A LIBRO ABIERTO

«Desperate Literature», el valor de las pequeñas cosas

Allí donde Madrid deja de ser urbe para convertirse en ciudad, asoma una librería de formato reducido. Una réplica de la parisina «Shakespeare and Company», hogar de unos libreros entregados

Vista interior de la librería «Desperate Literature» de Madrid
Vista interior de la librería «Desperate Literature» de Madrid - Fotografías: Maya Balanya

Allí donde Madrid deja de ser urbe para convertirse en ciudad, asoma una librería de formato reducido. Está en la calle Campomanes, frontera donde el asfalto muda en adoquines que parecen puestos al azar. Se llama «Desperate Literature», y es como una versión de bolsillo de la parisina «Shakespeare and Company». Aquella librería marcó un estilo y de allí salieron Terry y Charlotte, rostros de este local minúsculo y de vocación universal.

«Desperate Literature» es una librería internacional, pero debe su nombre a un párrafo de Roberto Bolaño, un extracto de “Los detectives salvajes”: «Hay una literatura para cuando estás aburrido. Abunda», dice el personaje Joaquín Font, arquitecto de profesión. «Hay una literatura para cuando estás calmado. Ésta es la mejor literatura, creo yo. También hay una literatura para cuando estás triste. Y hay una literatura para cuando estás alegre. Hay una literatura para cuando estás ávido de conocimiento. Y hay una literatura para cuando estás desesperado».

Charlotte y Terry, dueños de la librería
Charlotte y Terry, dueños de la librería

Cuando compraron este local, Terry y Charlotte encontraron poco menos que un trastero. «La situación era desesperada», dicen, e hicieron del adjetivo una marca. Ellos tienen como socios a Craig Walzer (dueño de «Atlantis Books», Santorini) y Corey Eastwood (que tiene varias librerías en Brooklyn, entre las que están «Human Relations» and «Book Thug Nation»).

Abrir la puerta y escuchar la campana que cuelga del pomo es como tropezarse en el callejón Diagon, que es donde Harry Potter compraba las varitas y donde una generación entera soñó con recoger sus libros del cole. Antes de adquirir ese aspecto mágico, el local tenía desorden, humedad y libros repartidos sin ton ni son. La librería anterior tuvo nombre de reina jordana, «Petra's International Bookshop», y una decadencia difícil. En los últimos años, cada vez que entraba un cliente, el dueño anterior le intentaba vender el local.

—Un colega nuestro se enteró de esto y nos avisó —recuerda Terry Craven, que tiene 32 años y una barba de cuento— ¿Por qué no? Estábamos trabajando como libreros en «Shakespeare and Company» y decidimos hacer una librería propia. Surgió esta oportunidad y decidimos venir aquí.

—El negocio de la librería independiente es tan pequeño, tan maravilloso, que cuando hay una oportunidad como esta no te lo piensas dos veces —le interrumpe Charlotte, su compañera—. Porque la reputación de la librería estaba más o menos alta. En Madrid hay muchos profesores de inglés y eso nos daba mucha seguridad. Era un sueño para nosotros abrir una librería propia.

«Shakespeare and Company»

Cualquier cliente puede sentarse frente a esta máquina de escribir y dejar un poema
Cualquier cliente puede sentarse frente a esta máquina de escribir y dejar un poema

Comenzaron las obras del local por su cuenta, reciclando madera y armando las estanterías con sus propias manos. La intención era darle un aire similar al de «Shakespeare and Company», y lo han conseguido. Los libros llegan hasta el techo y algunos descansan ya en horizontal por falta de espacio. La luz amarilla recuerda en efecto a la librería parisina, donde Terry y Charlotte llegaron con veintipocos años. Él estudiaba literatura inglesa y francesa. Ella, teatro y música: «En “Shakespeare and Company”, si trabajas doce horas tienes derecho a dormir», explica Charlotte, y ese aire «hippy» es lo que han conseguido instaurar en su librería. El que pasa la noche en «Desperate Literature» debe dejar una herencia temporal y una herencia duradera. Por ejemplo: hay quien a cambio de alojamiento lleva algo de comer (herencia temporal) y luego les deja una planta o una guitarra como la que adorna la librería (herencia duradera). Una vez les regalaron una gata. Se llamaba «Wednesday», pero alguien la secuestró.

«En París el público era más distante», resume Charlotte. «Necesitas conocer a gente y seguir los “circuitos oficiales”, los cócteles, las fiestas... Tienes que saber dónde ir, con quién hablar... Y aquí todo es más sencillo, hay menos presión en ese aspecto».

Tanto ella como Terry presumen hoy de una cartera de clientes generosa. En mitad de esta conversación, dos personas entran en la tienda con otras tantas bolsas del Ikea. Están llenas de libros en inglés, como la mayoría de los que colman la librería, y Terry los acepta feliz de la vida. Buena parte del producto que ofrecen es de segunda mano, y sabe que con ese intercambio se genera algo más que una relación comercial. Los clientes son «familia».

«En los tiempos de Amazon es muy grato tener este tipo de lectores», celebra Charlotte. «Hay una comunidad a la que estamos muy agradecidos. Aunque esto no es Lavapiés, tengo que decir que es una suerte ver a menudo las mismas caras».

Cambio radical

«Desperate Literature» goza de buena salud. Tiene clientes y una economía saneada. «Felizmente no tenemos nada que ver con el dueño anterior», bromea Terry, que tuvo la valentía de hacer todos los papeles cuando apenas enlazaba dos frases buenas en castellano. «Todavía hay gente que entra y me dice, “¿Conoces al jefe de antes? Es que me debe mucho dinero”. Al parecer estuvo seis meses sin pagar el alquiler. No sé cómo es posible. También debía 10.000 euros a otro vendedor de libros en Madrid, de unos grandes almacenes o algo así».

Los libros se reparten entre literatura inglesa y francesa en una proporción similar a la de las personas que entran en la tienda: 70% británicos, 30% españoles. Los títulos lucen ordenados por secciones («filosofía», «clásicos»), pero también por estados de ánimo: «Libros para cuando estés aburrido», «Libros para cuando estés desesperado...».

En París el público era más distante. Necesitas conocer a gente y seguir los “circuitos oficiales”, los cócteles, las fiestas... Y aquí todo es más sencillo, hay menos presiónCharlotte

«Aunque hay clientes que nos traen libros, también los hay que necesitan un libro en concreto. Nosotros lo pedimos, lo buscamos donde sea», explica Terry, con su acento mitad inglés mitad francés. «Lo que haga falta, porque yo tengo la adicción de comprar libros. Cuando salí de París tenía 50 cajas y hoy tenemos intención de abrir otras librerías. Mi madre es muy generosa (ríe) y lo de comprar libros es una adicción. De las mejores».

«Desperate Literature» tiene una librería de libro antiguo a menos de treinta metros, pero la convivencia es pacífica. La especialización hace que cada una tenga fieles diferenciados, como interpretaciones distintas de una misma religión: la lectura.

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