Ricardo Menéndez Salmón - Quinta Esquina

Entre los cananeos Ricardo Menéndez Salmón

William T. Vollman es el gran tapado de la novela actual, superior incluso a sus colegas de «trinidad estadounidense» Jonathan Franzen y David Foster Wallace. «La familia real», editada en España por Pálido Fuego, vuelve a demostrarlo

El novelista William T. Vollmann
El novelista William T. Vollmann
RICARDO MENÉNDEZ SALMÓN - Actualizado: Guardado en: Cultura , Cultural

La Historia cuenta que al obispo Berkeley, empeñado en negar la existencia de la materia para así oponerse a los argumentos de Locke y su peligrosa deriva escéptica, sus alumnos, groseros ellos, le amenazaron primero con una zurra y después con arrojarlo por la ventana para que experimentara en carne propia los límites de su tesis. Las magulladuras del filósofo se le antojaban a sus aguerridos discípulos la prueba irrefutable de lo equivocado que, en nombre de salvaguardar la religión y la moralidad, andaba el buen hombre.

Espuria o no, la anécdota viene a cuento por el hecho de que año sí, año también, las cátedras de Literatura de medio mundo y las páginas de los suplementos literarios del otro medio se obstinan en pronosticar la defunción de la novela, la muerte del gran relato, el adiós a ese mastodonte que es la ficción cuando aspira a contarlo todo. Por fortuna, como el severo pupilaje de Berkeley, temporada tras temporada un puñado de narradores se empeña en demostrar el movimiento andando y defenestrar a tanto agorero. Material y terrena, la novela posee masa y gravedad, peso y medida, es obstinada y feroz como una caída al vacío. Y aguarda siempre donde termina el vuelo para computar los restos del desastre.

Portavoces de una época

La aparición en 2005 de «Europa Central», de William T. Vollmann, supuso la revelación planetaria de un coloso de la ficción. Aquel novelón rotundo, tan ambicioso que aturdía, en el que el exceso no era una máscara oportuna, sino una declaración de principios e intenciones, y que con Dmitri Shostakóvich como figura capital aspiraba a rastrear las circunstancias de la vida en Alemania y la Unión Soviética entre los años 1933 y 1989, reclamaba alto y claro, por enésima ocasión, los poderes del novelista para convertirse en aquello que Hegel, en su momento, señaló como función primordial de los filósofos: ser órganos del «Zeitgeist», portavoces que expresan el talante de una época, notarios que garantizan la inteligibilidad, por abstrusa que resulte, de la existencia humana en el tiempo.

Vollmann, el gran tapado de los Tres Fantáticos (Jonathan Franzen y David Foster Wallace serían por edad las otras manifestaciones de la Trinidad) que el «mainstream» ha impuesto como recambio al canon de la literatura norteamericana, es en mi opinión el más dotado de ellos para transitar por ese filo resbaladizo en que consiste la realidad, y sobre el cual todos los novelistas, de un modo u otro, caminan como funambulistas. Carente del aura mediática de sus dos contemporáneos, pero con una obra de una constancia, volumen y coherencia que aplasta cualquier comparación posible, Vollmann viene siendo traducido en nuestro país desde 1995 con una tenacidad no exenta de riesgo, dada la radicalidad de su obra y su desmedido empeño. Parece en cualquier caso que, en los últimos tiempos, José Luis Amores se ha comprometido desde Pálido Fuego a seguir editando a este grandísimo escritor. Si en 2013 fue «Historias del arcoíris», un robusto y audaz volumen de relatos, ahora es «La familia real», otro alien milenario (1.050 páginas en la edición española) que remata la llamada «Trilogía de la Prostitución», obra originalmente publicada por Viking en el año 2000, cuando el escritor acababa de cumplir los cuarenta años.

«La familia real» es una crónica de la oscuridad que nos rodea y de la redención improbable que nos anima

Atendiendo a ese dictado del exceso que ampara la obra de Vollmann (si la literatura no aspira a decir el mundo, ¿para qué existe?), «La familia real» narra el descubrimiento del Infierno por parte de un detective privado, Henry Tyler, que se mueve en el submundo de las drogas y la prostitución de la ciudad de San Francisco a finales del pasado siglo. Tyler, una especie de Mishkin dostoievskiano puesto al día, es un devoto del amor y una víctima de sus cárceles. Sucesivamente enamorado de su cuñada suicida y de una prostituta con poderes apodada la Reina de las Putas, Tyler dignifica la figura del creyente hasta elevarla a la condición de símbolo de un mundo que se apaga en su orfandad de misterios. Ansioso de saber, hambriento de puro y físico amor, desprendido hasta el desarraigo, Tyler se embarca en una peripecia que, al tiempo que explora los límites de la cordura, revienta las costuras de la ficción para transparentar un ecosistema trágico y memorable: el de un lumpen que habita en la mugrienta senda de la adicción, el caos y la muerte.

Y sin embargo, en medio de esta llaga estruendosa que sobrevive en los márgenes de las más pudientes sociedades, Vollmann es capaz de levantar una de las novelas de amor más bellas, dolorosas e ineludibles que este lector recuerda. Concebida como un renovado relato bíblico, en el que Israel y Canaán, elegidos y apestados, Yavé y falsos ídolos cambian el beneficio del maná por la pureza del «crack», las Tablas de la Ley por las exigencias de la pornografía y los escenarios de la Tierra Prometida por los campamentos de indigentes, «La familia real» reclama la experiencia de la novela como totalidad y empuja al lector a una experiencia abrumadora. Obra gnóstica, de senderos que se entrecruzan y contumacia sin alivio, y que se acoge desde su cita inicial al magisterio de Sade («La seriedad nos exige reconocer que es la multitud de normas la responsable de esta multitud de crímenes»), «La familia real» es una crónica de la oscuridad que nos rodea y de la redención improbable que nos anima. Entre una y otra, soberano, incansable, el novelista, que señala y dicta, que discrimina y revela, aguarda paciente la caída del obispo Berkeley para mostrarle los frutos de su tarea, el fuego rotundo e inextinguible del arte de novelar en la época del final de las ilusiones.

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