Susan Sarandon (izquierda) y Jessica Lange suman los mismos Oscar que sus personajes, Bette Davis y Joan Crawford
Susan Sarandon (izquierda) y Jessica Lange suman los mismos Oscar que sus personajes, Bette Davis y Joan Crawford - HBO
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«Feud»: Días de whisky y rosas

«Feud» aprovecha la pelea entre dos mitos del cine para retratar el mundo jurásico de los antiguos estudios de cine. Queda tan poco de aquella estructura que las estrellas modernas sufren para estar a la altura de los mitos de antaño

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No es fácil que el joven espectador moderno comprenda la importancia que tenían en su época dos estrellas de la magnitud de Bette Davis y Joan Crawford. Ni siquiera la serie que acaba de estrenar Ryan Murphy en HBO es capaz de transmitir lo que suponía el star system, que ha sobrevivido empequeñecido y desprovisto de glamur. Hasta la palabra glamour ha perdido una letra en el proceso. Feud cubre ese hueco. O lo intenta. Es un beneficio colateral de su verdadera guerra: mostrar la enemistad «de proporciones bíblicas» entre dos actrices que, pese a todo, fueron capaces de unirse para sacar adelante la película ¿Qué fue de baby Jane? Aquel intento desesperado, brillantísimo, nos cuenta algo más que la pelea más descarnada que ha vivido Hollywood. Es un milagro que un odio de medio siglo supiera encontrar una tregua por una causa que sigue vigente: el drama de las actrices maduras, invisibles en una industria especialmente cruel. ¿Le darías un papel a dos mujeres con las que no te acostarías? Esa es la pregunta que, sin disimulo, le plantea el productor al director.

Pelea de «perras»

La historia está repleta de frases para el recuerdo, muchas de ellas reales y otras nacidas de la inteligente y documentada pluma de los guionistas. Imaginen la escena. Bette Davis y Joan Crawford entierran por unos minutos el hacha de guerra y presentan el que será su primer trabajo juntas. Ninguna esconde sus pensamientos sobre la otra. Davis (Susan Sarandon) abre fuego: «Está llena de veneno y no se muerde la lengua». La réplica de Crawford (Jessica Lange) es mejor: «Normalmente suelo hacer de perra, pero esta vez me puedo quedar quieta y ver cómo lo hace Bette».

Sus titulares eran oro. Aún lo serían hoy, cuando es fácil saber lo que pasa por la cabeza de cualquier mito en zapatillas. Incluso el presidente de Estados Unidos puede compartir sus ocurrencias en directo, en un planeta en el que no quedan oasis con un par de saludables grados de separación. En los años cuarenta y cincuenta, los mitos de Hollywood eran dioses inalcanzables, protegidos por una corte de sirvientes, agentes de prensa y altísimos muros de viviendas de película.

Cadena de montaje

El sistema de producción de los estudios es otro vestigio del pasado. Ya nadie se permite el lujo de contratar a F. Scott Fitzgerald, William Faulkner o John Steinbeck para meterlos en un despacho a parir guiones, a tanto la semana. El magnate de turno era muy capaz de encenderse después un puro con sus páginas. La firma del premio Nobel servía de vitola.

Si alguien ha heredado algo de aquel sistema de trabajo, de las cadenas de montaje audiovisual perfectamente engrasadas y con una jerarquía marcada, son los canales de televisión. Uno ve a Jack Warner hablando de las úlceras y hemorroides que le causó Joan Crawford y no es capaz de encontrar equivalencias modernas. Puede que lo más cercano sea Paolo Vasile y su relación, qué sé yo, con María Teresa Campos. Los contratos «de larga duración» de Mediaset son quizá lo más parecido a los que ataban a estudios y estrellas.

Tanto si el lector tiene la edad suficiente para recordar aquellos tiempos como si no, merece la pena que vea esta serie sobre ese mundo jurásico, retratado con medios y talento, aunque también con algún escollo difícil de superar. Más allá del parecido físico entre Susan Sarandon y Bette Davis, o el aún más lejano entre Jessica Lange y Joan Crawford, las protagonistas de la serie se enfrentan a un reto inhumano: estar a la altura del talento de sus modelos. Además de mostrar cómo eran en su vida cotidiana, si se puede aplicar el adjetivo a estos seres, Feud recrea escenas de rodaje en las que no solo se puede comparar el encuadre. El espectador puede ver al trasluz las diferencias entre dos generaciones de actrices, todas grandes, pero dos de ellas insuperables, con un sello personal inimitable.

Batallas desiguales

Susan Sarandon aprueba frente a la incomparable Davis. Lleva de serie los ojos de huevo, añade como extra su imitación de la voz y son evidentes sus trazas de gran actriz, aunque posea la mitad de Oscar y nominaciones que «la loba» (2-1). Es capaz de mirar a los ojos a su personaje. Algo peor lo pasa Jessica Lange frente a Crawford aunque, paradójicamente, la primera tenga mejor palmarés que la protagonista de Johnny Guitar (otro 2-1). Unas cejas falsas no son suficientes. En todo caso, es difícil no disfrutar con la recreación completa de una galaxia situada a años luz de nuestra Tierra conocida, aderezada por unos secundarios de primera. Alfred Molina está casi demasiado inmenso en el papel de Robert Aldrich, Stanley Tucci convence como Jack Warner y a Judy Davis le sienta como un guante la piel de serpiente de Hedda Hoper.

No sabemos cómo seguirá la serie, si sabrá orientarse entre las capas de fango que Davis y Crawford añadieron durante décadas a su conflicto, pero por lo visto en el primer capítulo la incursión merece la pena. Litros de alcohol y el humo de unos cigarrillos siempre encendidos avivan la mecha. La mitomanía no es incompatible con el relato descarnado de unos años que nunca volverán, para bien y para mal.