ARTE

La galería Kir Royal ya es madrileña

Con una muestra de Fernando Bayona –uno de los artistas de la nómina de este espacio de los cinco años que estuvo abierta en Valencia–, la galería Kir Royal se presenta en Madrid. Aquí inicia nueva etapa con Sara G. Arjona en la dirección

De izquierda a derecha, Fernando Bayona, Juan Cárdenas y Sara Arjona, en Kir Royal
De izquierda a derecha, Fernando Bayona, Juan Cárdenas y Sara Arjona, en Kir Royal - F. BAYONA

«Si montar una galería de arte en España es complicado, hacerlo lejos de Madrid, es casi imposible», expone Sara G. Arjona, la nueva directora de Kir Royal en Madrid. Esta firma, propiedad de Juan Cárdenas, tras una trayectoria de cinco años en Valencia, ha decidido hacer las maletas para trasladarse a un entresuelo de un señorial edificio del barrio de Salamanca, en General Pardiñas, 52, desde cuyas ventanas se ve cómo los vecinos habituales de la calle no pueden resistirse a pararse e inclinarse para ver qué se cuece ahora ahí abajo.

Porque el local que acoge desde ayer a esta galería era antes una vivienda que ha experimentado una transformación total para convertirse en espacio de arte. «Cambian muchas cosas –explica Arjona–; cambia desde el logo al equipo directivo, pasando por la nómina de artistas o la proyección que se plantea ahora este proyecto». La joven directora hace hincapié en la necesidad de hacer a esta firma más internacional: «Ahora, el 80 por ciento de las ventas de las galerías españolas se realiza en el exterior. Por eso, nuestra vocación internacional tiene que ser firme. Así mismo, es importante hacer cosas para, estando en la ciudad, salirnos de la ciudad. Eso significa llevar a cabo proyectos externos con museos o instituciones artísticas o intercambios con otras galerías».

Presentaciones poco convencionales

Todo ello pasa también por incorporar a la nómina de creadores a otros artistas internacionales. La responsable de Kir Royal reconoce que casi un setenta por ciento de los autores con los que se va a trabajar a partir de ahora son nuevos: De un jovencísmo Jorge Isla (ahora en CentroCentro y uno de los seleccionados por Marina Núñez para conmemorar el 25 aniversario de ABC Cultural) a pintores como Hugo Alonso u otro fotógrafo, Rafael Díaz. «Nos damos a conocer en Madrid con Fernando Bayona precisamente porque creemos que es otra forma de romper los moldes de lo que se espera de nosotros. Es probable que, cuando te presentas, lo hagas con la típica colectiva declaración de intenciones. Bayona es un artista que nos ha acompañado siempre, como Keke Vilabelda. Hemos optado por una transición tranquila, aunque este fotógrafo se encuentra en un interesante momento de cambio de registro».

«He abierto una brecha con lo documental, sin ser totalmente escrupuloso con los hechos, sino poetizando con ellos» (F. Bayona)

Arjona hace hincapié en la necesidad de un trabajo más cercano con los artistas en la nueva etapa: «Queremos desarrollar proyectos con ellos, dotar a sus inicativas de una temporalidad que se escapa a la idea tradicional de exponer lo que estés haciendo en un momento determinado porque te toca por agenda. De hecho, yo quiero que todos nos reunamos aquí al menos una vez al mes, que diseñemos estrategias conjuntas, que todos seamos lo más sinceros y cercanos posible porque sólo así generaremos un buen equipo».

Kir Royal ha decidido asentarse en el barrio de Salamanca. El hecho de no contar con salida directa a la calle y tener que llamar al timbre para acceder a la galería quizás se contraponga a esa idea de «cercanía» que pretende transmitir: «Hemos apostado por esta zona porque la gente que conocemos está aquí. Estamos próximos a galerías como Fernando Pradilla, Álvaro Alcázar o Herrero de Tejada, con los que mantengo una buena relación. A mí incluso me hace gracia lo de que se tenga que llamar para entrar, porque lo acerca a la idea de casa, de hogar, que queremos transmitir. Aquí uno se puede tomar un café, acudir a una charla, ver arte... Es posible que este sea el barrio olvidado de las galerías, pero todos juntos, junto a otros espacios como los museos de la zona o el Club Matador, podemos generar ciertas sinergias sin pretender ser Doctor Fourquet». Tampoco lo quieren: «Al final, el que se acerca aquí es porque quiere verte a ti», remata.

Fotografía de Fernando Bayona de la serie «Paragraph 175»
Fotografía de Fernando Bayona de la serie «Paragraph 175»

No ha sido fácil encontrar locales en la zona. Y la nueva Kir Royal es, en palabras de su directora, «extraña, no diáfana, una rareza» compartimentada en habitaciones. «Todo eso nos da distinción». De hecho, su «no despacho» se situará en una de las estancias centrales, interrumpiendo el paseo del visitante de la galería. «Buscamos que todo sea mucho más dinámico, que si, en un momento dado, y por estar todo más parcelado, se pueden montar dos exposiciones simultáneas, esto se haga».

