn Arabí de la Universidad de Murcia, o el reconocimiento como escritora de la UNESCO.

Se encuentra en España para hablar de Cervantes en el IV Centenario de su muerte y para impartir un curso en la Universidad Complutense sobre "El fenómeno místico y la poesía de san Juan de la Cruz", coincidiendo con la publicación de las segundas ediciones de dos de sus libros más queridos: el ensayo «Asedios a lo indecible. San Juan de la Cruz canta al éxtasis transformante» y su libro de poemas místicos, «Luz sobre Luz», ambos publicados en Trotta.

Me interesa partir de sus orígenes en San Juan de Puerto Rico ¿Cómo fue su infancia? ¿Cómo nació su interés por la literatura y por qué caminos llegó a la mística?

Nací de dos progenitores profundamente espirituales, que guiaron mis primeros pasos en los misterios de la religión católica. Muchos años más tarde habría de conversar con ellos de manera muy honda y muy sincera, y pude advertir cuán grande era su sensibilidad religiosa, y cuán libre su manera de encarar el Misterio. Sospecho que llegué ya al mundo con una semilla espiritual que germinaría y que me habría de marcar para siempre: cuando era una niña aún preescolar solía rezar a escondidas en el jardín de mi casa. Simplemente unía mis manos y no pedía nada ni hacía oración vocal: hoy entiendo que era una manera temprana de hacer contemplación. Pero es muy difícil hablar de estas vivencias tan íntimas, pertenecen a esferas sobrenaturales que tan sólo nos es dado intuir, no entender.

¿Qué ambiente había en esa casa para que las dos hijas, usted y su hermana Mercedes, decantasen tan pronto sus preferencias hacia lo literario?

Mis padres fueron ambos abogados; incluso mi madre revalidó ante mi padre y seis meses después se casaron. Pero ambos siempre me parecieron más versados en letras que en leyes: en su luna de miel se leían uno al otro, a viva voz, la «Divina Comedia» y el «Martín Fierro». Mi hermana Mercedes y yo estamos seguras de que desde muy temprano intuimos esta verdad auténtica de nuestros padres, pues desde que éramos niñas los escuchábamos decirse versos con más entusiasmo que cuando hablaban de leyes. En una era previa a la televisión, aún muy niñas, solíamos reunirnos con nuestros padres a mirar las estrellas por la noche y a hablar de lo acontecido durante el día. Esas veladas a menudo solían terminar con los versos de Rubén Darío, de Herrera y Reissig, de Lorca, de Martí, de Palés Matos, y de tantos otros poetas que se nos fueron metiendo en el alma para siempre.

«Mi querido amigo Pepe Hierro decía que San Juan era ‘mi novio’. Llevaba razón»

En Harvard conoció a su compañero, el también escritor y crítico Arturo Echavarría, con el que lleva casada más de cuarenta años. ¿La felicidad consiste en hacer coincidir el amor humano y el divino?

La felicidad en el amor es un señalado privilegio de la vida, privilegio sin parangón que hay que trabajar y negociar día a día. Compartir con mi admirado y amadísimo compañero todos los días nuestros proyectos de vida y nuestras obras en proceso constituye una dicha interminable. La hemos sabido honrar: todas las noches, antes de cenar, tenemos una cita romántica en un rincón de la sala. Enciendo velas, tomamos un jerez y palpamos el milagro vivo del amor compartido. Confieso que me emociono cuando anticipo el cierre bellísimo de nuestro día. Es un momento que roza el prodigio, y es de amor por igual humano y divino. Curiosamente, mi antiguo amigo Jorge Guillén fue nuestro gran aliado, nuestro «casamentero»: en nuestra boda en Cambridge, donde vivíamos, recitó bajo un manzano florido su décima «Las doce en el reloj», que constituye la celebración de un instante en cúspide. Por muchos años don Jorge y yo hablamos con complicidad del amor humano cumplido. A ambos se nos dio el ser inmensamente felices en el amor. Conservo la carta donde me decía, «Luce, algunas veces, el mundo está bien hecho».

Con su brillantísima trayectoria podría haber elegido seguir su carrera profesional en las más prestigiosas universidades de Estados Unidos, Europa, o cualquier otro país del Oriente. Sin embargo decidió volver a Puerto Rico ¿Por qué?

