Escena de «I. A. Inteligencia Artificial», de Steven Spielberg
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COMUNICADOS DE LA TORTUGA CELESTE

«Homo Deus»: contra el hombre

Yuval Noah Harari afirma que los seres humanos somos algoritmos, conjuntos de operaciones matemáticas, sistemas de datos. No tenemos «yo», ni inteligencia, ni voluntad, ni libre albedrío

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Homo Deus, de Yuval Noah Harari es el penúltimo intento de acabar con el hombre. Dice Harari que la biología ha demostrado que los seres humanos somos algoritmos. Algoritmo, «un conjunto ordenado y finito de operaciones que permite hallar la solución a un problema». Los seres humanos somos eso, conjuntos de operaciones matemáticas, sistemas de datos. No tenemos yo, ni inteligencia, ni voluntad, ni libre albedrío. Los seres humanos son simples animales, dice Harari, igual de valiosos o de admirables que cualquier otro animal. Cuando las máquinas superinteligentes creadas por Google tomen el control del mundo, los humanos seremos esclavos, o bien nos extinguiremos.

Hace unos días participé en el Café Filosófico que se celebra todos los meses en el pub Libertad 8 de Madrid, y me siento más tranquilo. Dos intelectuales brillantes, Antonio Diéguez, autor del libro Transhumanismo, y Andrés Moya, catedrático de genética de la Universidad de Valencia, pusieron las cosas en su sitio. Diéguez explicó que las ideas de Harari son locuras sin sentido, y Moya afirmó, con esa aura de bondad que produce la verdadera sabiduría, que los seres humanos en modo alguno somos algoritmos y que es erróneo afirmar que estamos completamente determinados por la genética. Pero que Harari sea un ignorante redomado y que su libro esté lleno de barbaridades (por ejemplo, que el nazismo es una de las variedades del «humanismo») no lo hace menos peligroso. Lo hace, de hecho, mucho más peligroso, por sus medias verdades, por sus simplificaciones, por sus eslógans pegadizos.

Ya en 1999 N. Katherine Hayles advertía del peligro que ahora vivimos en su célebre Cómo nos hicimos posthumanos. Hay una gran diferencia, advertía entonces, entre afirmar que una máquina puede funcionar como un humano y sostener que los seres humanos son meras máquinas. Este salto sutil, casi imperceptible, es la gran broma que nos ha gastado la época posmoderna. Quisimos ampliar la cultura del humanismo, y lo que hemos hecho es abrir la puerta a aquellos que, no se sabe muy bien por qué, desean destruirla.