La galería seguirá contando con artistas como Carlos Quintana o Chus García Fraile, creadores de media carrera. «Es curioso –cuenta Arjona, que se formó como pintora en Granada, pero que años después descubrió que su verdadera vocación estaba en la gestión cultural–, pero como acabamos de volver de FotoFever, en París, con Rafael Díaz e inauguramos con Fernando Bayona, muchos han pensado que nos hemos convertido en una galería de fotografía. No es así. Queremos trabajar con artistas que tengan cosas que contar y cuyas historias sean entendidas en cualquier contexto, aquí y fuera de nuestras fronteras».

Una historia potente

La de Bayona, sin duda alguna, es una historia potente. Su título, «Paragraph 175» (de la que pudo verse una pequeña muestra en la colectiva «Sólo es sexo», en Fernando Pradilla), hace alusión al artículo del código penal alemán que hasta 1994 castigaba en ese país las relaciones sexuales entre personas de sexo masculino. Con intención documental, la serie fotográfica del andaluz se ocupa del casi desconocido programa médico que emprendió el régimen nazi durante la Segunda Guerra Mundial destinado a encontrar una vacuna que curara la homosexualidad.

«Los experimentos clínicos de Carl Peter Vaernet –que terminó huyendo a Argentina y estuvo también auspiciado por el régimen de Perón– se llevaron a cabo en tres campos de concentración alemanes: el de Sachsenhausen, el de Buchenwald y el de Ravensbrück, que era además el destinado a las lesbianas, a las que se las denominaba “las conejas” y se las obligaba a trabajar como costureras en un régimen prácticamente de esclavitud», cuenta el artista.

«El 80 por ciento de las ventas de las galerías españolas se realiza en el exterior. Por eso, nuestra vocación internacional tiene que ser firme» (S. Arjona)

Este ha recorrido sus espacios actuales con la cámara denunciando la doble pena a la que fueron sometidos los hombres que pasaron por ahí y que lograron sobrevivir, lo que no era sencillo: «Precisamente por mantenerse en vigor ese artículo de la legislación, nadie se atrevió a denunciar lo que había vivido por miedo a nuevas represalias. De hecho, toda la información que hay al respecto se basa en un libro y un par de documentales. Para cuando la ley cambió tan sólo permanecían con vida 10 personas. Cinco accedieron a prestar su voz para los audiovisuales. Hace dos años murió el último de ellos». Se calcula que unos 140.000 hombres fueron procesados bajo las diferentes versiones de este artículo, de los cuales no ha quedado prácticamente ningún registro debido también al oscurantismo que se ha cernido sobre la cuestión.

Puede parecer que Bayona coquetea con el esteticismo en sus imágenes. Su belleza no es más que una trampa que encierra historias verdaderamente cruentas. Así ocurre con esos primeros planos de los interruptores de la luz. Con ellos, los verdugos podían controlar las horas de claridad de las que gozaban unos hombres hacinados, a los que se les obligaba a permanecer de rodillas, con tan sólo el agua que les lanzaban por las trampillas de sus celdas, desnudos y a temperaturas bajo cero. O las mirillas de sus habitáculos, que, puestas unas al lado de los otras, parecen como nichos sin lápidas. «Las técnicas empleadas, más que de tortura, eran de asesinato a cámara lenta», expresa Bayona. Otras fotografías muestran las salas en las que estos presos eran tallados (en realidad, sus asesinos tenían estudiado que la de pesarse era la mejor posición para ser disparado desde atrás para que el cuerpo sufriera lo menos posible, no se agarrotase, y ser así válidos para los más salvajes ensayos clínicos); las estancias en las que eran diseccionados u operados para insertarles en el apéndice pequeños receptáculos que liberaran con el tiempo ciertas hormonas que invirtieran sus tendencias sexuales. Las malas condiciones higiénicas o nutricionales hacían el resto. Pocos lo contaban.

«Estoy contento con el proyecto, que ya doy por concluido. Este está conectado con mis intereses generales porque significa seguir dando voz a las reivindicaciones LGTB; pero siento que he cambiado. Estaba cansado de tanto retrato y tanta figura humana». No son los únicos avances que se observan en los resultados de Bayona. El artista se muestra aquí más instalativo, más contenido en la narración. Menos explícito.

«He abierto una brecha con lo documental, sin ser totalmente escrupuloso con los hechos, sino poetizando con ellos –y sin abandonar la abundante postproducción, que también está presente en la serie, aunque el espectador no sea consciente de ello–, que voy a ir alternando con mi línea de trabajo anterior». No en vano, el fotógrafo trabaja ahora en dos nuevos conjuntos. Uno de ellos hace referencia a «esa sensación de que la vida que vives no es la que imaginaste siendo niño». Estamos secuestrados por nuestros sueños. La otra, no la quiere desvelar por miedo a gafarla. De momento, ni a él ni a sus galeristas se les empaña el momento dulce que están viviendo. Ya en Madrid.

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