Por algo muy sencillo: en mi patria siempre he sido muy feliz. La quiero muy de veras, y es donde más feliz soy en la tierra, aunque viajo constantemente. Pero hay otra razón: tanto mi marido como yo, e incluso mi hermana Mercedes, regresamos a servir a nuestro país tras ofertas de cátedras en universidades del máximo prestigio. Sentimos que aquí en nuestro país hacemos una diferencia. Puerto Rico es un país sin embajadas y sin personalidad jurídica entre las naciones del mundo, y necesita representación y embajadores que borren su invisibilidad. No es lo mismo representar en el extranjero una universidad norteamericana que a Puerto Rico. Nuestro país nos necesita más que Yale o que Brown o que Cornell. Mis alumnos también: aquí he podido formar dos escuelas de estudio reconocidas internacionalmente: una de estudios aljamiado-moriscos y otra de mística comparada. Jamás nos hemos arrepentido de habernos repatriado para servir.

En 1974 se doctoró en Harvard con una tesis sobre «San Juan de la Cruz y la concepción semítica del lenguaje poético». Después ha dedicado muchos libros a intentar comprender y acercarnos al poeta «más misterioso y más claro de nuestra lengua». ¿Qué significó en su vida el descubrimiento del poeta?

Lo leí por vez primera, y a solas, cuando estudiaba en la Universidad Complutense de Madrid, y quedé perpleja ante aquella poesía que tenía muy poco que ver con la lírica renacentista europea. Mi deslumbramiento fue tal que cuando llegué a Harvard decidí hacer una tesis explorando el por qué de los misterios del poeta, que tanto terror habían sembrado en Menéndez Pelayo y en Dámaso Alonso, por ser de los más misteriosos de la literatura española. Con los años calibraría más de cerca ese aroma oriental que permea y hace únicos los poemas místicos del santo.

¿Ha conseguido ya despejar lo esencial de su misterio? ¿Cree que San Juan hubiera podido imaginarse siquiera a alguien como usted que con tal dedicación y devoción intentara desvelar ese misterio de sus poemas? ¿Le hubiera gustado a Juan de Yepes que desmenuce con tal minuciosidad sus «secretos» literarios?

Creo que he dado con una de las claves fundamentales de San Juan, su mudejarismo literario, que ya Miguel Asín había comenzado a sospechar. He resuelto algunos de sus misterios, como su simbología mística, tan en deuda con el sufismo, y su lenguaje alucinado, tan en deuda con los misterios del «Cantar de los Cantares hebreo». San Juan ha tenido muchos estudiosos de devoción y excelencia probada; pero no sé qué le hubiera parecido saber que algún día, a los cuatro siglos de su muerte, habría alguien en las «ínsulas extrañas» -las Antillas recién descubiertas- que exploraría su obra con tanta devoción. Creo que hubiéramos sido muy cómplices el poeta y yo: él dedicó sus mejores poemas a mujeres, Ana de Jesús y Ana de Peñalosa. Sospecho que escribir su obra para ellas le dio gran libertad artística, ajena al mundo «intelectual» cerrado de la época. Mi querido amigo Pepe Hierro, asombrado por mi inveterado amor a los versos del santo, decía que san Juan era «mi novio». Pepe llevaba razón. He escrito muchos libros sobre el poeta, y ya tengo listo el próximo. Siempre emociona estar ante un poeta inagotable y ante un amor literario inmarcesible.

Hagamos un poco de literatura ficción. ¿Si pudiera encontrarse con San Juan de la Cruz y compartir un rato, sobre qué le gustaría hablar con él? ¿Y dónde preferiría que tuviera lugar esa conversación?

Sin duda, hablaría inmediatamente con él de la experiencia mística abisal que hemos compartido, para aprender de su sabiduría. Conversaría con mi poeta o bien en mis «ínsulas extrañas» o bien en su celda de Úbeda, donde pasé un 14 de diciembre, fecha de su muerte, diciéndole los versos del «Cantar» que el santo pidió le leyeran al morir. Quise que los pudiera escuchar una vez más...

«Los libros de Ernesto Cardenal me parecen mejor instrumento que las armas para redimir almas»

Quisiera formularle la misma pregunta que usted le hizo a su amigo Ernesto Cardenal el día que le conoció en Río Piedras, en 1974 ¿Es intuición la experiencia mística?

