«Joven tigre jugando con su madre», de Delacroix
«Joven tigre jugando con su madre», de Delacroix
ARTE

La expresividad viva de Delacroix

El Louvre repite y amplía la gran antológica que dedicó a Eugène Delacroix en 1963, en el centenario de su muerte

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Producida en colaboración con el Metropolitan, adonde viajará en septiembre, el Louvre presenta una excepcional exposición retrospectiva de Eugène Delacroix (1798-1863), sin duda uno de los grandes clásicos de la modernidad en pintura. La muestra reúne 180 obras, la panorámica más completa de su trayectoria después de la última gran retrospectiva que le dedicó este mismo museo en 1963, año del centenario de su muerte. Es una oportunidad única, que permite recorrer, en síntesis, todo Delacroix.

Además, «el viaje» se completa con la exposición Una lucha moderna, que se presenta en las mismas fechas en el Museo Delacroix, en lo que fue residencia y taller del artista desde 1856 hasta su muerte. En este caso, la temática se centra en la representación de la lucha entre hombres y ángeles, que Delacroix plasmó en grandes pinturas murales en la cercana Iglesia de Saint-Sulpice, reciente- mente restauradas, y que fueron realizadas entre 1858 y 1861.

Más que un romántico

La cita del Louvre, ordenada cronológicamente, se despliega en tres fases. 1) De 1822 a 1834, años en los que la obra de Delacroix tiene como impulsos la novedad, la búsqueda del reconocimiento y la libertad expresiva. 2) De 1835 a 1855. Los motivos predominantes son la expansión de los formatos, la pintura mural, y el diálogo con la tradición, hasta el éxito que alcanza en la Exposición Universal de 1855. 3) Desde ese año hasta sus últimos días, con su exploración del paisaje y el ejercicio del poder creativo de la memoria.

Se suele caracterizar a Delacroix como el gran pintor del Romanticismo, pero aunque es cierto que ahí se sitúan sus raíces, su trayectoria se configura en diálogo con las transformaciones de la modernidad, en las etapas iniciales de la cultura urbana y de formación de las masas sociales. Yo siempre he visto su obra en paralelo con la de Baudelaire, quien en todo momento manifestó el máximo aprecio por él.

«Autorretrato con chaleco verde»
«Autorretrato con chaleco verde»

Es un artista que busca la diferencia, la singularidad, pero siempre a partir de un diálogo y contraste con la tradición. La suya es una posición distinta a la reivindicación de lo nuevo, que se convertirá en eje de las ya próximas vanguardias artísticas. El 8 de junio de 1850 anota en sus Diarios: «Lo nuevo es muy antiguo. Se puede incluso decir que es siempre lo que hay de más antiguo». En Delacroix está activa la impronta del arte italiano -aunque nunca viajó a Roma-, de Goya, y sobre todo, de Rubens, a quien calificaba de «homérico». El 15 de mayo de 1857, escribe: «La naturaleza hizo nacer en Flandes, y en una época cercana a la nuestra, al Homero de la pintura».

Ese despliegue de registros de cultura y conocimiento va unido en Delacroix con la búsqueda de la experiencia activa. Aparte de la gran importancia de sus viajes, podemos encontrar una de las claves más reveladoras de esta dimensión en lo que escribe el 12 de octubre de 1853 sobre una de sus obras más conocidas: El 28 de julio de 1830. La Libertad guiando al pueblo (1830). En no pocas ocasiones, el título de la obra se recorta, quitando la referencia a la fecha. Delacroix recuerda que había estado en la calle durante tres días, «en medio de la metralla y de los disparos de fusil». Y así, con esta pintura, a la que se refería familiarmente como «La barricada», pensaba: «He iniciado un tema moderno, una barricada».

Experiencia activa y diálogo con el tiempo; estos son para mí los registros en los que hay que situar la singularidad y gran proyección artística de la obra de Eugène Delacroix. Todo ello se despliega en la representación de los cuerpos en acción, en la intensidad del color, en su reverberación de variedad en la luz. Para así fijar la comprensión del dinamismo de la vida en la obra y transmitirla a quien mira. Delacroix: la expresividad viva.