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Jon Juaristi: «Unamuno era muy de claroscuros»

«Los majoreros le adoran», subraya Jon Juaristi, autor de una biografía sobre el rector de la Universidad salmantina, cuya impronta permanece hoy absolutamente viva en Canarias

Jon Juaristi, autor de «Miguel de Unamuno»
Jon Juaristi, autor de «Miguel de Unamuno» - Isabel Permuy

Cuando Unamuno llega a Fuerteventura en marzo de 1924 no era la primera vez que el ilustre desterrado por el general Primo de Rivera pisaba tierra canaria. En junio de 1910 fue mantenedor en los Juegos Florales de Las Palmas. En Canarias contaba con amigos y admiradores como el escritor y periodista Domingo Doreste Rodríguez -conocido bajo el seudónimo de «Fray Lesco»-, y, un año antes, el Teatro Pérez Galdós de Las Palmas acogió el estreno de su pieza «La esfinge», representada por la compañía de Carmen Cobeña y Federico Oliver. Los majoreros le esperaban expectantes, máxime cuando en 1924, el rector de la Universidad de Salamanca era una figura de enorme proyección y había publicado ya títulos capitales como su «nivola» «Niebla» y el ensayo «Del sentimiento trágico de la vida». El gran «excitator Hispaniae» -según le denominó E. R. Curtius- no les defraudó. Así lo refleja en su biografía «Miguel de Unamuno» (Taurus), el poeta, novelista, articulista, ensayista y profesor Jon Juaristi (Bilbao, 1951), impulsor del Foro de Ermua, a raíz del secuestro y asesinato a manos de ETA del concejal del Ayuntamiento de la localidad vizcaína, Miguel Ángel Blanco. Juriasti es autor de esclarecedoras obras como, entre otras, «El linaje de Aitor. La invención de la tradición vasca» (Taurus) y«El bucle melancólico. Historias de nacionalistas vascos» (Espasa), que se alzó con el Premio Nacional de Ensayo.

¿Ha sido usted desde siempre lector de Unamuno?

Si por desde siempre se entiende desde la infancia, sí. Leí a edad muy temprana algunos cuentos de «El espejo de la muerte», una selección de su narrativa breve. Leí o me los leyeron, porque recuerdo que mi abuelo materno, músico, me leía relatos de diversos autores, de Anatole France, Dickens, Baroja, Wells, y también de Miguel de Unamuno.

¿Cómo lo definiría?

Creo que él se definiría como un intelectual, alguien que quiere cambiar las cosas con sus ideas. Ideas «matter», es verdad, no sé si cambian las cosas como los intelectuales desearían. En fin, es evidente que era un buen escritor, un gran poeta y ensayista. Ideológicamente, un tanto confuso.

¿Es, entonces, el intelectual por excelencia de la Generación de 1898?

En un sentido profesional, sí. Seguido muy de lejos por Ramiro de Maeztu. No pienso que el resto de los noventayochistas tuviera mucho interés en que se les considerase intelectuales, sino escritores a secas, o periodistas, en algunos casos.

¿Existen hoy en nuestro país, o en general en el mundo, intelectuales como el autor de «San Manuel Bueno, mártir»?

No, me parece que no. Hay escritores interesantes, pensadores inteligentes y poetas sublimes, pero sin la relevancia social de las damas de antaño, digo, de los intelectuales como Unamuno. Escribían mucho más que cualquiera de nosotros, pero no tenían demasiados lectores. En la España de entonces no había muchos aficionados a las letras, ni siquiera a las de cambio. ¿Lo más similar a un intelectual como Unamuno en la España de hoy? No sé, de verdad. Quizás ese señor que va a casarse o ya se ha casado con Isabel Presley.

«Lo pasó muy bien en Fuerteventura, tomando el sol en cueros en la terraza de su único hotel, comiendo gofio y escribiendo versos»

¿Sus luces y sus sombras?

Era un tipo de claroscuro crónico, sin luces ni sombras absolutas. Penumbroso, no tenebroso ni radiante.

¿Construyó Unamuno un personaje de sí mismo?

Por supuesto. Esa fue su principal actividad a lo largo de toda su vida, construirse un personaje.

¿Qué momentos le parecen especialmente significativos en su biografía?

