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García Lorca en veinte poemas

Lorca no fue un solo poeta, sino muchos, y todos están en «Los árboles se han ido». Una antología esencial cuyos versos ilumina con sus ilustraciones MO Gutiérrez Serna

Detalle de una de las ilustraciones de MO Gutiérrez Serna incluidas en este libro
Detalle de una de las ilustraciones de MO Gutiérrez Serna incluidas en este libro

García Lorca se pasó la vida buscando al escritor que quería ser. Y lo hizo con pasión, con el entusiasmo propio de los románticos. En su obra, por ello, hay muchos mundos de escritura, esto es, muchos García Lorca. En una época en la que el capitalismo había traído a nuestra cultura la idea de la velocidad, uno podía acostarse neopopularista y levantarse surrealista, ser tradicional y, al rato, mostrar el rostro iconoclasta de la vanguardia. Tiempo de encrucijadas estéticas e ideológicas, los poetas sentían la llamada de una época vertiginosa y se lanzaban a ella con el frenesí propio de modernos ícaros: todo se podía experimentar, destruir y construir de nuevo.

García Lorca nunca se dejó llevar, sin embargo, por el lado más inconsistente de aquel ímpetu. Supo actualizar la tradición, hacerla viva y vestirla con los ropajes del momento. Lorca vivió siempre demasiado cercano al pueblo como para hacerse un poeta intelectual y tenía demasiada sensibilidad para lo trágico como para dejarse arrastrar por lo menor. Lo menor, lo infantil, que lo hay, es siempre una parte de algo más vasto y transcendente: demostrar lo frágiles que somos, las fuerzas oscuras que dominan nuestras vidas.

Raíz oculta

Amores imposibles, biografías truncadas, seres que se enajenan; pocos poetas españoles han estado tan dotados para acercarse a esa dimensión trágica que acecha a cualquier hombre. La muerte, el paso terrible del tiempo, el hiato entre la inocencia y la realidad, la injusticia, el deseo, la civilización como esencialmente inhumana son los temas sobre los que va a sustentar obsesivamente esa tragedia y los que lo convierten en un poeta donde el grado de emoción es siempre muy intenso, muy vivo y muy verdadero.

Emoción y verdad es lo que ha querido seleccionar Juan Marqués en esta antología de la obra de Lorca: veinte poemas que se bastan para dibujar todo un retrato rico, complejo y diverso. Juan Marqués ha querido mostrarnos esa «raíz oculta» que aparece siempre en Lorca, ya sea en el más tradicional o en el surrealista, en el más civil o en el más íntimo, en el narrativo o en el lírico, en el más contenido o en el de mayor derroche verbal. Porque frente al carácter intelectual, de laboratorio, de mucha poesía moderna, Lorca opuso siempre la autenticidad: cada verso lo contenía a él y expresaba todo ese mundo suyo de obsesiones e intuiciones, de preguntas y de dramas. Para Lorca la poesía no era un arte inocente, sino la forma de acercarse a esa dimensión desconocida y misteriosa que llamamos vida.

Pocos poetas españoles han estado tan dotados para acercarse a esa dimensión trágica que acecha a cualquier hombre

Un puñado de poemas que sirven para apreciar que Lorca nunca se mueve en el terreno de las abstracciones, sino en el de los sentimientos y en el de los sentidos; esto es, en el de las cosas, las almas y la realidad. Por eso muchos de ellos han sido leídos y aprendidos generación tras generación en estos ochenta años que se cumplen de su muerte. Lorca logró, quizá como ningún otro, que su poesía fuera memorable, que podamos admirar en ella, junto a la belleza de sus palabras, lo que somos cada uno de nosotros.

Líneas del silencio

En muchos de los poemas seleccionados por Juan Marqués se muestra al Lorca más depurado y sugerente, aquel en que la sencillez es una forma más del misterio. Lorca aprendió en la poesía popular, en los cancioneros y en Juan Ramón la imagen concisa, la elaboración del sentimiento y cómo la brevedad y la evocación pueden ser hondamente dramáticos. No es extraño que este Lorca fuera leído y admirado por el poeta portugués Eugénio de Andrade, y que destacara cómo esa poesía se conecta con la poesía oriental, con la de la Grecia arcaica. Poesía que parece hecha de la forma más humilde, casi hecha de nada, y que, sin embargo, es capaz de expresar todo un mundo que queda insinuado en las líneas del silencio.

Y, junto a él, el Lorca de la imaginería más feroz, aquel que desborda la lógica para introducirnos no solo en un mundo irracional, sino en un mundo que debe ser leído en sí mismo, según sus reglas. Porque con demasiada frecuencia Lorca destruye las fronteras entre el yo y la realidad, entre la realidad y la imaginación. Para él lo real y lo imaginario forman parte del mismo fluir. Por eso es un enorme creador de símbolos y, sobre todo, es un enorme creador de lenguajes dramáticos. La dramatización del texto poético en Lorca no viene dado, como en Cernuda, de la lectura del Romanticismo, sino de la propia tradición española, de la poesía medieval y de la poesía popular.

Búsqueda incesante

Un Lorca esencial es lo que nos ofrece Juan Marqués. Esta bella edición -la última antología que paga derechos de autor, pues dentro de tres meses la obra del granadino pasará a ser de dominio público- se completa con las ilustraciones, igualmente depuradas y evocadoras, de MO Gutiérrez Serna. Y donde dibujo y texto, color, gesto y palabra quieren dialogar y complementarse.

Para alguien como Lorca, que se volcó en la poesía con el entusiasmo del sacerdocio, que hizo de la literatura una forma de estar en el mundo, una forma de afirmación personal, un poema debía dar cuenta de la vida, de la tragedia que a menudo esconde el estar vivo. Toda su obra es una búsqueda incesante de esos momentos en que el hombre se acerca a su destino.

El hecho de que lo hiciera desde la emoción, desde la verdad y desde la autenticidad es lo que lo ha mantenido vivo ochenta años después de su muerte. El mito de Lorca podrá crecer en los periódicos, las televisiones o las redes sociales, pero crece aún más en la indudable fuerza de su literatura.

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