Loquillo durante el curso de esta entrevista en Madrid
Loquillo durante el curso de esta entrevista en Madrid - SASTRE: ÁLVARO MUÑOZ. FOTOS: ISABEL PERMUY
MÚSICA

Loquillo: «No pienso morirme sin hacer un disco dedicado a Manuel Machado»

Loquillo ya ha cumplido 40 años en la carretera de la música y la palabra. Cantando sus «viejas» letras y musicando a los poetas. Una gira y un triple disco lo celebran. Además está a punto de presentar un nuevo libro, «En las calles de Madrid»

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José María Sanz, Loquillo, a sus 57 años vive una segunda juventud. Acaba de presentar la gira de «Rock and Roll Actitud», triple disco que concentra cuarenta años de carrera, este mes publica su tercer libro, «En las calles de Madrid», y anuncia nuevo disco antes de que acabe el año.

-Rock-Ola, 1982: veros pasar hacia la barra era como toparse con los superhéroes de Marvel.

-Yo estaba haciendo la mili, año y medio en la Marina, en un barco que navegaba, y antes que ir a Barcelona, cuando tenía permiso prefería viajar a Madrid, eran menos horas de tren. En Barcelona estaban los Teddy Boys, pero en Madrid cada uno se había creado un personaje, era mucho más divertido. Yo iba con los más «pintones», con Gabinete, Parálisis Permanente, Alaska. Luego eso se perdió, La Movida desapareció en 1984. Los grupos empezaron a parecerse unos a otros.

-¿Loquillo representa unos principios como la lealtad, el ser auténtico...?

-Eso comenzó con los códigos de honor de los moteros en los años cuarenta y nosotros lo adoptamos. No dejar tirado al amigo, si sabes que alguien está hablando mal de ti, decírselo y defenderlo, no callarte...

«Si no llega a ser por Gabriel Sopeña, tal vez estaría muerto. El disco anterior no había funcionado»

-Da la impresión de que Loquillo es alguien con un gran olfato para rodearse de personas con talento.

-Ese es el secreto, ¿sabes de dónde viene? Del baloncesto. Ahí aprendí que uno solo no puede. Si yo soy el mejor, es que algo anda mal. Los músicos tienen que ser mejores y yo, el peor. Así es como consigues algo grande.

-En 1994 da un giro inesperado a su carrera.

-Fue un momento muy delicado. Si no llega a ser por Gabriel Sopeña, tal vez estaría muerto. El disco anterior no había funcionado. Entonces decidí que por qué no probar a cantar poesía. Y me presenté en el Palau, el gran templo de la cançó, con aquel repertorio tan variado, Gil de Biedma y otros poetas. Pero aquello fue peor que la electrificación de Bob Dylan. Los fans no lo entendieron, dijeron que nos habíamos «amariconado», imagínate. Para mí fue muy fuerte cuando Serrat vino a verme y entró a felicitarme al camerino. Luego conseguimos grabar una canción perdida de Jacques Brel. La viuda nos la cedió. Ya había grabado «La mala reputación» de Brassens, pero lo de Brel fue muy importante para mí. Al igual que poder conocer y cantar con Johnny Hallyday.

«Para mí fue muy fuerte cuando Serrat vino a verme a un concierto y luego entró a felicitarme al camerino»

-Decía Borges que había dos Borges: el famoso, el escritor, y el que pasea por la calle. ¿Cuándo nace Loquillo y cómo convive con José María Sanz?

-En mi caso fue fácil, casi desde el principio. Yo había tocado con 19 años todos los palos, había escrito de música para «Disco Express», había hecho de promotor, cuando la visita de Robert Gordon en 1980, entonces me cogieron por las pintas para hacer de figurante en «Aplauso». Y aparecí en el escenario en televisión, yo venía de Londres y decidí copiar la estética «punk rocker» de los Clash. El cámara se tiró más tiempo apuntando hacia mí, con los pantalones rotos y la guitarra por las rodillas, que al cantante. Después no pararon de llamarme, que cuál era mi grupo. Y yo no tenía ninguno, así que me lancé a montar una banda. El primer disco con los Intocables lo grabamos en dos días. Luego me enteré en el barco de que «Esto no es Hawai» estaba sonando por la radio. Me dijeron, ¿así que eres músico? Pues a hacer los teletipos. Y después de aprender, van y me ponen delante de un ordenador.

-Hay una canción, «Cadillac Solitario», que es un clásico entre los clásicos, pero no lo fue al principio.

-No, ¿sabes cuándo me di cuenta de ello? Fue en la puerta antes de un concierto en Galicia, tenían un «flyer» en ese club con unos versos de la canción. Pregunté y me dijeron: «Es que para el público esta es la canción». Pero lo que ocurrió fue que en directo, años más tarde, me equivoqué en el verso, dije «luces» en vez de «cruces», y estaba tan abrumado que pegué aquel grito: «¡¡Nenaaa!!», que resultó ser un bombazo.

-Hay un momento en 2015 en que vuelve a los orígenes, con «Código Rocker».

-Mira, puedo decir que soy el primer caso de cantante que abandona un grupo. Normalmente se va el guitarra, o montan otras bandas. Pues fue así, noté que la tecnología había invadido mis partes pudendas. Tenía que reinventarme de nuevo, volver al principio. Siempre me habían visto como un músico de «rockabilly», pero en realidad nunca había grabado un disco entero en este estilo. Así que pensé: «Ahora es el momento». El productor, cuando se lo propuse, dijo que eso no iba a ninguna parte. Entonces le dije a Manuel Cobo, excelente músico, «prodúcelo tú». ¡Y fue mi primer número 1!

