ARTE

Gervasio Sánchez: «En Afganistán, la única que no sonríe en una boda es la novia»

El fotoperiodista Gervasio Sánchez presenta en el Conde Duque un proyecto que nos enfrenta, cara a cara, con las miradas de las mujeres de Afganistán, sin barreras

Gervasio Sánchez, ante algunas de las fotos de su exposición en el Conde Duque
Gervasio Sánchez, ante algunas de las fotos de su exposición en el Conde Duque - Maya Balanya

No es sólo una larga carrera la que hace de Gervasio Sánchez (Córdoba, 1959) uno de los mejores fotoperiodistas españoles. Es, sobre todo, su sensibilidad hacia el dolor ajeno, que vuelve a quedar patente en el proyecto en torno al que gira esta cita. Un proyecto desarrollado junto a la también periodista Mònica Bernabé, quien ha contactado con las protagonistas y escrito los textos de las imágenes. Retratos de mujeres afganas que miran de frente, a los ojos, y que se presentan con nombres, apellidos e historias.

–¿Cómo surge la idea de centrarse para este proyecto en las mujeres de Afganistán?

–En enero de 2009, el director de cooperación internacional del Ayuntamiento de Barcelona, Manel Vila, me llamó y me dijo: «Soy el jefe, tengo dinero y quiero hacer un proyecto contigo, barra libre. Elige el tema y te lo financio». Estaba en esos momentos en unas jornadas que dirigía Mònica [Bernabé] sobre Afganistán, participando con una exposición de unas veinte fotos, la mayor parte de las cuales eran de mujeres con «burka». Y le dije: «qué te parece si nos planteamos hacer un proyecto en serio sobre mujeres de Afganistán y en dos años lo resolvemos». Calculamos dos años, fíjate, sabiendo y teniendo ambos experiencia en Afganistán, y hemos tardado seis años.

Tuvimos muy claro desde el principio que yo no quería hacer un trabajo «postalero». Muchos fotógrafos van a Afganistán a hacer postales. Postales bonitas, donde aparecen mujeres con «burka», carromatos, barbudos, luces cojonudas… Y yo decidí hacer fotografías donde la mujer aparezca sin «burka», que es lo difícil; con nombre y apellido y con identidad y que se dejen, no solamente retratar, sino contar su historia, que no es nada fácil. Y la verdad es que este proyecto sin Mònica hubiera sido imposible. Ella fue la que identificó los casos, hizo los seguimientos (en algunos casos durante años) para conseguir cerrar las historias. Al final la historia ha salido, y era esta idea de intentar romper el esquematismo, esa idea equivocada de que el «burka» es el mayor problema de la mujer. Y en Afganistán no hay ninguna mujer que se queje del «burka».

¿Les sirve como protección?

–Sí, muchas veces sí. Les permite ir de manera disimulada a los sitios. Te puedes proteger de las miradas indiscretas, de que sepan qué edad tienes, tus formas y otras cosas. Con lo cual nadie se queja del «burka». Evidentemente es una vestimenta absolutamente obsoleta, ancestral. Pero nadie se queja.

–¿Entonces mostrar mujeres sin «burka» es más por la visión que se tiene de ellas desde fuera de Afganistán?

–Trabajar de esta manera era porque queríamos primero dignificar y denunciar. Es un documento de una situación brutal que afecta a la totalidad de las mujeres afganas. Todas las mujeres afganas pasan por este tubo: el tubo del matrimonio forzoso o pactado. Todas. Sin excepción. Da igual cuál sea tu condición, tu etnia o el nivel educativo de tu padre. Da igual. Vas a pasar por ese tubo.

–¿Cómo recibieron las mujeres afganas el proyecto? ¿Eran reticentes a participar?

–No, la mayor parte de las mujeres afganas tienen ganas de contar su historia. Pero, evidentemente, tienen que manejar los riesgos que asumen, las presiones. Nosotros en todas partes hemos dicho que este trabajo no se iba a ver en Afganistán, esa ha sido la garantía, porque si no es posible que a alguna chica la maten.

–Hay fotos impactantes, como las de mujeres quemadas a lo bonzo. Pero me han llamado la atención las fotos de bodas, por cómo cambia la foto cuando se conoce el trasfondo.

