CINE

El destierro de Unamuno en Fuerteventura, una aventura quijotesca

La película «La isla del viento» recupera un episodio poco conocido en la biografía del escritor: su exilio en Canarias, donde encontró motivos de redención

Imagen de «La isla del viento»
Imagen de «La isla del viento» - ILLIA TORRALBA

El guijarro, lavado y centrifugado por el océano, rebota varias veces antes de hundirse. Un individuo de gesto adusto, gafas redondas, barba y cabello blancos y traje negro juega a las cabrillas con una pequeña majorera. Parecen dos personajes difíciles de casar. La solución al acertijo sobre quién no debería estar en ese decorado de arena y espumas es sencilla. La niña le pregunta sobre el capítulo que viene después de la muerte. «Quizás somos un poco como esas piedras», reflexiona él mientras arroja los cantos desde la orilla de la playa. «Pasamos un momento por la superficie del agua, las gotas saltan y brillan, un instante, un momento, y luego nos perdemos, nos hundimos para siempre en el fondo, solos». La chiquilla se enfada, no entiende los presagios de ese viejo loco que llegó a la isla como un náufrago de tantas cosas: de su familia y amigos, de sus corresponsales a ambos lados del Atlántico, de sus alumnos de la Universidad de Salamanca, de la España cainita y refractaria a la inteligencia… La escena forma parte de La isla del viento, película del director malagueño Manuel Menchón (1977), estrenada el pasado viernes. Relata el destierro de Miguel de Unamuno en Fuerteventura durante cuatro meses de 1924, castigado por el régimen de Primo de Rivera, de quien fue látigo impenitente. Un episodio poco conocido en la vida del escritor, que pensó que iba a morir en «esa miserable isla» cuyo paisaje desolado era un reflejo de sí mismo, y donde, contra todo pronóstico, encontró motivos de redención.

Unamuno recibe la noticia el 20 de febrero de 1924. La Real Orden reza lo siguiente: «Ilustrísimo señor: Acordado por el Directorio Militar el destierro a Fuerteventura (Canarias) de don Miguel de Unamuno y Jugo, Su Majestad el Rey (q. D. g.) se ha servido disponer: Primero: Que el referido señor cese en los cargos de vicerrector de la Universidad de Salamanca y decano de la Facultad de Filosofía y Letras de la misma; y Segundo: Que queda suspenso de empleo y sueldo en el de catedrático de dicha universidad». En su casa de la calle Bordadores, su mujer, Concha, apenas puede contener las lágrimas. Un día después, antes de tomar el tren de Madrid, primera etapa de su obligado viaje a Canarias, Unamuno acude a la Universidad para dar su clase habitual, que termina con la consigna: «Para el día próximo, la lección siguiente».

Eterna primavera

«Unamuno no fue un revolucionario, pero mantuvo siempre un contradiscurso frente al poder», comenta a ABC Cultural Jean-Claude Rabaté, hispanista, profesor emérito de la Universidad Sorbona Nueva y autor, junto a su esposa Colette, de una ambiciosa biografía sobre el escritor bilbaíno. Sus ataques a Alfonso XIII y a Primo de Riveraa través de artículos publicados en el extranjero provocan el enconamiento del dictador. Unamuno tiene 59 años cuando pone el pie en Fuerteventura el 10 de marzo, acompañado por el político, abogado y periodista Rodrigo Soriano, un experto en grescas: las tuvo con Blasco Ibáñez, lo que provocó violentas escaramuzas callejeras en Valencia entre los partidarios de uno y otro; con Alejandro Lerroux, a pesar de que militó en su Partido Radical; y con varios militares, incluido Primo de Rivera, con el que se retó a espada en 1906, acabando heridos ambos contendientes. El «cirujano de hierro» le tenía cogida la matrícula desde hacía tiempo.