Esa pregunta se la hice a Ernesto hace muchos años: hoy contestaría con él, rotundamente, que no es una intuición, sino una experiencia directa, sin intermediarios, del Uno, del Dios vivo, del Amor total. Se trata de una vivencia fruitiva, no intuida. Evelyn Underhill diferenció bien los distintos grados de conocimiento: «el científico interroga y el artista intuye, pero el místico experimenta».

En Ernesto Cardenal encontró la encarnación contemporánea del místico. Sobre él publicó «El cántico místico de Ernesto Cardenal» (2012). ¿Cómo es un místico de nuestro tiempo?

Los místicos se atemperan a su tiempo, y Cardenal ha vivido en un país atormentado, Nicaragua, muy necesitado de redención social. De ahí que tras unos años de experiencia contemplativa en la Trapa con Thomas Merton, entendiera que su servicio al prójimo debería admitir también un esfuerzo revolucionario. Hoy, fracasada -y traicionada- la utopía del sandinismo que derribó la dictadura de Somoza, Ernesto ha vuelto a su gran vocación, que es la literatura. Desde aquí sirve muy bien al prójimo, siempre se lo digo. Sus libros me parecen mejor instrumento que las armas para redimir almas.

Su aproximación al misticismo y su defensa de lo sobrenatural parece tener, como en Cardenal un fuerte componente de compromiso social, de situarse allí donde están los más débiles, pongamos como ejemplo la recuperación que usted ha hecho de la voz de los moriscos expulsados de España,… ¿Es compatible la espiritualidad con el compromiso social?

Un místico auténtico siempre está movido a compasión por los demás; es algo automático, a manera de un resultado directo que nace de la experiencia mística. La persona queda inflamada de amor de tal manera que ama y abraza a todos los seres: cuando se ha conocido el Amor absoluto, éste sigue reverberando para siempre en la psique del místico, y lo dispone siempre al servicio a los demás. «Por sus obras los conoceréis», decía Santa Teresa, y repetía William James. Es nuestra manera pragmática y eficaz de diferenciar al místico auténtico del desequilibrado emocional que tiene visiones y del drogadicto que las procura con estupefacientes artificiales. Cada místico, de otra parte, expresa ese amor a los demás de maneras distintas. A veces, lo hace de manera dramática: intenta redimir un país o conjurar la injusticia social (como hicieron San Francisco de Asís, Santa Teresa de Calcuta, Santa Catalina de Siena, Ernesto Cardenal, incluso Thomas Merton); otras veces, funda o reforma una orden religiosa (ahí están San Benito y los Reformadores del Carmelo). Otras veces, en cambio, como dice el refrán oriental, el místico asume que «después de la iluminación, hay que seguir fregando los platos». Es decir, a seguir sirviendo desde el nicho en el cual la vocación ha llevado a cada cual. Pienso que enseñar puede ser un acto sacramental, apoyar a un deprimido en un momento vulnerable, trabajar para la reconciliación de la incomprensión humana. Como decía Teilhard de Chardin, la santificación personal consiste en explorar los propios dones, la propia vocación. De ahí que ejercer la vocación propia siempre implique una felicidad muy profunda. El místico no siempre tiene que convertirse en un «héroe» notorio, sino servir desde su espacio vital.

La mística, como «estado alterado de conciencia», ¿puede considerarse una experiencia precoz de realidad virtual?

No creo que una cosa tenga que ver con la otra, se trata de distintos estados de conciencia.

«La experiencia mística es clave para el diálogo interreligioso, y para respetar la otredad cultural del prójimo»

¿Tiene sentido todavía hoy hablar del alma. Qué papel juega la espiritualidad en el mundo actual?

El Misterio del ser humano es inagotable, y siempre es vigente en cualquier época. Como en todas las épocas, la espiritualidad entendida con hondura y libertad nos acerca a los demás. La experiencia mística es clave para el diálogo interreligioso, y para respetar la otredad cultural del prójimo. A pesar de la astrofísica, de la cuántica, de la neurociencia, del psicoanálisis y del pensamiento teológico y filosófico, el alma retiene su misterio esencial.

Se publica ahora la segunda edición de «Asedios a lo indecible». ¿Tiene algún cambio con respecto a la primera?

