Una de las instalaciones de Daniel Buren ahora en Málaga
Una de las instalaciones de Daniel Buren ahora en Málaga
ARTE

Daniel Buren se proyecta en Málaga

La fisonomía del Pompidou en Málaga está ligada a la aportación de Daniel Buren en su lucernario. A este espacio regresa con otras instalaciones. Un guiño al 40 aniversario del centro en París

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El proyecto de Daniel Buren (Boulogne-Billancourt, Francia, 1938) para el Centre Pompidou-Málaga cuenta con la virtud de mantener rasgos y fórmulas características y de ensayar soluciones que no son habituales en su extensísimo corpus de intervenciones, iniciadas desde mediados de los años sesenta. Esto se debe a su manera de operar «in situ», obedeciendo cada entrega a los condicionantes, tanto morfológicos como funcionales, que deparan los ámbitos en los que actúa.

Los trabajos «in situ» que han nacido en y para Málaga atienden a la lógica de modificar los espacios donde se inscriben y transformar la relación del público con el lugar y su modo de estar y experimentarlo. Además del cuestionamiento de los espacios expositivos, de la relación del propio artista y de los usuarios con ellos -tanto que su obra ha venido siendo inscrita en la crítica institucional-, Buren plantea una reflexión sobre la pintura. El artista galo vuelve a tensionar y a poner en conflicto la noción y la condición de esta técnica, aspecto que lo ha definido desde el inicio de su trayectoria.

La intervención en las salas de exposiciones temporales, que se sumen en la absoluta oscuridad, se realiza mediante proyecciones de múltiples composiciones que van variando en una secuencia que genera la ilusión de animación; entre ellas, sus rayas estándares de 8’7 centímetros, que son, además de una suerte de «firma», lo que el propio autor llama «herramienta visual».

Suelo «replicante»

El suelo, convenientemente negro y reflectante, ayuda a duplicar las múltiples formas geométricas que aparecen, desaparecen y mutan. La pintura aflora como imagen que se torna efímera y que, dada su condición fílmica, desatiende su naturaleza material, tanto la del soporte como la de la propia ejecución (es inmaterial, es luz).

Dado ese carácter instalativo y ambiental «nos introducimos» en la pintura, pasamos a estar en ella; nos integramos al quedar arropados por las cambiantes composiciones y, generalmente, nos interponemos entre la pared, sobre la que se proyectan las imágenes, y el foco de iluminación, arrojándose nuestra sombra sobre los muros y viéndonos sumidos en ese caudal pictórico. La propuesta es profundamente fenomenológica, ya que el juego que emprende Buren con los espacios (genera rupturas, continuidades y diálogos entre diversas zonas, lo que nos recuerda a sus «cabañas fragmentadas» o «explotadas»), nos invita a unir las imágenes que se dividen en distintas paredes, obligándonos a reposicionarnos en la sala y a romper algunas lógicas de nuestro discurrir. Con ello, tomamos conciencia de nuestro rol de espectador que desempeña nuevas actitudes.

Un buren dentro de otro

Buren actúa igualmente en el lucernario del centro, un monumental cubo vítreo que sobresale de la fábrica del edificio y que genera un espacio vertical que recorre las distintas plantas, conformando un patio cuadrado que se divisa, como el propio cubo, desde distintas salas. El artista intervino sus cristales en 2015, para la apertura del centro, uniendo su «firma» desde entonces a este edificio y a la institución. Ahora, en un gesto que puede recordarnos a su celebrada intervención en la rotonda del Guggenheim de Nueva York (Peinture-sculpture. Travail in situ, 1971), ha suspendido tres enormes lienzos de mosquitera en el espacio vacío. Buren viene a reforzar el funcionamiento de la obra, a hacerlo más explícito y, fiel a su interés por poner en conflicto el espacio expositivo -lo institucional-, hace más visible al exterior el sentido de la intervención inicial, la de 2015. La cuadrícula de vidrios tintados de la monumental claraboya se proyecta en las paredes del patio, al tiempo que inunda de color algunas dependencias del centro, como los espacios de deambulación.

Las mosquiteras, por tanto, «apresan» esas proyecciones de luz natural y las mantienen suspendidas. A su vez, desde el exterior, desde la cubierta del edificio, que es transitable y de libre acceso, el viandante puede ver con más rotundidad esas imágenes, esas proyecciones. Buren parece advertir que la intervención del cubo no sólo es un fin en sí mismo, sino que es un medio para generar una obra cambiante y distinta a cada instante merced a las condiciones atmosféricas y a la distinta incidencia del sol en el interior del centro.