Ajuste de letras

Estúpidos datos

¿Es lícito alterar la realidad para ser más efectivo en la «no ficción»? John D’Agata y Jim Fingal lo discuten

Jim Fingal y John D'Agata
Jim Fingal y John D'Agata

«Harper’s» rechazó el artículo porque estaba plagado de incorrecciones, y su autor decidió enviarlo a otra revista de Estados Unidos, «The Believer». «Tengo un encargo divertido. He recibido un nuevo artículo de John D’Agata que necesita ser verificado minuciosamente. Al parecer, se ha tomado algunas licencias, que él admite, pero quiero saber hasta dónde llega. Así que a quien le apetezca hacerlo, tendrá que escudriñar el texto, marcando todo lo que pueda confirmar como cierto, así como cualquier dato que sea cuestionable —pidió el editor de la revista—. Os compraré un paquete de bolis rojos si hace falta».

Y con solo leer la primera frase, Jim Fingal, el «fact-checker» elegido, supo que no le habían pedido un trabajo fácil. Cuatro de los datos que aportaba D’Agata en el arranque no se correspondían con la realidad. Por ejemplo, el ensayista escribió que en Las Vegas había 34 clubs de striptease, pero eran 31. «El número que aparece en el artículo [la fuente de la cifra] difiere del que usas en tu texto», le dijo Fingal a D’Agata. «Bueno, supongo que es porque el ritmo de “34” suena mejor en esa frase que el ritmo de “31”, así que lo cambié», respondió el autor.

El ensayo, de 15 páginas, se titulaba «Sobre una montaña»: a partir del suicidio de Levi Presley, un chico de 16 años, D’Agata indaga sobre la alta tasa de muertes de este tipo en Las Vegas. En la «ciudad del pecado» hay suicidios casi a diario. Pero lo hace con un trabajo que solo toma los hechos como referencia, como una excusa para hacer «arte». Fingal comenzó a trabajar en la corrección del texto en 2003 y acabó en 2010. Siete años de trabajo recogidos en «The Lifespan of a Fact» (W. W. Norton & Company), donde aparecen los diálogos que mantuvieron el autor y su «fact-checker» durante la edición del ensayo.

—Vale, puede que tengas razón en que no fue su «último» examen. Pero es más dramático decir que lo fue —justifica D’Agata en un intercambio con su corrector—. De verdad, Jim, con todo respeto, te estás preocupando sobre estupideces.

—Desafortunadamente, no puedo decidir qué hechos son estúpidos: tengo que comprobarlos todos.

D’Agata siempre encuentra respuestas. El «Boston Saloon» se convierte en el «Bucket of Blood» porque el segundo nombre «es más interesante». Lo que en sus notas es rosa se vuelve violeta porque necesitaba que ese color se repitiera dos veces. Otro suicido por arrojarse al vacío ocurrido el mismo día que el de Presley, D’Agata lo atribuye a un ahorcamiento para que la muerte de su protagonista fuera «única». Y los ocho segundos que duraron la caída del chico desde la cornisa de un hotel suman uno más, hasta nueve; decir que fueron ocho «arruinaría el ensayo». «¿Hacerlo más riguroso lo arruinaría?», se sorprende Fingal.

—No soy periodista, soy ensayista, ¿Vale? Y este género existe desde hace miles de años. (¿Has oído hablar de Cicerón?) Así que esas «reglas» con las que trabajo no son mías, las fijaron escritores que reconocen la diferencia entre la investigación propia del periodismo y la indagación de la mente propia del ensayo, una investigación impulsada por varias fuentes a la vez, incluyendo la ciencia, la religión, la historia, los mitos, la política, la naturaleza e incluso la imaginación. Hay más libertad en el ensayismo que en el reporterismo —dice D’Agata—. No he manipulado nada, solo lo he interpretado. Y sí, lo hice para lograr un efecto literario.

—Ahora entiendo —responde Fingal—. Las reglas son: no hay reglas con tal de que lo hagas bonito.

—Esa es una interpretación majadera de lo que acabo de decir.

—¿No eras el gran defensor del derecho de la gente a interpretar?

«The Lifespan of a Fact», divertido a ratos, es un manual perfecto para entender qué es el «fact-checking», esa práctica que garantiza la veracidad de las historias, pese a tropiezos tan sonados como el de Gay Talese en «El motel del voyeur». En EE.UU. hasta las publicaciones más modestas dedican recursos a esta labor. El rigor de Fingal y las excusas de D’Agata reflejan las dos posturas enfrentadas en el género de la no ficción: ¿Es lícito alterar la realidad para ser más efectivo en la narración? Autor y corrector aparecen fotografiados en la contraportada del libro. Salen juntos, y no en un montaje fotográfico: al menos en eso D'Agata no pide ser «interpretado». A falta de que alguna editorial se anime a traducir «The Lifespan of a Fact», Dioptrías ha publicado «Sobre una montaña», el libro que resultó del discutido artículo. En él, D’Agata admite que inventa nombres y personajes, pero incluye hasta 163 referencias de los datos ciertos que usa.

Entrevistado por Miguel Ángel Serna, editor de Dioptrías, D’Agata afirma sobre su libro: «Como escritor, debo confiar en que los lectores van a querer seguirme mientras transito por terrenos que no son objetivamente verificables, adentrándome en lugares donde los meros hechos nunca podrán llegar. Los lectores, por su parte, deben depositar su confianza en mi capacidad para decidir, si es que tengo que alterar los hechos para crear una experiencia literaria más profunda, cuáles son los hechos que es importante alterar, y en qué grado hacerlo». Y añade: «Hay una delgada línea roja que no debe cruzarse cuando uno escribe no ficción, pero dónde queda esa línea es cosa que difiere de un libro a otro». Demasiadas excusas para una obra menor.

D’Agata ahora imparte clases de escritura creativa en la Universidad de Iowa. Fingal se dedica a la informática, donde los datos no son estúpidos.

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