No hay cambio esencial: Trotta me lo pidió con cierto apremio, pero creo que sigue vigente lo que dije en aquel momento. Eso sí: a partir de «Asedios» he seguido espigando nuevos secretos del poeta. Mi obra sanjuanística siempre está en proceso.

Confiesa usted que éste es su estudio literario más amado, porque aúna tanto su «prolongada reflexión sobre la experiencia mística como su adhesión a san Juan y su “decir no diciendo». ¿Qué le contaría a un joven lector para convencerle de que la lectura de este libro puede resultarle gratificante e incluso cambiar su vida?

Si tiene sensibilidad literaria, cuando lea este libro me acompañará a descifrar jubilosamente algunos de los misterios del poeta y a intuir los entresijos de su genialidad; si tuviese sensibilidad espiritual, se deslumbrará ante la complejidad y la hondura de las lecciones místicas de San Juan. Quiero mucho este libro porque para mí constituye un diálogo íntimo con San Juan de la Cruz. Necesité muchos años, muchas lecturas y sobre todo mucha experiencia para llegar a ese diálogo.

Quizás la tesis más fuerte de «Asedios de lo indecible» sea precisamente la de que existe una experiencia más allá de la razón que es imposible expresar con el lenguaje humano. ¿Cómo se puede decir lo indecible?

La experiencia mística auténtica es literalmente indecible, porque se experimenta más allá de los sentidos, de la razón y del lenguaje. El arte se limita a evocar la vivencia sobrenatural, pero jamás la define o explicita. La sugiere: leer a los místicos nos permite sospechar que allí pasó algo misterioso que de alguna manera todos los místicos compartieron, que allí hay un espacio innombrable que todos hollaron al margen de sus distintas culturas o épocas. «They ring true» como dicen en inglés: los místicos nos persuaden, aún cuando no puedan «demostrarnos» científicamente su experiencia, ni siquiera comunicárnosla de veras.

Otro «asedio» fuerte del libro es que ese misterio espiritual que nos excede está dentro de nosotros mismos...

Esto todo místico lo sabe: Dios está dentro de uno mismo y andamos descarriados cuando lo buscamos fuera: «en el interior del alma habita la verdad», decía San Agustín, y la leyenda persa del Simurg lo reitera. El Simurg era el «Pájaro-Rey" y las aves del mundo ansiaban conocerlo. Vuelan en su busca por tierras hostiles en un vuelo penoso de miles de años, hasta que al fin llegan al umbral del palacio del Simurg. Sólo han sobrevivido 40 pájaros. En ese mismo instante en que van a ver a su Rey, descubren que ellos mismos eran el Simurg que tanto buscaban. En persa «Si-murg» quiere decir «Pájaro Rey» y «40 pajaros». La lección del misterio del «Unus/ambo» que llaman los teólogos es muy hermosa, y contundentemente real, como descubre, asombrado, el místico.

En el libro se insinua que hace falta ser «uno de los nuestros» para entender la poesía mística y en concreto la de San Juan, él mismo reclama «una camaradería emocional» de unos pocos. Usted debe considerarse ya entre esos «pocos» elegidos...

Es San Juan quien dice que «esto no lo habrá de comprender quien no lo haya experimentado». Pero no hay que considerar la experiencia mística como una vivencia de «elegidos». Dios la da a quien quiere, no necesariamente por méritos propios. Es un don gratuito, infuso -lo advirtió William James- y lo pueden tener los que no son santos, aunque cambia la vida para siempre. Cardenal me explicaba que a veces Dios le da la experiencia a los más débiles, que son quienes más la necesitan. Recuerdo sus versos aleccionadores en este sentido, cuando siente que Dios le dice: «No te escogí por ser santo,/ ni por tener madera de santo./ Santos he tenido demasiados./ Te escogí para variar...».

«Por su esencial ambigüedad, la poesía -como la música, que ya es a-conceptual- resulta ajena al lenguaje analítico de la prosa»

¿Y la poesía es el único lenguaje capaz de expresar esa «experiencia abisal»?

Por su esencial ambigüedad, la poesía -como la música, que ya es a-conceptual- resulta ajena al lenguaje analítico de la prosa. Es un gran instrumento para sugerir un destello de la vivencia mística. Sí importa advertir que un poema místico no explicita cómo fue el encuentro con el Todo, simplemente ese encuentro abisal, inimaginable, detonó el poema. Y algo sí queda del aroma de la vivencia.

