Truman Capote, visto por Andy Warhol
Truman Capote, visto por Andy Warhol - ABC
LIBROS

La literatura escondida en el fondo de una botella

Edgar Allan Poe, Baudelaire, Truman Capote, Fitzgerald, Onetti... Buena parte de los escritores más relevantes de la Historia fueron grandes bebedores, cuando no alcohólicos sin remedio. Un libro relata esta relación creativa-destructiva

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Si hay un escritor que hace honor al mito del genio alcohólico, ese es Edgar Allan Poe. Empezó a beber tras la muerte de su primera mujer, y cuentan que llegó a su segunda boda borracho como una cuba. Abandonado por su padre, muerta su madre, maltratado por su tutor, tenía problemas emocionales y una personalidad cercana a la psicopatía. «No bebía con glotonería, sino con barbarie, como si estuviera cumpliendo un destino homicida», dijo de él Baudelaire, también gran aficionado al alcohol, aunque no tanto como al hachís y al opio. Baudelaire defendía así las bondades de estar siempre borracho: «Ese es el secreto, la única cuestión. Para no sentir la horrible carga del tiempo que rompe vuestras espaldas y las inclina hacia la tierra, es preciso emborracharse sin tregua».

Entre los artistas, son los escritores quienes sufren con más frecuencia depresiones y neurosis, escribe Javier Barreiro en «Alcohol y literatura», de la misma manera que el alcoholismo tiene una incidencia tres veces mayor entre quienes viven de su pluma que entre pintores y músicos. Truman Capote, otro bebedor de categoría, esbozó la teoría de que «todos los escritores, grandes o pequeños, son bebedores compulsivos, porque empiezan sus días totalmente en blanco, sin nada».

«Alguien ha dicho que la literatura se encuentra en el fondo de una botella -escribe Barreiro- y cierto parece que sería posible construir una historia de la literatura contemporánea a través del alcohol». Y esto es precisamente lo que hace en su libro, una divertida y entretenida guía etílica de las letras universales que se remonta al poeta Anacreonte, un amante del vino que murió al atragantarse con una pepita de uva: «Cuando bebemos, los cuidados se adormecen».

Barreiro establece cuatro tipologías del escritor alcoholizado. Están los románticos, los autores «malditos». Ya sea Malcolm Lowry, creador de «Bajo el volcán», cuyo «ideal de vida» contenía una taberna. O ya sea Dylan Thomas, que cayó muerto después de beber 18 whiskies. Luego están los alcohólicos compulsivos, los que bebían para superar su timidez -con Onetti a la cabeza, que recibía a sus visitas en la cama y el piso sembrado de botellas-, y los «bon vivant»: entre ellos, Juan Benet -«No sé si me sirvo del alcohol para escribir o me sirvo de escribir para beber»-, Norman Mailer y la mordaz Dorothy Parker, que entre trago y trago colocaba citas célebres. «Pobre hijoputa», dijo Parker, igual que Ojos de Lechuza en el funeral de Gatsby, delante del cadáver de Scott Fitzgerald, su viejo compañero de juergas.