«Antropofagia» (1929), de Tarsila do Amaral
«Antropofagia» (1929), de Tarsila do Amaral
DESDE LA OTRA ORILLA

¿Qué es la literatura para un escritor?

Una reflexión sobre cómo un autor se encamina por los meandros del arte narrativo

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La pregunta es frecuente. Qué es la literatura para una escritora. De dónde procede la atracción por la escritura y cómo un autor se encamina por los meandros del arte narrativo. En mi caso, entre tantos desvíos y aciertos, creo que la literatura nace de una aventura personal, de los impulsos de la tribu, de imposiciones colectivas. También de la transgresión de las leyes de la inercia, de la conciencia de la muerte, de la necesidad de perpetuar lo que es transitorio, de reaccionar a un orden social que decreta la vida como un bien fugaz, un simple resumen biográfico.

Sin embargo, yo, por así decirlo, como hija de Homero, de Shakespeare, de Cervantes, de Camões, de Machado de Assis, vivo con la cultura en bandolera, pegada a la patria del corazón. Así y todo, en la infancia sufrí de repente el fulminante descubrimiento de que era mortal y mujer. Y revestida de esa doble condición, ingresé en los designios traicioneros del pensamiento y creé mis libros. Una acción a partir de la que asumí el falso protagonismo que adviene de la naturaleza social de la mujer, esa zarza ardiente que se calló en obediencia a un repertorio sumiso, desafiante, cuya matriz de pensamiento ha deambulado, a lo largo de los siglos, por zonas sombrías donde ha depositado su denso misterio que todavía hoy urge traducir. Esas concepciones sobre la mujer las he añadido de manera natural a mi vida personal haciendo de ellas el uso que me correspondía. Como trabajar con ambigüedades, alteridades. A desacatar cualquier resumen y acatar las versiones contradictorias de la realidad, de las materias que hablan sobre la especie humana.

Mi oficio es ingrato. Hace frente a la impericia narrativa que induce al error. No acepta descuido en el rumbo estético que la historia exige o desconsideración del lenguaje que tiene vocación poética. Y como la narrativa es un pulpo de ocho patas, exige la audacia de rectificar la escritura sea cual fuere el estadio en que esté.

Con cada amanecer renuevo mis votos de amor al arte. Valoro ese arte que añade al poliedro narrativo lo que antes no existía. Y acata las versiones que prosigue con el propósito de dominar la escritura. Y es consciente de que la creación, en sí misma, no es pedagógica, simplemente sugiere huellas que no perdonan distracciones. Como consecuencia, vivo con la expectativa de adoptar una estética que tenga en sus fimbrias narrativas aciertos radicales, la belleza textual del conjunto.

Soy brutal y refinada en la escritura. Ignoro los límites que me quieren acallar. Dejo que lo sublime y lo escatológico caminen juntos, sin abandonar la noción de una estética que me prevenga contra la precariedad de la escritura. Intento, entonces, precaverme del error persistente.

La jornada humana me fascina y sus argumentos secretos sostienen mi imaginación. Mi tarea es enfrentarme a la realidad. Inventar la vida incluso pelando patatas. Por tanto, no tengo miedo a derramar la sangre del personaje en escena. La raíz poética del texto justifica cualquier acción. Y con la fuerza del verbo me familiarizo con las fundaciones del mundo.

En mi último libro de ensayos, Hijos de América, he realzado mi renovada alianza con las culturas milenarias que han sido el cimiento de mi imaginario. He registrado, también, a la par que mi estética narrativa, lo mucho que disfruté de niña, en distintos grados, de la escritura ajena y de la mía. ¡Ay, cómo me asfixiaba la inquietud intelectual! El esfuerzo continuo por trepar las pirámides, el Annapurna, la cordillera de los Andes, mis cimas estéticas. Parajes donde desaguaban los saberes

Quizás esos Hijos expresen los cambios sufridos, que bien sé cuáles han sido. Cada frase del libro ha superado mis intenciones iniciales y, es que peco de ser frondosa. Nunca he sido franciscana. Soy la que visita el reverso y las vísceras de las frases, siempre con el ansia de transmitir al lector mi último estremecimiento.

A fin de cuentas, soy una cazadora en busca de los folletines que los hombres engendran en cuanto saltan de su cama de clavos. No puedo renunciar al favor de las palabras con la que componen su mejor narrativa. Donde quiera que se esconda, estoy al acecho. A la espera de ese texto que haga caer sobre mi cabeza la cuchilla de la creación. Sólo así podré mojar la pluma en la tinta de mi sangre y escribir la historia que juré que un día contaría. Hecha de las intrigas que los vecinos ampararon en sus vísceras.

Lo quiera o no, la imaginación forma parte de mi cuerpo. Vive a mi sombra, se ajusta a mi modo de ser. Me persigue sin pedir permiso y se aloja en mí cobrándose desatinos, talento, las tramas que sobran en la tierra. La imaginación es astuta, versátil, insaciable. No hay quien le corrija la ruta. Y como nada la apacigua, inventa mundos, situaciones inusitadas, como si fuera geógrafa, antropóloga o arqueóloga.

Para ella nada es suficiente. Me exige que demuestre que no vivo sin ella, que sirvo a sus designios, que la describo como el mejor fruto de la tierra, que pruebe la sal de las emociones incluso a costa de mi vida. Sólo entonces me susurra, como premio, lo que sería de mí sin el caldo de su fabulación, sin el sobresalto que hace latir el alma, sin la embocadura con la que me devora.

Por curiosidad, indago por qué me es tan esencial este arte que actúa en mí de forma crucial. Y que me lleva a renunciar a ciertas pompas tan agradables para el espíritu. Y que casi me propone el uso del cilicio para mortificarme. Pero no sé responder.