MÚSICA

La grabación como forma del deseo

La exposición «1, 2, 3... ¡Grabando!» ofrece un recorrido por la historia de la grabación y reproducción sonora, algo que cambió para siempre la manera de escuchar y disfrutar de la música

Cartel publicitario de 1968 para promocionar el casete como soporte
Cartel publicitario de 1968 para promocionar el casete como soporte - Philips

En los minutos iniciales de la película «Ludwig van», de Mauricio Kagel, se puede contemplar el proceso de producción de un disco. La cámara se detiene con especial atención en la fase de prensado. El policloruro de vinilo aún maleable es dispuesto sobre un molde circular para ser aplastado y recortado por los bordes.

Cuando la película se rodó, en 1969, el pensamiento de Adorno mandaba en los círculos intelectuales, así como las reflexiones de Walter Benjamin sobre la reproductibilidad de la obra de arte. La asimilación del disco a una suerte de «crepe» negra pretendía denunciar la reducción del mensaje artístico a objeto de consumo para las masas. No obstante, los afanes ideológicos de Kagel despertaron en mí una metáfora de signo opuesto. Cuando vi aquel plástico negro todavía blando, me entraron unas ganas repentinas de comérmelo y me acordé que mis sensaciones cuando iba a una tienda de discos eran las mismas de quien va a una pastelería a comprarse una tarta.

Inmovilizar el tiempo

La exposición «1, 2, 3... ¡Grabando!», que se presenta en el Espacio Fundación Telefónica de Madrid hasta el 22 de enero, ofrece un interesante recorrido cronológico por la historia de la grabación y la reproducción del sonido. Desde el fonoautógrafo de Scott de Martinville (1857), pasando por el fonógrafo de Edison (1877) y el gramófono de Emile Berliner (1887), la idea de grabar los sonidos sobre un soporte rígido surgió como reto técnico-científico para convertirse, a principios del siglo XX, en una floreciente industria que influiría poderosamente en el desarrollo de la música y en su forma de disfrutarla.

Hubo quienes vieron en el nacimiento de la grabación una suerte de sacrilegio. Grabar significaba inmovilizar y congelar la música –arte impalpable por excelencia, destinado a renacer y desvanecerse en el mismo momento en que suena–. De alguna manera, el disco restaba a la música su aura mística y rebajaba sus prerrogativas al convertirla en un objeto como otros tantos. Entre los intérpretes, tampoco han faltado posturas encontradas. Algunos (Celibidache, Kleiber) han tenido una relación problemática con el disco por miedo a verse identificados para siempre con ese reflejo inalterable que brinda la versión grabada. Otros (Gould, Karajan) entendieron en cambio el disco como un medio para conseguir una perfección que ninguna interpretación en vivo podía alcanzar.

El disco proporciona al melómano un cuerpo físico al que tocar, custodiar, mimar y acariciar

Por encima de todo, el disco proporcionó a la música un cuerpo físico sobre el que el melómano podía verter por fin sus deseos y obsesiones. El disco da rienda suelta al fetichismo y al coleccionismo, pero también a una nueva manera de escuchar la música que podríamos definir de compulsiva. ¿Cuántas veces podemos ahora ponernos la misma canción? Cincuenta, cien, mil...

Al mismo tiempo que brinda a la música un cuerpo, el disco le proporciona un rostro. Porque el disco es algo más que música: es una sinestesia, una música asociada a una portada. Hay piezas, intérpretes y estilos musicales que, gracias al disco, han quedado indisolublemente asociados a imágenes concretas. A veces, es casi imposible escuchar una música sin pensar en la portada del disco que la contiene. Hay portadas icónicas que permanecen en el imaginario colectivo, pero también hay portadas de discos que juegan un papel especial en nuestros recuerdos por cuestiones personales.

Canto susurrado

Sospecho que el actual resurgimiento del vinilo se debe, entre otras razones, a la nostalgia por aquellas fundas enormes cuyas portadas llenaban la vista. Con el paso del elepé al disco compacto hemos recuperado espacio en nuestras casas y la digitalización permite incluso agrupar una discoteca entera en un espacio virtual –sea éste un disco duro o la «nube»–, pero no todo son ganancias. Porque el deseo necesita de un cuerpo y el disco proporciona al melómano un cuerpo al que tocar, custodiar, mimar y acariciar.

La música en el auditorio no pertenece a nadie, llega a todos de manera indistinta. El disco, en cambio, es portador de una relación personal y exclusiva. Uno lo escucha en su propia casa, a solas, y lo pone las veces que quiere. Entre las muchas informaciones que se pueden leer en la exposición «1, 2, 3... ¡Grabando!», una me ha resultado especialmente reveladora: la introducción del micrófono hizo posible el canto susurrado. Antes, la voz se proyectaba, llegaba desde la distancia. Gracias al micrófono es como si nuestra oreja estuviese pegada a la boca de quien canta. Escuchamos al cantante como escucharíamos a un amante. También en ese aspecto el disco se manifiesta como una forma del deseo.

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