CINE

«Historia de una pasión»: Emily Dickinson, vidas silenciosas

Terence Davies posa su mirada temblorosa en Emily Dickinson. Pero ¿es la protagonista de «Historia de una pasión» realmente Emily Dickinson? Responde otra poeta: Olvido García Valdés

Cynthia Nixon como Emily Dickinson en una escena de «Historia de una pasión», de Terence Davies
Cynthia Nixon como Emily Dickinson en una escena de «Historia de una pasión», de Terence Davies

Un poeta se multiplica en la partición. Como los panes y los peces. Yo tengo mi propio Terence Davies, ese poeta. Es el de «Voces distantes« («Distant Voices, Still Lives»), la primera película suya que vi, en la Semana de Cine de Valladolid, a finales de los años 80. En ella Davies contaba la desdicha, es decir, la raíz humana, casi solo (¿solo?) con canciones: la miseria que es la familia, la vida de un barrio obrero de Liverpool, el fluir del dolor y los afectos, de la ternura. Un poemilla mío de «ella, los pájaros» era puro Terence Davies y había surgido de uno de los cortos que hizo al comienzo de su carrera:

«Un idiota adulto mece

a la madre que ha muerto

y que no le amó,

a la que quiso matarle

cuando era niño.

La acuna y le habla

[suavemente.

El amor es desamparo,

el amor es amor

y desamparo».

Como cada uno de los lectores de Emily Dickinson, Terence Davies tiene su propia, y entera, Emily Dickinson. En «Historia de una pasión» (traducción aquí de un título más pertinente, «A Quiet Passion») nos la deja ver. Y a mí, que amo a Terence Davies, su Emily Dickinson me desconcierta. No dejé de sentir extrañeza ni un solo instante de una película que me parecía excelente. Todo está bien visto, pensaba -los interiores agobiantes, la luz, la atmósfera, ese irrespirable «cuidado», la pulcritud-; y al mismo tiempo sentía la falsedad de los jardines, el énfasis de las escenas, que todas las situaciones eran en verdad «escenas»…

Y sí, tal vez se deba, mi extrañeza, a ese punto de exceso, a la sensación de estar ante un filme teatral (sabiendo que los de Davies lo son), un exceso que en este caso me excluía. Mi Emily Dickinson (un libro extraordinario de Susan Howe se titula así) vivió una vida terrible -la que sabemos que vivió- y, no obstante, siempre pensé que de algún modo la había vivido como «natural», que para su rebelión había elegido el aminorado tono de la naturalidad (como se dice: la procesión va por dentro).

En la Emily Dickinson que conozco nunca estuvo la histeria, y los repetidos ataques espasmódicos de «Historia de una pasión»

No me resultan ajenos sus arrebatos de ira, ese elemental de la emoción (bien conocidos, más cerca, los de Louise Bourgeois), inevitables parecen la crispación y el rechazo, su creciente misantropía, pero en la Emily Dickinson que yo conozco nunca estuvo la histeria, y los repetidos ataques espasmódicos de Historia de una pasión -¿justificados por un oscuro diagnóstico?- tienen para quien mira los rasgos clásicos (es decir, propios de una mirada masculina) de una somatización histérica. La soledad feroz de esta poeta, me digo, no fue la de una «solterona amargada».

¿Pero no estoy exagerando? Porque el trabajo de Cynthia Nixon es ciertamente admirable y nos entrega, entera, la Emily Dickinson de Terence Davies. Por otro lado, es maravilloso, y como la firma del cineasta, que la historia avance puntuada en todo momento por los poemas, que nos van golpeando, sobrecogiendo, fascinando. Y, sin embargo, ni uno solo me pareció adecuado al momento en que entra, como si el filme y yo cayésemos en la trampa de la «figuración». Y sí, tal vez esa es la clave de mi desconcierto, de mi mirada esquizo: todo está bien, todo es en verdad Terence Davies; y a la vez: nada reconozco, eso no es, ahí no está Emily Dickinson.

De otro lugar

Porque Emily Dickinson no es representable. No puede una película dar cuenta de ella (aunque Davies esté en su derecho de mostrarla y yo en el mío de no encontrarla ahí). Es una historia conocida: cómo Kafka pidió a Kurt Wolff, el primero en publicar «La metamorfosis», en 1915, que no hubiera ilustración en la portada, y de ningún modo la imagen de un insecto. Eso que Gregorio Samsa llega a ser solo es visible, perturbadoramente, en el corazón de los lectores. Lo sentimos al ver cómo contempla desde su rincón la sala iluminada en la que sus padres y su hermana cenan.

Como eso que Gregorio Samsa llega a ser, Emily Dickinson no es representable, ni lo son sus poemas. Al paso del tiempo entre el suyo y el nuestro se suma la distancia de la lengua; no la del inglés, sino la distancia de la «lengua Dickinson», que no es inglés sino una lengua suya, como solo suya era la de Hopkins. Un poema de Dickinson, como uno de Hopkins, ni ilustra nada ni puede ser ilustrado por un momento, una acción, un guiño biográfico, una anécdota. Viene de otro lugar, fluye por otro cauce, no requiere interpretación.

Es en los poemas, en las cartas, donde la podemos ver. Ahí está.

A Emily Dickinson, al ser vivo que escribió esos poemas, lo reconozco en sus cartas. Ahí cuenta a sus primas, por ejemplo (y la traducción es de Margarita Ardanaz), la muerte de su madre: «Ella era apenas la tía que conocisteis. La gran misión del dolor ha sido ratificada -cultivada hasta la ternura por el dolor persistente, de modo que murió una madre más completa que la que ya había muerto antes. No hubo partida terrenal. Se deslizó de nuestros dedos como un copo agitado por el viento, y ya es parte del remolino llamado ‘el infinito’. No sabemos dónde se encuentra, aunque sean tantos los que nos lo dicen».

Asombroso corazón

O se despide ella misma en mayo de 1886, pocos días antes de morir: «Primitas: Me reclaman». Lo mismo que en su momento les anotaba la muerte de George Eliot (Mary Ann Evans), según la cita de Susan Howe en «Mi Emily Dickinson» (en traducción de Ana Rosa González Matute): «Jamás olvidaré el aspecto de las palabras tal como quedan impresas. Su rostro en el ataúd tampoco me significaría la eternidad. Ahora mi George Eliot. Confío en que recibirá el don de la fe -que su grandeza le negó- en la niñez del cielo. La niñez es el tiempo confiable de la tierra; tal vez al carecer de niñez perdió el camino que conlleva a una confianza temprana, inasequible después, y que jamás volvió a encontrar. Asombroso corazón humano, una sílaba te pone a temblar como el árbol sacudido, ¿qué infinito te espera?».

Nadie dijo nunca de modo tan punzante la desnuda sequedad de una carencia. El puritano mundo que vivió, la castrante figura paterna, la ambigüedad del amor fraternal, la compleja trama de los afectos femeninos, la frustración y la angustia de saberse invisible como poeta -y saber que la poesía es el correlato único de una experiencia sentida como irrepetible, con el valor difícil de lo raro y de lo excelso (diría Spinoza)-, un saber intransigente de lo que suponía -y supone aún- ser mujer en un mundo de hombres. Todo cada vez más documentado en una bibliografía que ha ido creciendo y adensándose y que ha abierto amplias vías de acercamiento a los lectores. Pero es en los poemas, en las cartas, donde la podemos ver. Ahí está. Ante la mirada temblorosa y admirada de Terence Davies, por ejemplo; ante cada lectora o lector que se aproxime.

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