En su biografía, los Rabaté señalan que Unamuno sufre en Fuerteventura por estar separado de los suyos, pero se siente enseguida atraído por el lugar; ensalza el clima («una eterna primavera»), la brisa ligera y la comida buena y muy sana. «La isla es de una pobreza triste; algo así como unas Hurdes marítimas», escribe. «Es una desolación. Apenas si hay arbolado y escasea el agua. Se parece a La Mancha. Pero no es tan malo como nos lo habían pintado. El paisaje es triste y desolado, pero tiene hermosura. Estas colinas peladas parecen jorobas de camellos y en ellas se recorta el contorno de éstos. Es una tierra acamellada. Ayer hicimos la primera excursión en auto a la Antigua. Haremos alguna en camello».

Unamuno a lomos de un camello
Unamuno a lomos de un camello

Se aloja en Puerto Cabras (desde 1956, Puerto del Rosario) con Rodrigo Soriano en una humilde pensión llamada pomposamente hotel Fuerteventura, situada entre la iglesia y la cárcel. En la azotea toma el sol como Dios lo trajo al mundo, lo que provoca las quejas de los vecinos. Aunque a él no le sube el pulso: «Yo no los miro. Que no me miren ellos a mí», le dice al apesadumbrado propietario, Francisco Medina.

«No es una estancia improductiva», señala Rabaté. «Escribe, da paseos, pesca... casi se convierte en un marinero. No abandona sus comunicaciones por carta con la flor y nata de los intelectuales españoles, europeos e hispanoamericanos. A pesar de la vigilancia de las autoridades se las arregla para entregar sus misivas a los visitantes que llegan en los vapores, a los que utiliza como correos (Henry Dumay, director del rotativo francés Le Quotidien; Mr. Flicht, su traductor al inglés de Del sentimiento trágico de la vida, o Delfina Molina, una amiga argentina con la que mantiene desde hace años una relación epistolar). No deja de caminar. Umbral decía de Unamuno que era un tranvía humano». En una carta a Carlos Esplá, político republicano y periodista, reconoce su aprecio por una isla que es «un verdadero sanatorio» donde vive «los días más entrañados y más fecundos» de su vida de luchador por la verdad.

Amigos en la isla

En la «Fuerteventurosa isla africana, roca sedienta al sol», tan alejada de la imagen que tenemos hoy día con sus lujosos resorts asomados a infinitos arenales y los surfistas cabalgando las olas, a Unamuno le duele la pobreza de la tierra, «que podría enriquecerse si logra alumbrar agua», pero le sorprende la «riquísima nobleza de sus habitantes, los majoreros». «Reaparece el intelectual campechano, el mismo que recorría los pueblos del País Vasco y de Castilla para hablar con las gentes del campo y estudiar el folclore y el refranero», advierte Rabaté. Congenia con algunos isleños, como Ramón Castañeyra, acaudalado comerciante y autodidacta, o don Víctor San Martín, el párroco de Puerto Cabras. «Y en aquel pedazo de África en el Atlántico, Unamuno se convirtió en un gran poeta del mar», añade el hispanista francés.

Con versos como estos: «Te has hecho ya, querida mar, costumbre / para mis ojos, pies, pecho y oídos, / cansados de esperar, y tus quejidos / añaden a los míos pesadumbre». Con prosa como esta: «La mar es algo que no espera quien conoce el Cantábrico. Es un lago tranquilísimo. Estos últimos días de luna llena estaba hermosísima. La tierra es de una hermosura de desolación. Las cabras y ovejas lamen pedruscos y sacan raicillas de yerbajos secos. Los montes sin un árbol. Y a cada paso pasa algún camello majestuosamente».

