LIBROS

«Me llamo Lucy Barton»: corta, pero enorme

No es cursi, no es sentimental, no es lacrimógena, no es efectista, no es predecible. Por todo eso hay que leer «Me llamo Lucy Barton», de Elizabeth Strout

Elizabeth Strout, autora de «Me llamo Lucy Barton»
Elizabeth Strout, autora de «Me llamo Lucy Barton» - Dario Lasagni

Si en su país se le reprocha a Anne Tyler, maestra de tanta escritora, su tendencia a lo dulzón (reproche sin fundamento), entonces bien podría pensarse en Elizabeth Strout (clara descendiente de Tyler) como en su contraparte amarga pero no tanto.

Lo saben y lo han degustado aquellos que ya hayan paladeado a esta escritora nacida en Portland (Maine, Estados Unidos) en 1956, quien tuvo que luchar y esperar lo suyo para ser publicada, pero que, con cinco libros en su haber, ya ha llegado a lo más alto.

Diferente a todo

Lo disfrutaron los que la descubrieron en «Amy e Isabelle» (de 1998, en su momento admirada por Alice Munro, y su primera aproximación al inagotable filón madre/hija); los que la siguieron en «Abide with Me» (radiografía de pueblo chico con sacerdote y pecadores, de 2006); los que la conocieron con la deslumbrante novela-en-relatos «Olive Kitteredge» (2008, ganadora del Pulitzer y galardonada miniserie de la HBO con Frances McDormand. Consiguió para su resentido personaje lo mismo que Peter O’Toole en «Lawrence de Arabia»: poner rostro definitivo e inmejorable); y los ya fans que no pudieron dejar de pasar las páginas de «Los hermanos Burgess» («thriller» legal/familiar -Strout es abogada- de 2013, ya en proceso de adaptación por Robert Redford para, también, la HBO).

Visto y leído todo lo anterior, a nadie iba a extrañar que lo siguiente de Strout fuese excelente. Lo que nunca cabía esperar es que fuese diferente a todo lo pasado (aunque sin traicionar su esencia). Y, además, en tiempos en los que la llamada Literatura del Yo arrasa -y en más de una ocasión hace estragos-, una obra maestra del intimismo confesional ficticio.

Diferente porque, en comparación a las robustas y expansivas y muy descriptivas y elocuentes novelas anteriores, la breve pero enorme «Me llamo Lucy Barton» -primer puesto en las listas de ventas de Estados Unidos y ya entre las candidatas al Booker de este año- es medular, contenida, organizada a partir de breves capítulos que funcionan como precisos «sketches» y, como bien apuntó una crítica, está construida a partir de silencios que se las arreglan para comunicar el asombro «por toda la vida».

Lo que no quita ni impide que la voz narradora, Lucy Barton -hija y fugitiva de empobrecida familia disfuncional, aspirante a escritora, discípula de la laureada y volátil Sarah Payne, madre de dos hijos y esposa de un buen tipo del que parece sentirse un poco lejos-, sea de las más sutilmente atronadoras que se hayan oído y leído en mucho tiempo.

Esplendor geométrico

Aquellos a los que ya no le queda ningún William Maxwell pendiente («Me llamo Lucy Barton» tiene más de un punto en común y de contacto con esa cumbre de la novelística del hacer memoria que es «Adiós, hasta mañana») harán bien en continuar con Elizabeth Strout. Los que se quedaron con ganas de más Lucia Berlin, bien pueden seguir con Lucy Barton.

Una primerísima persona yaciendo, a mediados de los años 80, en una cama de hospital durante casi nueve semanas, después de que una operación de apéndice se complicase. Desde su ventana, el «esplendor geométrico de luces» del edificio Chrysler, al que Lucy Barton describe con lirismo digno de Fitzgerald y cuyo pararrayos equivale aquí a la punta del célebre iceberg hemingwayano donde, en ocasiones, menos es más.

Estamos ante una obra maestra del intimismo confesional ficticio.

Lucy Barton recibe, allí, durante cinco días, la visita de su madre tras años de no hablarse (su madre no hace otra cosa que contarle y distraerla con estampas de quienes Lucy dejó para siempre atrás en Amgash, Illinois). A partir de eso se permite recordar todo aquello que pensaba olvidado pero no, incluyendo un traumático episodio con su hermano gay y su intolerante padre.

Ahora y aquí, ya escritora de éxito y con un marido diferente, Lucy Barton evoca eso y tantas otras cosas que desembocan en su primera novela.

Y tal vez lo más importante de todo a la hora de celebrar «Me llamo Lucy Barton» es lo que no es y que, tan fácilmente, podría haber sido. Así, «Me llamo Lucy Barton» no es cursi, no es sentimental, no es lacrimógena, no es efectista, no es tramposa, no es predecible, no es obvia, no es deshonesta, no es banal, no es innecesaria.

En un momento del libro, la profesora y mentora de Lucy, la volátil y agotada y agotadora Sarah Payne, durante un curso de escritura creativa, explica: «mi trabajo no consiste en enseñar a distinguir a los lectores una voz narrativa de la opinión particular del escritor», y desprecia más o menos educadamente a todos los asistentes a ese «taller».

«Escúchame bien»

Pero, a solas, y después de haber leído la versión temprana de lo que está escribiendo (y recordando) Lucy Barton, Sarah le ofrece el siguiente diagnóstico: «Mira, escúchame, y escúchame con atención. Lo que estás escribiendo, lo que quieres escribir es muy bueno y te lo publicarán. Pero escúchame bien. La gente se te echará encima por unir pobreza y maltrato. Una palabra tan absurda, una palabra tan convencional y absurda como maltrato, pero la gente dirá que puede haber pobreza sin maltrato, y tú no dirás nada. Nunca defiendas tu trabajo, nunca. Esta es una historia de amor, tú lo sabes. Es la historia de un hombre atormentado todos los días de su vida por cosas que hizo en la guerra. Es la historia de una esposa que se quedó a su lado, porque eso es lo que hacían la mayoría de las esposas de esa generación, y cuando va a la habitación del hospital a ver a su hija habla compulsivamente de que el matrimonio de todo el mundo va mal, y ella ni siquiera lo sabe, ni siquiera sabe lo que está haciendo. Es la historia de una madre que quiere a su hija. De una manera imperfecta, porque todos amamos de una manera imperfecta. Pero si mientras escribes esta novela te das cuenta de que estás protegiendo a alguien, recuerda una cosa: que no lo estás haciendo bien».

Antes, Sarah Payne advierte: «Sólo tendrán una historia. Escribirán esa única historia de muchas maneras. No se preocupen por la historia. Sólo tienen una».

Esta es la historia de Lucy Barton y es una y es única, y no es muchas cosas pero sí es una sola: es perfecta.

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