¿Fue eso lo que le llevó a escribir y publicar su libro de poemas «Luz sobre luz»?

Los poemas se me impusieron: nunca pensé que celebraría esta experiencia en verso. Tuve que darles paso a los versos; algunos los escribí casi como si me hubieran sido dictados. No me pude rehusar a ponerlos por escrito. Como dice José Ángel Valente: «el místico se debate entre la imposibilidad de decir y la imposibilidad de no decir». Ante vivencias así nos debemos al canto. Pero es algo muy íntimo, y admito que me dio mucho trabajo decidirme a publicar los versos. Tardé siete años en decidirme. Desnudar el alma es muy difícil. Pero es necesario compartir la experiencia, que bulle por salir y alcanzar otras almas. Compartir de alguna manera lo vivido puede dar esperanza a los demás de que hay Algo que nos sobrepasa. Y eso ya de por sí es un consuelo infinito.

Enlazando con la cuestión que antes le planteaba ¿Cuánto de intuición tiene la experiencia poética? ¿Un poeta necesita conocimientos o intuiciones? ¿Habría escrito usted este libro de poemas si no hubiera tenido antes ese profundo conocimiento teórico de la mística?

Hay muchos místicos que, al no ser ni letrados ni poetas, tienen la experiencia y no pueden contarla -o cantarla- de ese modo. Ciertamente mis conocimientos de mística comparada ayudaron a dar forma a mi propio canto, pero no lo crearon ni lo hicieron nacer. Algo más alto los detonó: una experiencia vivida.

¿Cómo fue la recepción de su libro de poemas entre sus colegas, los estudiosos del mundo universitario entre los que tienen tanto prestigio sus libros teóricos? ¿Siguiendo la tesis de que el lenguaje poético dice más sobre lo indecible que cualquier teoría, se animará a partir de ahora a seguir transitando el camino de la creación? ¿Nos regalará pronto un nuevo libro de poemas?

Curiosamente, muchos colegas esperaban que algún día escribiera poesía y hablara de mis propias vivencias. Para mi sorpresa, el libro se ha leído mucho y con gran respeto y ya va por la segunda reedición. Incluso el compositor José María Sánchez-Verdú compuso música coral para algunos de ellos; y otra colega, entusiasmada, los está traduciendo al inglés. Un autor nunca puede anticipar cómo se leerá su libro, pero sí puedo asegurar que es el libro más sincero de mi vida, y posiblemente esa verdad se le note, se comunique eficazmente. No sé si escribiré otro: la poesía nunca depende de la decisión consciente del poeta.

La cantidad de lectores de poesía en nuestro tiempo parece ser ínfima ¿Qué se están perdiendo esos no lectores? ¿Qué razones le daría aun lector para acercarse a su poesía y a la palabra poética en general?

No creo que estemos en una época ajena a la poesía: conozco demasiados poetas jóvenes y demasiados entusiastas de la poesía que me persuaden de lo contrario. Es un género que siempre ha parecido avasallante, eso sí, incluso, atemorizante: prosistas como Mario Vargas Llosa han admitido que hubiesen preferido ser poetas, porque la poesía traduce mejor ciertas vivencias recónditas de al psique humana que la prosa. Todos sentimos un respeto instintivo por la poesía. Los beduinos árabes, «aristocrats of feeling», consideraban que la poesía constituía una «magia lícita» o «sihr al-halal», contrario al hechizo oscuro de la magia prohibida o «sihr al-haram». Para estos beduinos no había diferencia entre decir un poema y lanzar un conjuro, pues se sentían poseídos por el «yinn» o «duende», del que tanto supo el granadino Federico García Lorca. Saborear estos misterios, eternos al ser humano, es una experiencia a la que todo lector debe aspirar y le animo a que lo haga.

Una de sus vías de investigación más poderosas ha sido el vincular a San Juan de la Cruz con el Islam, con los grandes místicos orientales. También ha estudiado las Huellas del Islam en la literatura española posterior. ¿Le ha creado esto algún problema entre quienes prefieren mirar para otro lado y no considerar esa huella?

