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«La democracia sentimental», laberinto de pasiones

En eso se ha convertido la política. No es extraño que Manuel Arias Maldonado hable de «democracia sentimental». Un análisis de cómo las emociones influyen en nuestras decisiones

«Asistimos a la reaparición de viejos fantasmas políticos -escribe el autor-: el nacionalismo, la xenofobia, el populismo». Que la emoción se imponga a la razón explica, según él, el triunfo de Donald Trump (en la imagen)
«Asistimos a la reaparición de viejos fantasmas políticos -escribe el autor-: el nacionalismo, la xenofobia, el populismo». Que la emoción se imponga a la razón explica, según él, el triunfo de Donald Trump (en la imagen)

A principios de 2015, Brad S. Gregory publicó un voluminoso ensayo titulado «The Unintended Reformation». El profesor de la Universidad de Notre Dame ponía en contacto la lejana Reforma protestante con el rostro poliédrico de nuestro tiempo. Lutero no sólo partió en dos el cristianismo europeo y dinamitó las certezas de la religiosidad medieval, sino que sembró las semillas de la secularización social, sedimentó las diferencias nacionales, sustanció un marco mental favorable a la moral del capitalismo y, en definitiva, sustituyó una metafísica de la mediación por otra de carácter privado y potencialmente plural. No resulta del todo aventurado sostener, aun a riesgo de simplificar, que -si bien en Europa desembocan los afluentes de Atenas, Roma y Jerusalén- nuestro sentido moderno de la democracia debe tanto a los designios de la Ilustración como al fermento previo de la Reforma.

El punto a considerar aquí es que el planteamiento de Gregory nos remite a un hecho central para la democracia moderna: el debate entre la construcción mediada del poder y la forma directa del voto plebiscitario. La democracia parlamentaria se fue construyendo, precisamente, a partir de un difícil equilibrio. Por un lado, la razón autónoma; por otro, el vértigo de las emociones fuertes. Por un lado, la necesidad de moderar las diferencias y llegar a fórmulas de convivencia; por otro, la exigencia de proteger la pluralidad de convicciones. No deja de constituir una sorprendente paradoja que la robustez de la democracia liberal se haya sustentado en una aparente debilidad. El liberalismono puede ofrecer mucho más que un combinado razonable de prosperidad, igualdad y libertades para la ciudadanía. Pero tampoco menos. Por tanto quizás se pueda argumentar que la democracia moderna es más instrumental que sustantiva, cuando no en lo que concierne a su credo básico. Y aquí resuena de nuevo el debate entre la mediación y el empoderamiento del individuo. La tensión fructífera entre la arquitectura institucional del parlamentarismo y una lectura maximalista del voto popular.

Giro afectivo

A la necesaria reivindicación del consenso liberal acaba de dedicar Manuel Arias Maldonado una obra de brillantez inusual, con la que se adentra en la crisis de legitimidad que afecta a la política occidental y recoge el «giro afectivo» de las ciencias sociales. El conflicto entre razón y emociones, que amenaza con liquidar la armazón de contrapoderes que define nuestro modelo político -intensificado por el uso disruptivo de las nuevas tecnologías y las redes digitales-, conduce al autor a adoptar una mirada spinoziana sobre los cambios sociales: primero, comprender. Así, los avances en la neurociencia han enriquecido el dibujo íntimo de la condición humana, a costa de debilitar algunas de nuestras certezas.

Estamos ante una obra brillante, con la que se adentra en la crisis de legitimidad que afecta a la política occidental

«El afecto -leemos- precede a la cognición», lo cual supone que el núcleo central de nuestras convicciones morales no puede desligarse de las emociones y los sentimientos. Diríamos que, si para Daniel Kahneman, el peso de nuestras decisiones recae básicamente en un conjunto de impulsos de raíz intuitiva a menudo incontrolables, resulta plausible creer que el axioma cartesiano -«pienso, luego existo»- ha dado paso a la identificación de un pensamiento que se nutre del suelo nativo de las emociones; pero eso, en ningún caso supone un enfrentamiento inevitable entre ambas esferas.

Aunque los populismos de nuevo cuño se dediquen a explotar esta tensión no resuelta planteando falsos dilemas que erosionan la confianza social, la respuesta de la experiencia liberal no puede consistir en un negacionismo que ignore la sentimentalidad presente en los vínculos sociales ni en un legalismo ajeno a las constantes mutaciones culturales y morales, sino en una especie de humildad cognitiva que actualice las promesas de la Ilustración, a través del diálogo posible entre la razón y las emociones. «En esta tarea -escribe Arias Maldonado-, [...] este privilegio recae en la tradición del liberalismo pragmático que entiende la búsqueda de la verdad como un proceso social abierto, basado en la discusión crítica».

La mejor salida

Lector exhaustivo de las diferentes voces que enriquecen la literatura política contemporánea -de Nussbaum y Rawls a Sloterdijk y Rorty-, Arias Maldonado reivindica la razón prudente de los clásicos y, de un modo muy particular, la conciencia desapasionada del francés Michel de Montaigne. De los clásicos adopta una mirada irónica -entendida también como leve distanciamiento- ante la realidad política, a sabiendas de que lo que no es ironía se convierte fatalmente en tragedia.

El ironista melancólico parte de la derrota, no aspira a la victoria. Sabe que la completa reconciliación del sujeto con la sociedad es una entelequia. Una actitud así, flemática, pero no necesariamente indiferente, se caracteriza por su reflexividad: el ironista aspira a no perderse en el laberinto de las pasiones, o a conservar al menos una idea sobre cuál es el mejor camino de salida». «La democracia sentimental» es un libro gozoso, de lectura obligada si queremos descifrar muchas de las claves de nuestro tiempo político.

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