ARTE

Eva Lootz, palabras de sílice

El CGAC ofrece en Santiago la oportunidad de adentrarse en el universo fecundo de la artista vienesa

«Manos» (1975). Alkil y lana sin hilar
«Manos» (1975). Alkil y lana sin hilar

Fuego, aire, agua y arena de sílice. Incombustible, la artista vienesa Eva Lootz (1940), residente en Madrid desde hace casi cuarenta años, dibuja en el CGAC su perfil más completo. Una selección de obras desde 1970 hasta hoy dan buena cuenta de la integridad conceptual, la perseverancia y la búsqueda constante de nuevos lenguajes para su identidad plástica.

La vista aérea de la trayectoria de Lootz empieza en los setenta con las superficies bidimensionales construidas a partir de materiales naturales, esparto, cera, algodón. Ya entonces, la creadora se dejaba influir por corrientes artísticas como la abstracción americana, la pintura de superficie, la manera de estar y no decir nada más que lo que se presenta ante nuestros ojos. La más reciente de las obras que se ubica al final del recorrido lleva por título «Wolframio»: en un largo pasillo aparecen escritas preguntas, referentes al enigma no resuelto sobre la cantidad de este metal que viajó en la Segunda Guerra Mundial desde Galicia a Alemania con fines destructivos; o el desconocido número de presos políticos que participaron en su extracción. Compartiendo el muro, decenas de bolígrafos de propaganda bancaria se encuentran colgados y listos para firmar, dibujando así el nombre del codiciado metal.

Como una esponja

Eva Lootz se formó en Viena en distintas materias, y podemos decir que no ha parado de estudiar y aprovechar las herramientas del tiempo como una esponja. En la planta baja del museo atravesamos una pasarela ligeramente elevada que conduce a los visitantes por una carretera que deja a ambos lados una escena de campos de polvo blanco con barcas recubiertas de parafina sobresaliendo de la pared: la instalación «A Farewell to Issac Newton». Un paisaje dentro de un paisaje, un prado de marmolina reflectante dentro de una sala doblemente estática y anestesiada.

El camino nos llevará a una espacio con esculturas de mármol creadas entre 2009 y 2013 –serie «Guadalquivir»–, que provienen de la digitalización del cauce del río durante un período determinado y la posterior traducción de los datos a obras tridimensionales. El resultado emite vibraciones sin necesidad de leer la cartela ni de conocer el laborioso proceso que ha dado tal forma al mármol.

Los cuatro elementos aparecen representados de diversas maneras a lo largo de la trayectoria de Lootz; desde las lenguas de tierra o los paños quemados, hasta la utilización de hielo seco o la fuerza de la gravedad que deja caer arena de sílice al suelo. Ese sonido, que requiere el silencio de la sala para ser apreciado, define bien la actitud de la creadora: un silbido constante y anónimo. Lootz dice lo que va a hacer, lo hace y luego dice lo que hizo. La relación discursiva entre las partes es circular y carece de grietas. De su primera aversión hacia la narrativa pictórica y escultórica, a la transformación de un archivo digital, su incisión y posterior pulido del mármol, toda una vida.

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