Claro que me ha creado problemas, más de uno, pero no pienso referirme a ellos aquí. También los experimentaron grandes pensadores como Américo Castro y Miguel Asín. Veo estas tensiones culturales e ideológicas con mucha naturalidad como estudiosa que soy de la cultura española. La historia de España apunta a un mestizaje muy temprano y muy rico. Advertimos que es un país distinto del resto de Europa con tan sólo considerar que España se llamó Hispania, Sefarad y Al-Andalus simultáneamente, y que tuvo tres lenguas y tres religiones y tres castas interactuando a lo largo de la Edad Media. Esta vivencia identitaria plural, tan rica, incomoda a muchos, pero a mí me parece que España es, justamente por su rico diálogo intercultural, el país más fascinante de Europa. Tardaremos siglos en asumirlo, pues la noción de que España es «diferente» es una idea que aún incomoda a muchos. Para mí no constituye desprestigio descubrir que San Juan debe mucho a la simbología mística sufí, que Juan Ruiz rimaba en un árabe dialectal impecable y que los castillos teresianos tienen claros antecedentes islámicos ya desde el siglo IX. Quiero pensar que toda mi obra de estudiosa es un acto de amor y un homenaje rendido a España.

Siempre ha defendido y probado a través de múltiples evidencias en los textos, ese tronco común de la espiritualidad cristiana y musulmana. Habla de que San Juan habría estudiado y conocido la lengua semítica en Salamanca, en su juventud, evoca cómo se sentaba a la morisca, en el suelo… ¿Tenemos los españoles una deuda con la cultura islámica aún no suficientemente reconocida ni valorada?

Si ni siquiera el insigne Miguel Asín logró convencer a España de lo hondo de esa deuda, quiere decir que la herida histórica de saberse en diálogo con las culturas semíticas es muy honda y necesita más tiempo para «curarse». Repito que tardaremos en asimilar toda esa riqueza histórica sin asombro. Que el célebre «olé» venga originariamente de una exclamación entusiasta en árabe -«¡por Dios!»- no es «dañino» ni «desprestigiante» para la cultura española. A mí, que la veo con distancia por mi condición de hispanoamericana, pero a la vez con complicidad por hispana, me parece maravilloso.

A usted que conoce como pocos el alma de la cultura musulmana, cristiana y de otras religiones a través de sus textos fundamentales ¿Qué le parece la utilización que se viene haciendo de los textos sagrados desde los fundamentalismos, sean de una u otra religión?

El fundamentalismo siempre es aborrecible, porque viola la conciencia del prójimo, y todas las grandes religiones, lamentablemente, han caído en el fundamentalismo en distintos momentos de su historia.

¿Conviene leer los poemas de San Juan de la Cruz en clave de amor divino o de amor humano? ¿O son válidas y compatibles ambas lecturas?

Para mí son totalmente válidas ambas lecturas simultáneas, si no, perdemos la mitad del arte sanjuanístico. Recordemos que el poeta se inspira en un poema nupcial, el «Cantar de los Cantares», que entendió como un poema de reconciliación. Los dos registros del amor -el humano y el divino- cantan al unísono en la poesía de San Juan. «Cuerpo es alma / y todo es boda», como cantó mi llorado amigo Jorge Guillén. Esa armonización se desprende de manera natural de los versos del santo, que considero el poeta más feliz de la literatura española, no empece que haya sido en vida un asceta tan sincero.

«Siempre existe para mí esa relación armoniosa entre todos los registros del amor. Los orientales parecen haberlo entendido mejor que los occidentales»

La sensualidad y el erotismo de la poesía sanjuanística ¿Siguen siendo un referente para los enamorados actuales?

¡Claro que sí! ¿Por qué no? Si ante un ser amado de carne y hueso podemos exclamar, exultantes, «¡Mi amado las montañas!» es que lo amamos de veras. El lenguaje del amor humano y divino se conjuga y se interpenetra: una amigo sacerdote me dijo una vez que si Pedro Salinas hubiera puesto mayúsculas al «tú» de «La voz a ti debida» habría escrito un poemario místico. Amén.

El erotismo será otro de los temas de interés en sus investigaciones. La relación entre el amor, el sexo y lo divino serán el germen de su libro Un «Kamasutra» español . ¿Sigue hoy existiendo esa relación?

