Ricardo Menéndez Salmón (Gijón, 1971)
Ricardo Menéndez Salmón (Gijón, 1971) - Ángel Navarrete
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«Homo Lubitz», el apocalipsis de Menéndez Salmón

Sin negarle ambición, un buen comienzo y estilo magnético, «Homo Lubitz», inspirada en la figura del piloto Andreas Lubitz, que estrelló su avión en los Alpes, es una novela fallida

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Ricardo Menéndez Salmón da un paso más en su trayectoria de novela filosófica. En su anterior entrega, «El Sistema», había avanzado un derrotero de muy notable inventiva que, sin embargo, le hizo sobrepasar en número de páginas sus habituales contenciones. Considero que a Menéndez Salmón le venían mejor las fabulaciones desarrolladas en el espacio de la novela corta de sus primeras obras y que cuando se ve excedido por una extensión mayor comienza a perder pie. Con «El Sistema», al desarrollarse en cuatro partes que podían leerse de modo casi independiente, se notaba menos lo que en «Homo Lubitz» no ha logrado superar. El lector es llevado a diferentes sitios de un alegato alegórico de tintes filosóficos, políticos (de Gran Hermano) y morales, cuyo mapa posee el autor, pero que es sustraído al lector, quien inevitablemente se ve perdido varias veces a lo largo de la lectura.

Complicados vericuetos

A menudo me he preguntado: ¿pero esto qué tiene que ver? Pensaba en cualquier caso que en un escritor maduro y ya bregado tal pregunta quedaría resuelta conforme avanzaba la trama. No ha sido así. Según progresa, los vericuetos alegóricos se complican, y termina Menéndez Salmón confiando en que las referencias a las películas deDavid Cronenberg, a pinturas de arte contemporáneo o a clásicos de la ciencia ficción, suplirán lo que el narrador no ha sabido decir con la suficiente claridad para ser entendido sin necesidad de que otros artistas le suplan.

Hay que ser justo y decir que las primeras cien páginas, las que transcurren en la ciudad china de Hangzhou, vuelven a mostrarnos que Menéndez Salmón es un escritor muy bueno. Posee un estilo magnético por la mezcla de sensorialidad y profundidad reflexiva, excelente cuando se trata de dar cuenta de las diferencias entre el mundo chino y el occidental. También por la plasticidad de las imágenes, a menudo soberbias en el trazado de los paisajes urbanos. Por ser tan bueno este comienzo, que podía funcionar como una novela corta en la estela de Don de Lillo, no se entiende el viraje posterior dado a la trama.

Se excede, de manera críptica y ampulosa, en lo alegórico frente a lo narrativo

Ni es verosímil la búsqueda de un paisaje real tras un cuadro, ni las razones del protagonista, Richard O’Hara, para seguir los designios de un tal Control. La relación del arte visto en el Palazzo Grassi con los movimientos que llevan a Purullena está cogida por los pelos, y no viene bien servida la presencia de Amanda o su función.

Vacío destructivo

Cuando una novela quiere encarnar una alegoría, incluso si es alegoría del vacío que lleva a la destrucción, no tiene necesidad de ser críptica o ampulosa, ni arrastrar al lector a verse saturado de inteligencia, que no le niega al autor, pero que hubiera querido percibir acompasada con la humildad de haber pensado más en él, haciendo, por ejemplo, que las secuencias de las partes de la novela se encadenasen narrativamente o al menos pugnasen por ser creíbles.

Quizá todo se explique por la dificultad que siempre tuvo el género novela para canalizar la alegoría filosófica. La ciencia ficción lo ha sabido hacer, sobre todo en el cine. En los casos, como ocurrió en el Barroco, en que alegoría y novela se han unido, acabó venciendo el peso del discurso alegórico sobre el narrativo. Menéndez Salmón, con un proyecto ciertamente ambicioso, ha privilegiado el pensamiento alegórico; no en vano su novela trata de desarrollar un Apocalipsis desde la idea de propensión al accidente y al vacío, y ha subordinado su trama a ello.

En cine lo hicieron Malick y Lars von Trier (a quienes la novela no se refiere) o Cronenberg. De hecho, Menéndez Salmón ha tenido que acudir a lo visual de las artes fílmica y pictórica. Pero su responsabilidad es hacerlo como novelista. Remitir a quienes lo han hecho en otras artes para explicar lo que su trama no ha explicado me ha parecido reconocer una inferioridad que la literatura no tiene por principio.