La muestra de Adolf Loos en el Museo del Diseño de Barcelona
La muestra de Adolf Loos en el Museo del Diseño de Barcelona
ARQUITECTURA

Hablando en presente con Adolf Loos

Loos luchó contra el amaneramiento y gusto por lo ornamental de la Secesión vienesa. Su discurso no suena lejano en la sociedad actual, embelesada con el brillo de lo espectacular

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La arquitectura del presente atraviesa una crisis que parece haberse cronificado. Sumida en la cultura del espectáculo, la priorización de la imagen ha desplazado la sustancia conceptual y el pensamiento a un segundo lugar. La disciplina se ha olvidado de la conciencia sobre la que fue cimentada por el pensamiento moderno. El pensamiento crítico ha sido sustituido por la complacencia, haciendo que casi todo sea un pomposo simulacro en el que una gran mayoría se siente a gusto.

Dentro de este contexto estéril, donde también tiene crucial trascendencia la obsesión exhibicionista de la intimidad que fomentan las redes sociales, adquiere particular significado la reivindicación de la figura de Adolf Loos. La fuerza de una ideología contradictoria en muchos puntos pero de intenso potencial movilizador como fue la suya hace su nombre imprescindible, aún sin la pertinencia de establecer paralelismos entre el contexto de decadencia y transformación en que se sitúa su pensamiento y el errático escenario contemporáneo.

En equilibrar estas dos lecturas radica el principal valor del trabajo de comisariado de Pilar Parcerisas en la exposición que puede visitarse ahora en el Museo del Diseño de Barcelona y que llegará a CaixaFórum Madrid el 28 de marzo.

El mayor mérito de la muestra y su catálogo es enfatizar la dimensión contundentemente radical y revolucionaria de Adolf Loos, nacida de su absoluta determinación de proponer una arquitectura coherente con el individuo de su tiempo, que destrozara las normas y encorsetamientos esteticistas y clasistas de la Secesión y los Wiener Werkstätte, encarnadores de la caduca visión del mundo de la Viena imperial. Loos fue una síntesis de principios tradicionales y de eclosión renovadora: hijo de un cantero, de quien aprendería el aprecio por la belleza de los materiales y el respeto al trabajo artesano, jamás completó una formación académica ortodoxa en arquitectura. Fue el conocimiento de primera mano del carácter directo y práctico de la vida cotidiana en EE.UU. durante una estancia entre 1893 y 1896 lo que le permitió discernir sus propias ideas y definir una visión personal que se concretarían en una arquitectura sustentada en una racionalidad visceralmente opuesta a la simulación, la falsedad y el ornamento, incompatible con la artificialidad de los principios ideológicos y estéticos de la burguesía.

De esta convicción derivaría un lenguaje reduccionista, que proclamaba una neta diferenciación entre la arquitectura y el arte, negándose así a aceptar la idea del arquitecto como artista o genio: «La casa tiene que gustar a todos, contrariamente a la obra de arte, que no tiene que complacer a nadie. La obra de arte es un asunto privado del artista. La casa no lo es».

Privado y público

La mayor aportación de Loos fue la priorización del espacio doméstico, entendido con sutil complejidad como territorio físico y psicológico de intimidad diferenciado de la esfera pública; un lugar donde el individuo podía desarrollar libremente su verdad espiritual, fundamento de su concepto de Raumplan y del rechazo a cualquier dictamen impositivo sobre modos de habitar.

De forma concisa y didáctica, Adolf Loos. Espacios privados explora a través de seis ámbitos el posicionamiento de Loos como reacción a las tendencias arquitectónicas de su tiempo, su diferenciación entre espacios domésticos masculinos y femeninos y la influencia de Otto Wagner hasta sus últimos proyectos, que devendrían inspiración para la arquitectura posmoderna. Se exhiben piezas de mobiliario, gigantografías que ilustran los espacios domésticos y locales comerciales que concibió y maquetas de edificios construidos y no construidos por él: entre éstas últimas destacan la del proyecto de 1922 para el edificio del Chicago Tribune, el Gran Hotel Babylon o la casa para Josephine Baker. La muestra y el catálogo no eluden recalcar los aspectos contradictorios de Loos, un rupturista que valoraba la tradición constructiva clásica, incluso los más turbios, pero logra filtrar sus principales valores y las lecciones sobre autenticidad y rigor indispensables hoy.