Si ahora volviera a Afganistán, no encontraría ya a muchas de las mujeres que retraté

–Es un ejemplo de cómo las fotos, si no tienen unos pies que cuenten la historia, te pueden dar una visión totalmente distinta de lo que está pasando. En Afganistán, la única que no sonríe en una boda es la novia. Es increíble, pero tiene lógica. Esa señora, en la inmensa mayoría de los casos, ha visto a su marido por primera vez en la boda. Y ese marido, esa misma noche, la va a violar, incluso a las que son menores. Además, la va a violar un hombre que, en muchos casos, no tiene ningún tipo de educación sexual. Así que el panorama es tremendo. No te puedes imaginar la cantidad de menores que llegan con desgarros vaginales tras su noche de bodas. Así que, ¿cómo va a sonreír?

–¿Cuáles han sido las fotografías más difíciles de realizar?

–Por ejemplo, el correccional de menores. Lo intentamos tres veces y las dos primeras el permiso que llevábamos para fotografiar no sirvió para nada. La tercera sirvió, pero tuvimos que hacer el trabajo a un ritmo trepidante, porque nos podían echar en una hora, en dos, en tres o en cuatro. Así que Mònica cogía a las chicas, les hacía un interrogatorio básico para tener unos datos de composición (nombre, por qué estaba allí). Y yo las ponía en un sitio que ya tenía identificado, les hacía tres fotos y pasaba a la siguiente. En este proyecto he renunciado un poco a esa idea de autor, he querido documentar, sabiendo que en muchos momentos iba a tener segundos para hacer los disparos. De hecho, no he usado el «flash» en ninguna fotografía de la exposición.

También ha sido muy complicado trabajar en la unidad de quemados. El problema es que en Afganistán los hospitales ya están un poco hartos de periodistas, sobre todo locales, porque cada vez que se ha hecho un reportaje sobre mujeres quemadas, el número de las mismas se ha disparado. El efecto llamada ha sido impresionante. Así que los médicos, aunque les convenzas de que el trabajo no se va a ver allí y de que no se va a publicar hasta dentro de unos años, ponen problemas. O que las enfermeras te impidan la entrada a una unidad de mujeres que se han intentado suicidar ingiriendo productos químicos, u opio, porque te dicen que son imágenes que dan mala imagen al país.

–¿A veces son mujeres las que ponen pegas?

–El problema en Afganistán es que el machismo y la intolerancia con las mujeres son culpa de los hombres y de las propias mujeres. La estructura es así. A las madres les hicieron lo mismo que ellas van a hacer a sus hijas. Es muy difícil romper los esquemas. Y el padre no quiere buscar lo peor para su hija; quiere buscar lo mejor. Y tiene además la obligación social de pactar un matrimonio apropiado para su hija, que le dé elegancia y fortaleza social y moral ante la sociedad. El padre normal y corriente es un hombre moral y éticamente tan potable como puede ser un español.

–¿El problema es la estructura social, entonces?

En este proyecto he renunciado a la idea de autor, he querido documentar. No he usado el «flash» en ninguna foto

–Es un problema de tradiciones. Porque las leyes afganas protegen a la mujer. La constitución dice que los hombres y las mujeres son iguales ante la ley, hay un decreto ley que prohíbe la violencia contra las mujeres en 35 supuestos. La ley islámica no permite los matrimonios forzosos, va contra el Corán. El Corán también dice que la mujer se tiene que casar después de cumplir los 16 años y las leyes afganas también lo impiden. Pero el 57 por ciento de las mujeres afganas se han casado antes de los 16 años. ¿Por qué? Porque no hay censo familiar ni de matrimonios. No se sabe qué edad tienen las niñas, pueden decir que tienen 16 y en realidad tener 14. Y esto ante la presencia de la comunidad internacional, cincuenta países con despliegue de tropas y centenares de miles de euros gastados allí. Y no han sido capaces de hacer un censo, que permitiría aplicar la ley.

–Se está queriendo vender la imagen de que, después de caer los talibanes, Afganistán ha cambiado mucho. Pero esta exposición parece mostrar lo contrario.

