ARTE

«Llamamos “realidad” a una ficción dominante»

Algunos de los proyectos de las últimas décadas de Rogelio López Cuenca en los que el autor reflexiona sobre los conceptos de frontera y otredad quedan reunidos formando una única obra en la muestra «Los bárbaros», ahora en la Sala Alcalá 31

López Cuenca, ante una de las obras de «Los bárbaros»
López Cuenca, ante una de las obras de «Los bárbaros» - Óscar del Pozo

¿Qué es un bárbaro? Rogelio López Cuenca (Nerja, Málaga 1959), lo tiene claro: el otro, el silenciado. Y, ¿qué son «Los bárbaros»? Pues, en el deseo de este artista de romper significados evidentes, se trataría de un conjunto de obras del andaluz, de los noventa a la actualidad, que reactualiza para hablar de frontera, de brecha, de imposiciones. La cita tiene como sede la Sala Alcalá 31, en Madrid, y se completa con un proyecto específico sobre la «gramática» de la herencia del colonialismo español a través del análisis de los monumentos de la capital.

–Primera pregunta obligada. ¿Quiénes son los bárbaros?

–Los bárbaros son los que no hablan nuestra lengua. Los otros. Y el espejo es reversible, porque nosotros somos los suyos. Son los que están en el otro lado de la frontera. Según su etimología griega, «bárbaro» significa «el que balbucea», aquellos a los que no se les entiende. En definitiva, son los que no tienen el poder de narrar y, así, de establecer el orden de los relatos.

–¿Cómo se les da voz aquí, tirando de proyectos antiguos?

–He procedido de forma similar a cuando un poeta reedita una colección de poemas y decide reelaborarlos. El resultado da pie a un nuevo texto que no existía antes, y que viene determinado por el nuevo contexto. Se trata de poner a prueba cómo las obras pueden servir como espejo para reflejar la actualidad o como lente para mostrarla con más claridad. Esta es una selección de trabajos que giran en torno a temas como los de la frontera, los límites, la construcción de alteridades, el otro... Reelaborados para dar pie a otro poema. La exposición se concibe como una sola obra en la que lo único que se distingue claramente es un segundo trabajo específico para este espacio.

–Atendiendo a las imágenes que hemos llegado a ver en los últimos años sobre inmigración, la duda es si algunas obras no se han quedado obsoletas.

–Ha sido inevitable darle vueltas a la posibilidad de incluir imágenes más contemporáneas. Sin embargo, he decidido no actualizar las obras así, sino ponerlas a prueba: ver si son capaces de hablar todavía de esa realidad y distanciarnos del frenesí del consumo incesante de imágenes, que acaba funcionando como lo hacía la censura. Ahora no se ejerce mediante la ocultación o prohibición, sino desde la sobreabundancia. Por ello, imágenes que nos parecían poderosísimas, como la del niño sirio ahogado hace justo un año, fue un icono que duró una semana, pese a ser estremecedor.

–¿Uno no termina anestesiándose al trabajar con estas realidades? O dicho de otro modo: ¿Se sigue sorprendiendo?

–La actitud básica al enfrentarse al fluido continuo es la de seleccionar, extraer imágenes que son susceptibles de narrar fuera de su inmediatez. A veces las más secundarias son más potentes para convertirse en un significante capaz de incorporarse a la multiplicidad que exige un trabajo artístico. No podemos olvidar que estamos experimentando maneras de representar. Que esto no es un telediario.

–Denuncia cómo el sistema tiende a mostrarnos ciertas realidades, como la inmigración y el turismo, como cuestiones independientes que parece que no ocurren en el mismo plano.

Es más peligroso el borrado de la Historia que su presencia. Son más reveladores los monumentos agredidos que los silenciosos

–En ese ejemplo, no es que sean las dos caras de la misma moneda, es que es la misma realidad: el Mediterráneo del que aparecen los náufragos es el mismo en el que descansamos los turistas. Estos trabajos buscan recordarnos eso. Y que una cuestión es consecuencia de la otra. Tenemos que romper la perversión de esa construcción de una supuesta realidad que nos muestra con imágenes determinados hechos en compartimentos estancos. Las ficciones construyen los modos desde los que interpretamos la realidad y lo hacen de manera más insidiosa que las leyes u órdenes políticas. Te convencen de que esas ideas eran tuyas; que esas órdenes nacen de tus reflexiones.