Su juventud madrileña, como estudiante, ateneísta y probablemente ya radical federalista y pimargalliano. Su época de rector en Salamanca. El destierro durante la dictadura de Primo de Rivera, primero en Fuerteventura y luego en Francia (París y Hendaya). Añadiría también los primeros tiempos de la II República, hasta que sobrevino el desengaño.

¿Cómo vivió su destierro en Fuerteventura? ¿Cómo fue su relación con Canarias?

Estuvo poco tiempo, porque el general Primo de Rivera lo amnistió al cabo de unos meses. Él se enfadó muchísimo, no aceptó el perdón y se autoexilió a París con Rodrigo Soriano. Lo pasó muy bien en Fuerteventura, tomando el sol en cueros en la terraza del único hotel de Puerto Cabras -hoy Puerto del Rosario-, comiendo gofio y escribiendo versos. Allí lo visitó una poetisa argentina, Delfina Molina, que se había enamorado de él y pretendía llevárselo a la Pampa en un carguero. Parece que el propio Unamuno envió un telegrama anónimo al dictador para que lo impidiera, hundiendo el maldito carguero a cañonazos, si fuera preciso.

¿De que manera se le recuerda actualmente en Canarias?

En Fuerteventura lo adoran. Estuve allí y me pareció muy emocionante la idolatría que le profesan los benditos majoreros, cuyo cabildo puso en marcha una cátedra con su nombre. Es una isla bellísima, por cierto. Yo me habría quedado allí en vez de escapar a París, innecesariamente. Nadie iba a perseguirle.

«Cuando acierta en poesía da sopas con honda a los mejores poetas de su época, españoles y extranjeros»

¿Considera que la invención de la «nivola» es uno de sus logros principales?

Él diría que no. No era muy amigo de inventos vanguardistas. La «nivola» es novela experimental. Como el «Quijote». Lo del nombre, según él reconocía, no pasaba de ser una pequeña gamberrada.

¿Qué nivola recomendaría sobre todo?

La primera y epónima es la mejor, «Niebla». No es, sin embargo. la novela de Miguel de Unamuno que más me gusta. Releo continuamente «Paz en la guerra», pero es que soy de Bilbao. Fuera de bromas: es soberbia, una de las mejores novelas europeas del XIX, que es cuando se escribieron las grandes obras del género.

¿Y qué ensayo?

Pues también prefiero el primero, la colección de ensayos «En torno al casticismo». Pero en ese campo hay mucho donde elegir.

¿Qué le resulta más atractivo y sugerente, el Unamuno novelista, ensayista o poeta?

Sin dudarlo, el poeta. Fue demasiado prolífico como para que todos los poemas le salieran bien, pero cuando acierta da sopas con honda a los mejores poetas de su época, españoles y extranjeros. Y en todos los registros.

Su trato con el nacionalismo vasco no fue precisamente nada fácil...

Bueno, pero tampoco se obsesionó con ello. No le hizo perder el tiempo. Le preocupaba más el catalanismo. Conoció a Sabino Arana desde que ambos eran dos críos de la misma edad. Y escribió una semblanza de Arana bastante emotiva, recordándolo cuando ya había muerto. En el epílogo a una biografía sobre José Rizal -debida a W. E. Retana-, otro nacionalista que le era simpático.

¿Cómo diría que es ahora considerado desde ese nacionalismo?

Pienso que ni les suena, pero quizá me equivoque. Entre los nacionalistas vascos de mi generación no estaba mal visto, contra lo que se podría pensar desde un maniqueísmo esquemático. Hablaba vasco, lo escribía y había leído bastante en esa lengua. El nacionalismo vasco le parecía un poco aldeano, sin seriedad histórica y muy clerical. Pero no detestaba a los nacionalistas, incluso algunos le caían bien, pero era todavía un nacionalismo de la señorita Pepis, no el que hemos conocido después, tan siniestro.

¿Qué pensaría Unamuno de la España de nuestros días?

No entendería nada. Si el pasado es un país extraño, no digamos nada del futuro. Vivió en una nación donde había carlistas, campesinos, aguadores, Anís del Mono, tertulias de café, luz de gas, romances de ciego, terciarios franciscanos, famélicos galgos, trillos de pedernal, mecheros de pedernal y probablemente hachas de pedernal.

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