La actriz madrileña en un momento de «Cartas de amor»
La actriz madrileña en un momento de «Cartas de amor»
TEATRO

Julia Gutiérrez Caba: «Al principio, me resistí a dedicarme al teatro»

A sus ochenta y cuatro años, ofrece un recital interpretativo en el exitoso montaje de «Cartas de amor», del dramaturgo norteamericano A. R. Gurney, en el madrileño Teatro Maravillas

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Julia Gutiérrez Caba, integrante de una de las grandes sagas teatrales de nuestro país, se encuentra en plena forma. No obstante, señala que «estar sobre las tablas cansa, pues exige un enorme esfuerzo físico e intelectual. Y el tiempo no pasa en balde. Quizá "Cartas de amor" sea mi despedida de los escenarios», aunque matiza: «La vida misma lo irá diciendo». De momento, encarna a Melissa Gardner, en un «duetto» con Miguel Rellán, en esta obra donde dos personajes repasan sus vidas, sus encuentros felices y sus choques, a través de las misivas que se iban enviando.

-En la pieza se dice que «escribir cartas es un arte en extinción». ¿Dado su éxito, cree que hay nostalgia de ese arte?

-No lo sé. Lo que está claro es que hoy la comunicación es muy mala. Las nuevas tecnologías, con los correos electrónicos, los «sms», los «wasap», son útiles, pero por desgracia han empobrecido enormemente el lenguaje. La carta te obliga a cuidarlo, incluso a mimarlo.

-¿Cómo definiría a Melissa, su personaje en «Cartas de amor»? Ella recalca que es especialista «en ir cuesta abajo

-En su comportamiento ha influido su madre, que le dice que es una inútil. Melissa es una mujer muy rica y no ha necesitado buscarse la vida. Va picoteando sin tener verdadero interés por nada, y cae en el alcoholismo y la depresión. Sin embargo, le he cogido cariño, es una mujer muy sensible y con marcado sentido del humor, y resulta enternecedor cómo echa de menos la armonía familiar con la que sí cuenta Andy, el otro personaje.

«Hoy las nuevas tecnologías son útiles, pero con los correos electrónicos, los "wasap"... han empobrecido enormemente el lenguaje»

-Llevaba años sin hacer teatro, salvo algo muy puntual. ¿Qué le motivó al regreso precisamente con esta obra?

-Me aparté del teatro porque estuve haciendo televisión, y porque a determinada edad es complicado aguantar los maratonianos ensayos, aprenderse textos muy largos, las giras... En ese tiempo solo acepté hacer «Escrito por Teresa de Ávila», que me propuso José Luis Gómez, una lectura de textos de la gran mística. Disfruté mucho adentrándome en el idioma clásico, tan complicado y a la vez tan apasionante, y, aunque era un proyecto muy singular, me di cuenta de que me seguía cautivando salir al escenario.

-¿Descubrió que tenía cierto «mono»?

De alguna manera, sí. Entonces coincidió que me llamó Miguel Rellán, con quien había trabajado en la serie «Los Serrano», y me habló de «Cartas de amor», especificando que en ese montaje los dos estaríamos sentados en todo momento y que se trataba de leer cartas, pues el propio autor del texto quiere que se representé así. Después me reuní con el director, David Serrano, y me prometió, y cumplió, que no estaríamos ensayando horas y horas seguidas. A esas condiciones, se unió que al mandarme el texto me interesó la confrontación entre dos personajes tan distintos, que se quieren y necesitan, pero que, por unas u otras circunstancias, no son capaces de vivir plenamente su amor.

«A mí me gustaba mucho dibujar y trabajé en una tienda diseñando ropita infantil. Pero casi era inevitable ser actriz»

-¿Se alegró, pues, de aceptar?

-Por supuesto. Todo se iba poniendo a favor hasta el punto de que me parecía inmoral negarme. Y, luego, la generosa respuesta del público -sin él, sin la corriente humana que se establece entre el escenario y el patio de butacas, el espectáculo no está acabado-, me animó aún más. Y, sobre todo, fue muy grato para mí derribar esas barreras que uno se va poniendo a sí mismo, y salir adelante.

-Pero usted, perteneciente a una gran saga teatral, estaba destinada a ese mundo. ¿O no?

-Bueno, no crea, al principio no lo tenía nada claro. Incluso me resistía de manera heroica. El oficio me parecía difícil, y quizá me pesaba no estar a la altura. Evidentemente, tanto mis hermanos, Irene y Emilio, como yo crecimos en ese ambiente. Irene empezó con obras infantiles, y yo podría haber hecho lo mismo, pero no quise. Por nuestros padres el teatro formaba parte de nuestra cotidianidad, y no solo en su aspecto más llamativo, del aplauso, la popularidad y demás, sino más bien en lo mucho que encierra de disciplina y sacrificio A mí me gustaba mucho dibujar y trabajé en una tienda haciendo diseños para ropita infantil. Allí mis compañeras me pedían que hiciera imitaciones. Al final, casi era inevitable ser actriz.

-¿Cómo recuerda la primera vez que pisó las tablas?

-Fue en una gira de mis padres con «Mariquilla Terremoto», de los hermanos Quintero, en Canarias, en 1951. Habitualmente en esas giras los papelitos de repertorio los hacían meritorios -los actuales becarios-, de cada población. Todos me impelían a que lo hiciera yo. Un día cedí y entré en la rueda. Y fui aprendiendo en la escuela del propio escenario. Recuerdo que en una ocasión al principio me dijeron que interpreta muy bien el papel, pero no se me oía. Así que tienes que ir corrigiendo los errores.

«Formar compañía junto con mi marido fue una aventura maravillosa, pero dura y muy costosa. No tuvimos ningún tipo de subvención ni ayuda»

-¿Y notó el gusanillo?

-Sí. Y vi que podía vencer esas autobarreras que antes le comentaba. También que el teatro es la almendra de la profesión. En un escenario no se puede ocultar nada. Hoy muchos actores jóvenes que empiezan en televisión creen que con ser famosos es suficiente, pero no. Luego, si hacen teatro se encuentran con un gran reto y han de aprender cosas que deberían haber sabido antes.

-No es el caso de su sobrina-nieta Irene Escolar. Imagino que estará usted orgullosa de que continúe la saga...

-¡Qué le voy a decir de Irene! La verdad es que es muy estudiosa, tiene una sólida preparación y se toma muy en serio su trabajo. Ama mucho su profesión y, aunque todavía es muy joven, tiene un gran futuro. No voy a negar que me siento orgullosa de ella, pero si en un momento la saga se termina no va a pasar nada.

-¿La etapa en la que formó compañía con su marido, Manuel Collado Álvarez, fue una de las más satisfactorias de su vida?

-Resultó una aventura maravillosa, pero dura. Mantener una compañía es muy costoso, y nosotros no tuvimos ningún tipo de subvención ni ayuda. Invertíamos todo el dinero del cine y de la televisión en la compañía. Llegó un momento en el que le dije que no iba a seguir.

-¿Cómo reaccionó su esposo?

-De primeras, no estaba muy de acuerdo, y le dolió. Pero entendió mi postura.

-¿Se valora hoy suficientemente el teatro?

-En España, no. Lo que, por otro lado, sucede con la cultura en general. Algo que nos remite al problema de la educación. Resultan pavorosos esos informes con porcentajes que reflejan que la mayoría de los estudiantes apenas comprenden lo que leen.