–¿Es Europa insolidaria o la culpa es siempre de los medios, que tanto ha estudiado?

–Los discursos dominantes se construyen siempre desde la élite. Y los medios pertenecen a ellas, desde los que hay una selección evidente de temas y enfoques. La sociedad española no es racista, sino que el racismo se construye de manera continua, usando determinados adjetivos para definir a determinados colectivos, pero también desde la ficción: de las películas a las teleseries o los cuentos que nos leen de pequeños.

–Eso nos lleva a plantearnos si realmente «conocemos el idioma» que hablamos. ¿No nos perdemos hasta en la traducción de lo nuestro?

–El logocentrismo dominante obliga a traducirlo todo a palabras, incluso una expo. Y, al tiempo, los que controlan los lenguajes de las imágenes convierten en analfabetos a la inmensa mayoría de la población: somos sus consumidores, pero no sabemos leerlas como leemos palabras. Tenemos opiniones muy cerradas que no provienen de nuestra experiencia directa, sino de relatos elaborados por otros con intención clara.

–El espectador, aquí, «transitará» por su propuesta y descubrirá cómo retuerce los idiomas.

–Hay que recordar que los idiomas son siempre construcciones colectivas y en permanente transformación. Yo no sé si en otros lugares del mundo hay una devoción tal por el idioma como aquí, tan pacata y beata: a la Academia, al diccionario... Al utilizar distintas lenguas en un mismo texto intento que recordemos que necesitamos a los demás para entender el mundo. Necesitamos otras perspectivas. No basta con inventar neologismos, como hacen los académicos, para evitar que digamos barbarismos.

–Hablábamos de fronteras, y me viene a la mente la que Donald Trump dijo en su último viaje a México querer levantar allí... Pagada por los mexicanos.

–Para mí lo más significativo de esa noticia es que ese muro ya existe. Por eso tenemos que tender a alejar el foco de lo caricaturesco y concreto, porque lleva a discutir sobre cuestiones irrelevantes. Cosas así son las que ponen en evidencia cómo consumimos como novedad lo que no lo es.

–Se repite aquello de que una mentira repetida muchas veces se asume como verdad.

–Y, sobre todo, que lo que llamamos realidad no es sino una ficción dominante. Es un relato más, sólo que el más reproducido, el que ha tenido más capacidad de imponerse y convertir los demás en ficción.

–Comentó antes el proyecto específico para Alcalá 31, y que es el que da nombre a la exposición. ¿En qué consiste?

Tenemos opiniones muy cerradas que no provienen de nuestra experiencia directa, sino de relatos elaborados por otros

–Cada vez doy más importancia a los proyectos colectivos. En este caso, nos centramos en Madrid y en los monumentos de la ciudad que se ocupan de la Historia del colonialismo español. La pieza descubre puntos que son ejes muy reveladores y conflictivos, como el hecho de que la Fiesta Nacional sea el 12 de octubre, esto es, algo localizado fuera del territorio nacional. O la continuidad de determinados discursos o de élites en el poder, tan sólo mudando de piel.

–No sé si está al tanto de las polémicas que se produjeron con su callejero y la eliminación de placas y monumentos. ¿Cosas como esas pasan por no ir demasiado a los museos?

–Lo grave es que las políticas culturales están encaminadas al consumo y al turismo, olvidando la labor indispensable que tienen de educación de la ciudadanía. Pero a quienes tienen el poder, esto no les interesa. Buscan más lo de imponer un relato. No hay que proteger monumentos por sus cualidades estéticas, sino por lo que son capaces de contar de nuestra Historia. Y eso exige un acercamiento distinto al de la devoción a la obra de arte o la estatua o el rechazo que generan determinados personajes. Es más peligroso el borrado de la Historia que su presencia. Son más reveladores los monumentos agredidos que los silenciosos.

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