–Los talibanes dejaron el listón por los suelos, así que el día después de caer los talibanes los derechos de la mujer habían mejorado un 500 por ciento. Ya podían trabajar, ya podían ir a la universidad, las niñas podían ir a los colegios. Pero el problema es que la inmensa mayoría de las mujeres son amas de casa. Y aquí hablamos de los problemas dentro de las casas. Ha mejorado su vida pública, pero su vida privada sigue siendo igual o peor, porque los derechos que ha adquirido en la vida pública no tienen nada que ver con la imposición de normas y tradiciones obsoletas en la vida privada. ¿Qué más da que una mujer pueda ir a la universidad si luego la casan forzosamente y la sacan de la vida pública para estar dentro de una casa? Muchas de las crías que se intentan quemar o se intentan suicidar con pastillas es porque les han contado la milonga de que iban a llegar a la universidad y cuando sus padres las sacan del colegio no pueden ir a ningún lugar a protestar. No pueden ir a un juez, porque el juez tiene el mismo problema con sus hijas, el policía tiene el mismo problema con sus hijas, el abogado tiene el mismo problema con sus hijas… Se convierte todo en un círculo vicioso en el que la gran perdedora es la mujer.

–Incluso en los casos de mujeres más liberadas, en casa tienen los mismos problemas.

–En el parlamento afgano, el 27 por ciento de los escaños están ocupados por mujeres, por ley. Más que en el parlamento español, que el francés, un poquito menos que en el alemán, menos que los países del norte de Europa, pero seguramente más que cualquier país asiático. Hay más de 70 diputadas. Y hemos hecho historias sobre varias de ellas y tienen exactamente los mismos problemas que las mujeres de la calle. Insisto, esto no es un problema de etnias ni de situación social. Es un problema generalizado al cien por cien. El matrimonio por amor no existe en Afganistán. Tú no puedes enamorarte de un chico, llegar a casa y decir que te acabas de enamorar, porque tu padre te fusila, directamente.

Todas las mujeres de Afganistán pasan por una situación brutal: el matrimonio forzoso. Todas. Sin excepción

De esta estructura es imposible salir. En todo este trabajo sólo hemos visto dos parejas que se han casado por amor. Una que está en la exposición, entre una doble amputada y un poliomielítico, casados contra la voluntad de la familia. Y otra pareja que no está –porque no han querido– una pareja del norte, de la zona uzbeka, que siempre ha sido mucho más liberal. Se casaron por amor y se fueron a vivir a un apartamento solos; ella es médico y él trabaja en una ONG internacional. Y un mes después de casarse, él empezó a pegarle a ella. Por las presiones sociales, porque le decían que tenía que meter a su mujer en cintura, que cómo podía ser que ella trabajase en la calle, que era una vergüenza para la familia. Y la mujer se quería separar un mes después. Hasta la historia más bonita acaba siendo una tragedia.

La diferencia que se ve en las fotografías a ese tipo de mujeres es que ahí sí ha podido ser un poco más «autor».

–Sí, trabajando con las personas siempre acabas pudiendo conseguir los resultados que te apetecen. Si estás en un hospital y tienes que hacer una secuencia de quince fotos de una chica que se ha intentado suicidar y acaba muriendo, tienes que buscar conformar una historia con las quince fotos que funcione, que no sea reiterativa. Y en algunas historias he podido trabajar mejor que en otras, con más tiempo. Ha sido complicado, pero estoy muy satisfecho del resultado del trabajo, creo que tiene una fuerza visual tremenda. Creo que es un trabajo que va a tener mucho recorrido. Porque, al fin y al cabo, estamos hablando de una tragedia. Y lo digo claramente: si yo fuera a empezar ahora el trabajo, en 2016, para presentarlo en 2021, la situación sería peor todavía que entre el 2009 y el 2014, seguro. Ahí tienes a las futbolistas y a las boxeadoras: si ahora fuera a Afganistán y quisiera fotografiar a todas esas chicas, estoy seguro de que me encontraría con que media docena de chicas futbolistas ya no están.

–Pero este proyecto también ayuda a que sigan teniendo visibilidad fuera de su país, que siga habiendo presión para que puedan boxear.

–Sí, para «venderlo». Lo que pasa es que la comunidad internacional vende esto como el cambio. Y esto no es el cambio, porque no afecta a la vida privada.

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