LIBROS

Juan Manuel de Prada desde la ínsula Barataria

«Mirlo blanco, cisne negro» es la novela más personal y sincera de Juan Manuel de Prada. Una sátira del mundo editorial donde el autor mete el dedo en todas las llagas posibles

Juan Manuel de Prada recrea en su última novela, «Mirlo blanco, cisne negro», sus comienzos en la literatura
Juan Manuel de Prada recrea en su última novela, «Mirlo blanco, cisne negro», sus comienzos en la literatura - Maya Balanya

Imaginen por un momento una fastuosa fiesta llena de bandejas de croquetas y canapés de caviar -del barato-, y de gente amontonada alrededor de esas bandejas. Entre las conversaciones y los bisbiseos, se escuchan palabras como «page turner» o «auténtico tour de force». También se habla de la sensación de la última feria de Fráncfort y suenan nombres de autores suecos impronunciables. Sí, han acertado: esto es un sarao literario. Pero si prestan atención verán que dentro de esta jauría literaria hay varias especies, y que estas no se mezclan entre ellas. Por un lado están las viejas glorias y las cacatúas, que pontifican apoltronadas en un sillón. A su alrededor, pulula un corro de escritores «nocilleros» «poniendo cara de Jonathan Franzen con almorranas», y también los editores de relumbrón, o los críticos, esos carroñeros siempre al acecho de la próxima víctima.

Pero si se fijan bien, apartado de toda esta multitud se encuentra un tal Alejandro Ballesteros, una joven promesa que tiene en su haber un libro de relatos que aún no ha sido bendecido por las páginas del suplemento «Barataria» ni tampoco figura este entre los «hot books» de la feria de Fráncfort. Alejandro no es más que un chico ilusionado y bonachón. Con talento y ambiciones. Un tipo que, harto de tupir de manuscritos los buzones de las editoriales, está esperando la Gran Oportunidad. Y qué mejor lugar que ese, un sarao literario, para dar por fin con la suerte que merece.

Caído en desgracia

Alejandro es, también, el protagonista de «Mirlo blanco, cisne negro», la nueva novela del escritor Juan Manuel de Prada (Baracaldo, 1970). El que quizás sea el más sincero y personal de sus trabajos hasta la fecha, se disfraza, en sus páginas iniciales, de hilarante sátira del mundo editorial, pero es también una historia dolorosa sobre los inicios de las complicadas vocaciones literarias en nuestro país. El libro tiene mucho de ajuste de cuentas con un mundo que Juan Manuel de Prada conoce a la perfección: el de los arreglos y desarreglos del despiadado mundillo literario. Pese a que él explicó en una entrevista que la mayoría de lo aquí contado es ficción -el 90 por ciento, remarcó-, queda aún un 10 por ciento de autobiográfico escondido, entre líneas -y a veces no tan entre líneas-, en una novela que es una fábula redonda y brillante sobre el mundo de las presiones literarias, una reflexión sobre las tortuosas relaciones entre maestros y discípulos, escritores y editores, y todos aquellos que habitan el frágil ecosistema literario.

Pero volvamos de nuevo a esa Gran Oportunidad que todo escritor joven espera o ha esperado alguna vez. Alejandro, recién llegado a Madrid, advierte que solo con tesón y buena voluntad no va a llegar a ningún lado. Pronto conoce a Octavio Saldaña, un escritor caído en desgracia que sobrevive gracias al programa de radio que dirige. Con una obra genial y brillante a sus espaldas, los años han convertido a Saldaña en una sombra de lo que fue, pero sigue siendo un personaje temido e idolatrado. Es gracias a su programa de radio como Alejandro, el joven mirlo blanco, se dará a conocer y, a partir de entonces, sucumbe al hechizante embrujo de su maestro, a su carácter a la vez genial y manipulador. Octavio Saldaña es su Gran Oportunidad, y a él le encomendará incluso la revisión del borrador de la novela que está escribiendo, «Madonna», que Saldaña editará una y otra vez hasta llegar a un punto en el que la novela pierda todo rastro de autenticidad.

Celos y envidias

Saldaña, un misántropo traumatizado y lleno de rencores, citaba en algunas de sus novelas una frase de Paul Valéry: «Con buenos sentimientos solo se hace mala literatura», que transmite a su mirlo blanco, al que asesora en cada una de sus decisiones, tanto literarias como personales, y Alejandro, deseoso de estar a la altura del maestro, acata cada una de sus imposiciones. Nada queda fuera del dominio del omnipresente Saldaña, ni siquiera la relación de Alejandro con Paloma, su novia, una azafata que es la única de esta historia con los pies en el suelo, que le advierte contra Saldaña, cisne negro que va sumiendo a su discípulo en una espiral de arribismo, celos y envidias.

Una fábula redonda y brillante sobre el mundo de las presiones literarias

«Mirlo blanco, cisne negro» hace pensar por momentos en «Plegarias atendidas», de Truman Capote, un libro que le granjeó al escritor estadounidense la animadversión de buena parte de la «jet set» que se veía reflejada, parafraseada y hasta parodiada en sus líneas. La novela de Juan Manuel de Prada tiene asimismo la vocación de levantar ampollas. Como el virtuoso del lenguaje que es, De Prada es capaz de llevarnos en un satiamén de la carcajada más explosiva a la reflexión, pero también al dolor, en esta historia que es, en el fondo, una confesión desgarrada y llena de literatura sobre el mundo de la literatura.

Guiños al lector

De Prada mete el dedo en todas las llagas posibles, las de esos editores que «son todos una panda de mastuerzos y mastuerzas cuyo concepto de la alta literatura oscila entre Paulo Coelho y Dan Brown»; las de los críticos que ensalzan una escritura sin estilo «porque ellos, en su juventud, fracasaron en el intento de alcanzar un estilo propio»; o las de esos escritores jóvenes, más preocupados por la pose intelectualoide que por la literatura.

Ya desde las primeras líneas, la novela está llena de guiños al lector. No hay más que detenerse en ese suplemento llamado «Barataria». La ínsula de Barataria es el reino inexistente que supuestamente conceden a Sancho Panza para burlarse de él y, en la novela, ese territorio imaginario convertido en suplemento, simboliza la entrada al reino literario. Pero es un reino que, quizás, como la ínsula de Sancho Panza, no existe más que como burla y como delirio de la imaginación.

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