Figura a reivindicar

Es ese personaje el que acabó convirtiendo en «unamunólogo» a Manuel Menchón, que llevaba una década dando vueltas al proyecto de llevar al cine las andanzas del filósofo en Canarias. «Parto de mis lecturas de adolescente, de la admiración por un intelectual que se enfrentó a todos y a todo. Es una figura a reivindicar en este momento», confiesa. «Él consideraba que vivió en Fuerteventura una aventura quijotesca. Para mí, Don Quijote y Unamuno son lo mismo, un icono. En Fuerteventura creó molinos de viento. Durante la preparación de la película hablé con una viejecita -ya fallecida- que lo conoció. Me contó que como iba de negro, y eso daba mal fario, los niños le tiraban piedras. Al final hizo buenas migas con ellos y hasta saltaba a la comba recitando la tabla de multiplicar. Dejó una gran huella en la isla». De hecho, al regresar de su exilio francés, en 1930, una de las primeras cosas que hizo fue enviar un telegrama a sus amistades de aquella tierra.

Unamuno (en el centro) posa divertido y atado de manos junto a Rodrigo Soriano en Fuerteventura
Unamuno (en el centro) posa divertido y atado de manos junto a Rodrigo Soriano en Fuerteventura

A Menchón le dio pudor al principio hablar con miembros de la familia. «Me imponían. No quería que me dijeran ‘mi abuelo no diría esto... o tendría más sentido del humor’». «De hecho, sí lo tenía», sonríe uno de sus nietos, llamado también Miguel, arquitecto de profesión (la saga tira ahora por esos derroteros). «Tenía autoridad y se enfadaba, pero mi padre, Fernando, me contaba que era muy cariñoso y que adoraba a sus hijos. Tuvo nueve y uno murió de niño, lo que le afectó sobremanera. Mi abuela Concha le decía: ‘¡Qué tontos sois los hombres de talento!’».

Miguel de Unamuno, el nieto, mira unas fotos de Miguel de Unamuno, el abuelo, a lomos de un camello o «atado» con una cuerda por un majorero, broma que se permitió con su compañero de destierro, el inefable Soriano. Casi parece un turista relajado, de vacaciones, en claro contraste con el pensador que desafía a los censores zarandeando con sus escritos a la dictadura, como en esta carta a Concha: «Estamos bajo el mando de unos soldadotes vesánicos, borrachos, jugadores, sifilíticos y cretinos. ¿Y el pueblo? La sífilis se le ha convertido en envidia, que fue el origen de la Inquisición. Ya no hay hombres en España, no hay sino machos -con serrín en la mollera y pus en el cora-zón- y eunucos, y por otra parte mendigos y ladrones».

Escena del paraninfo

Esa dualidad le encanta a Menchón. «Llega a Fuerteventura con dos trajes y tres libros: el Nuevo Testamento en su original griego, La Divina Comedia y los Cantos de Leopardi. Empieza escribiendo artículos incendiarios y acaba hablando del camello y de la pesca».

Unamuno se fuga de Fuerteventura en la madrugada del 9 de julio, ya enterado de su amnistía. Se exilia voluntariamente a Francia; primero a París y, poco después, a Hendaya. En 1930, cuando cae el régimen de Primo de Rivera, regresa a España. La isla del viento recoge otro episodio, este conocido, que nadie hasta ahora había llevado al cine: el incidente del 12 de octubre de 1936, en el paraninfo de la Universidad de Salamanca, durante la apertura del curso académico que coincidía con la celebración de la Fiesta de la Raza. Unamuno se enfrenta a Millán-Astray, general del bando sublevado, que exclama: «¡Mueran los intelectuales! ¡Viva la muerte!». «Venceréis, pero no convenceréis», le espeta el rector, cita histórica de un discurso que aún hoy pone la carne de gallina. «La escena resultó sobrecogedora para todo el equipo», recuerda Menchón. «Lo terrorífico para él es que esa masa, sus propios alumnos, sigan a Millán-Astray». Los últimos días de vida los pasó bajo arresto domiciliario. Falleció el 31 de diciembre. «Murió en el 36... y del 36», concluye su nieto.

Rodeado de camisas azules que lo increpan, Unamuno abandona en 1936 el paraninfo de la Universidad de Salamanca
Rodeado de camisas azules que lo increpan, Unamuno abandona en 1936 el paraninfo de la Universidad de Salamanca
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