«Francia es mi cultura, es envidiable. Elvis me pilló lejos. Yo aprendí de Adriano Celentano y Johnny Hallyday»

-Nunca ha renunciado al poder de la palabra. Ir al rescate de la poesía lo había hecho Serrat y pocos más.

-Lo que hice fue llevarlo a otro terreno, aquí se había hecho de manera muy cansina, sin el nervio del rock. No siempre ha sido fácil, Octavio Paz no entendía que un grupo de rock quisiera cantar «Central Park». Tuvo que inventarse una milonga Sopeña... ¡Y coló! Pero te diré más: no pienso morirme sin hacer un disco dedicado a Manuel Machado, el gran poeta olvidado.

-Decía Ortega que «lo que tuviera que ser, tenía que serlo en la circunstancia española».

-De Ortega, te diré que tanto Sabino Méndez como yo hemos intentado siempre salvaguardar al individuo frente a la masa, frente a todo lo que cercena tu capacidad de crecer. Y hemos construido el rock en español, algo que aprendimos de los grupos de los sesenta, como los Sirex, Los Salvajes o Lone Star. Tuvimos que inventarlo prácticamente de la nada.

-¿Vivimos en España aislados de lo que ocurre en América?

-No solo eso, aislados de Francia y de Portugal, lo tenemos al lado y nunca entran en las giras, no nos comunicamos. Francia es mi cultura, es envidiable, y no hemos aprendido nada de ellos. A mí Elvis me pilló lejos. Yo aprendí de Adriano Celentano y Johnny Hallyday.

-En el disco canta «Rey del Glam». ¿Qué cree que hemos perdido de aquellos tiempos?

-Más que perder, yo diría qué no hemos ganado. Aún no hay una ley que proteja a los artistas en condiciones.

-¿Qué cine le ayudó a crear su personaje? ¿Coppola?

-No me hables de Coppola, cuando salió «La ley de la calle» nos sentimos ofendidos porque esa realidad de las bandas callejeras la estábamos viviendo en nuestras carnes. Yo había sido un enamorado de las películas de arte y ensayo y, sobre todo, de Bogart. El molde estaba en «Rebelde sin causa». Fue ver a James Dean y pensar: «eso es lo que quiero ser». Con trece años, en mi cuarto, escuché un disco de Paul Simon que me marcó, «Songbook»: sale en la portada con su novia, sentados, el suelo de adoquines, y tienen en las manos un juguete, igual que en la primera escena de James Dean. Es un disco fetiche. Fue oír «I Am a Rock» y decir, ¿Pero qué es esto? Gracias a este disco también me enteré de que además de Bob Dylan había otro Dylan, el poeta Dylan Thomas. Inmediatamente, me fui a la biblioteca a leerlo.

«Yo había sido un enamorado de las películas de arte y ensayo y, sobre todo, de Bogart»

-Dentro de la escena roquera de Barcelona hubo una banda que tuvo un final dramático: Los Desechables.

-Hablo de eso en mi libro. Resulta que la revista «La Luna» hizo una fiesta en la que tocamos, era la primera vez que aparecían en Madrid Golpes Bajos (menudo coñazo). Entre el público había diseñadores, modistas, artistas plásticos, algunos músicos, políticos del PSOE que iban de modernos, niñas pijas que se ponían a hablar de las vanguardias rusas… Y yo pensando, «¿qué coño pintamos aquí?» Fue el momento de institucionalización de la Movida, y el motivo de su defunción. Bueno, pues mientras estaba pasando esto de «La Luna», me llega esa noche la noticia de que Miguel, el guitarra de Los Desechables, había entrado en una joyería con una pistola de juguete, y que el dueño sacó de un cajón una pistola de verdad y le descerrajó un tiro.

-Un recuerdo de Pepe Risi.

-Bueno, imagínate que, por buscar una de mis ídolos, Françoise Hardy te lleva de paseo por la ciudad. Pues eso me ocurrió con Pepe Risi, me cogió y me llevó a conocer su barrio, La Elipa. Y yo alucinaba de poder entrar en sus bares y de que estuvieran poniendo «Rock & roll Animal» de Lou Reed. Disfruté como un niño con él.

-Hay una canción suya, «El día que murió Salvador»...

-Está dedicada a un joven sindicalista, Salvador Puig Antich. Lo ejecutaron en 1974 y su muerte me impactó mucho, parte de mi familia siempre estuvo muy arraigada a la CNT y el movimiento libertario. En casa teníamos pósteres del sindicato y es por esto que me revolvía por dentro de pensar en su muerte. Hicimos la música para dos series que se centraban en momentos clave de la Transición española, de ahí salió esa canción.

-¿Las drogas se llevaron a muchos por delante?

-A nosotros también nos afectó, directamente a Sabino Méndez. Pero es que las drogas también fueron las culpables de la destrucción de las bandas. Justo anoche estuve cenando con Sabino Méndez. Nos reímos, porque se alojaba en el hotel Palace. Cuando comenzamos soñábamos con poder dormir en grandes hoteles. ¡Pues cuarenta años después seguimos haciéndolo!