Siempre existe para mí esa relación armoniosa entre todos los registros del amor. Los orientales parecen haber entendido mejor que los occidentales la simultaneidad de todos estos registros: el amor divino, el amor humano y la unión sexual. El instinto del amor -de todo amor- siempre aspira a la unión, a convertirse en el ser amado. Por eso Calixto afirmaba «Melibeo soy». En el amor corpóreo la transformación en uno es imposible -ya Lucrecio lo afirmaba-; pero de todas maneras ahí está la aspiración a dicha unión total. Desde que San Agustín asoció el sexo con la cicatriz del pecado original a los cristianos occidentales se nos hace más difícil asumir ese proceso de reconciliación gozosa. Todas las manifestaciones del amor son en principio sagradas, y todas pueden conducirnos a Dios, como propone con tanta reverencia el antiguo tratado morisco del siglo XVII. Nada más lejos de la pornografía que este tratado nupcial que busca la armonización del ser.

En la presentación de «Luz sobre Luz» Clara Janés recordó aquella frase de André Malraux: «El siglo XXI será espiritual o no será». ¿En que momento de la frase cree que estamos, en la espiritualidad o en el no ser?

Esa idea la reitera Karl Rahner con entusiasmo. Significa que debemos mirar a lo que nos une, al meollo de toda espiritualidad, que siempre es más vivencial que dogmática. Es posible compartir esta gran verdad pese a las diferencias culturales. Lamentablemente, estamos de nuevo en medio de una guerra de religión de sobretonos medievales -Islam «vs». Occidente- y por ello mismo es oportuno recordar lo que nos une a nivel profundo, no lo que nos separa.

En 2003 fue nombrada Humanista del año por la Fundación Puertorriqueña de las Humanidades. ¿Cuál cree que es el papel de un humanista hoy en esta «era del Antropoceno» donde la devastación humana y de lo humano parece marcar el signo de los tiempos? ¿Hay motivos reales para tanta alarma?

La frase es del Premio Nobel de química, Paul Krutzen, cuando alude al impacto destructor del ser humano contemporáneo sobre la naturaleza. Cualquiera puede advertir el cambio climático y creo sinceramente que urge proteger el planeta. Ya tendríamos automóviles eléctricos y energía solar si no fuera por intereses económicos egoístas. Con todo, también pienso en las devastaciones naturales -deshielo, destrucción de los dinosaurios, separación de continentes- que nos precedieron. El planeta parece tener un dinamismo propio que hay que respetar y entender.

Después de haber dedicado tal cantidad de libros y textos a analizar y difundir la experiencia de lo sagrado ¿Cree que lo sagrado nos hace más humanos? ¿Qué puede aportar lo sagrado en estos tiempos atribulados? ¿Qué papel juega la espiritualidad, la religión, en tiempos de escepticismo y apatía como los nuestros?

Todos los tiempos se han considerado «apáticos», «atribulados» y «descreyentes». Y hoy, igual que ayer, la experiencia de los sagrado nos centra, nos permite respetar a los demás y nos consuela. La neurociencia comienza a sospechar que podemos estar mentalmente «wired for God» -literalmente, «cableados para Dios»-, porque creer en la trascendencia parece hacernos más felices y más fuertes ante los avatares de la vida. Y todo ello, afirman, conviene a la evolución de la humanidad.

En esta atmósfera de aceleración donde nadie parece escuchar, donde parece que vivimos como narcotizados por la mediocridad del «reality show». ¿No tiene a veces la sensación de estar «pregonando en el desierto»?

Siempre tengo una esperanza total en las posibilidades del ser humano y en sus aspectos luminosos, en el fondo nunca «pregonamos en el desierto». Hay mucha sed de escuchar y de sentir esperanzas. Ante las atrocidades del mundo actual, pienso en la generación de mis padres, que vivieron la Segunda Guerra Mundial y en mis abuelos, que vivieron la Primera. Entonces veo que hubo más sufrimientos y más odios previos a los de mi propia generación, que no ha conocido conflagraciones mundiales. Importa aprender de lo vivido. No estar condenados a repetir la Historia.

Durante estos días de estancia en Madrid, presentará nuevas ediciones de sus libros, y también hablará de Cervantes en el IV Centenario de su muerte. ¿Hay algo que no conozcamos todavía sobre el «Quijote» y su autor? ¿Cuántos falsos tópicos quedan por deshacer de lo que se ha escrito o dicho en torno a él y a su libro universal?

Siempre hay algo más que conocer de un genio literario, cuya obra siguen reinterpretando y reescribiendo las nuevas generaciones. Eso es lo que lo constituye como «clásico», que a todos nos diga algo. «El Quijote» es inagotable, y ante sus páginas, como ante las de San Juan, siento el vértigo de asomarme a un abismo sin fin. Pienso que aún nos queda por explorar sin anteojeras el impacto de la cultura islámica en Cervantes. Venció al turco en Lepanto; fue prisionero de rescate en Argel por cinco años; la expulsión de los moriscos ocurrió entre los dos «Quijotes»: fueron demasiados contactos vitales e históricos con el «enemigo». Acabo de escribir sobre algo que aún me tiene sorprendida: en Argel supe que el apellido que Cervantes extrañamente se adjunta después de su cautiverio, Saavedra, además de su estirpe gallega, tiene una contrapartida árabe. «Shaiberaa», que en árabe dialectal magrebí se pronuncia casi como en español, es un apellido usual en Argelia desde hace siglos. Por más, significa «brazo tullido o estropeado», por lo que Cervantes pudo ser llamado «shaibedraa», es decir, «manco». He investigado y escrito largamente sobre el caso, que nos abre al diálogo intercultural del padre de la novela española con el Islam, diálogo que incluso asumió identitariamente.

«No sé si escribiré más versos: la poesía nunca depende de la decisión consciente del poeta»

A contracorriente de lo que se venía difundiendo en los estudios literarios sobre Cervantes defendió usted una idea polémica, aquella en la línea de Américo Castro según la cual Cervantes no sólo no aborrecía las novelas de caballerías, sino que sentiría por ellas «una veneración inconfesada» o aquella de Borges en defensa de la «magia encriptada del "Quijote”» cuando afirma «Cervantes, íntimamente, amaba lo sobrenatural».

La maravilla de los grandes escritores es que no son conscientes de los alcances de sus propias obras, ni siquiera de sus propias contradicciones. Estas siempre son fecundas, y cuando escribo sobre autores vivos -Goytisolo, José Hierro, Vargas Llosa- me conmueve constatar que las cosas que descubro en sus obras los asombran. No eran conscientes de muchas de sus pulsiones reiteradas, aquello que Mario llama sus «demonios"», nunca curados y por eso mismo resucitados en cada obra. Bien que lo advirtió Walt Whitman en su vibrante «Song of Myself: Do I contradict myself? Very well, then, I contradict myself. I am large, I contain multitudes». Toda gran obra de arte contiene paradojas fecundas, por lo que no es de extrañar que Cervantes amara secretamente la magia literaria de las novelas de caballerías que tanto leyó. Nadie lee con tal furor lo que le aburre o lo que no le apasiona.

Para ir terminando ¿Recuerda qué estaba haciendo el día/ la noche que el hombre llegó a la luna?

Sí, vi el suceso histórico con mis padres y mi madre levantó acta del mismo en su Biblia. Fue muy emocionante.

De haber podido elegir, ¿en que época le hubiera gustado vivir y por qué?

En la mía, y en mi país, porque he sido muy feliz. Ahora bien, vibro de manera especial con la Edad Media europea y con el mundo árabe antiguo (la Bagdad del siglo IX, Al-Andalus). Conste que estas afinidades no me ciegan: en toda época y país hay mucha belleza y mucho dolor. Como decía Borges, todos los seres humanos piensan que les ha tocado vivir un momento histórico atroz. Acaso creemos que nuestra época es especialmente acongojada, pero no hay nada nuevo bajo el sol...

¿Qué le gustaría hacer en el futuro que no haya podido hacer todavía?

He vivido muy intensamente, muy plenamente. He logrado hacer lo que ha estado a mi alcance y aún más. Lo demás no ha estado en mis manos. Estoy en paz con mi vida porque se me ha dado poder explorarme a mí misma. Hay, sí, dos libros especiales que siento debo escribir antes de morir. Sé que es mi obligación espiritual. Todo lo demás es por añadidura. Añadidura, eso sí, gozosa.

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