LIBROS

«Cuentos de hadas»

Aunque no todos son fantásticos, como demuestran estos tres inéditos, los fans de la fantasía tienen una cita el 14 de noviembre: los «Cuentos de hadas» recopilados por Angela Carter (Impedimenta)

Detalle de una ilustración de Corinna Sargood para una edición de cuentos de Angela Carter publicada en Estados Unidos
Detalle de una ilustración de Corinna Sargood para una edición de cuentos de Angela Carter publicada en Estados Unidos

PADRE Y MADRE,

AMBOS RÁPIDOS

¡Ay, sí! Pues un menda estaba con una chica, y al cabo de un tiempo de estar juntos, fue a su padre y le dijo: «Padre, que me voy a casar con esa chica.» Él le dice: «Mira que te diga… Ay, era rápido yo cuando joven, y esa chica es tu hermana.»

Y claro, él se sintió mal y la dejó. Pasó el tiempo, se ligó a otra y estuvieron juntos una temporada, y al final él fue a su padre y le dijo: «Padre, que me voy a casar con esa chica.» Él le contestó: «Johnny, mira que te diga, es que yo era rápido cuando joven… y esa chica es tu hermana.»

Eso lo hizo sentirse de pena, así que un día estaba sentao junto al horno, cabizbajo, y su madre fue a decirle: «¿Qué te pasa, John?» Él le dice: «No, nada», y ella insiste: «Algo hay, y yo quiero saberlo. ¿Por qué dejaste a la chica aquella, la primera con la que estuviste, y luego a la segunda?» Él repuso: «Bueno… es que padre me contó que había sido rápido de joven, y que ambas son mis hermanas.» Y va y ella le dice: «Johnny, te voy a contar una cosa: yo también era rápida de joven, y tu padre no es tu padre, para nada…»

ALUBIAS DENTRO DE UNA OLLA DE UN LITRO

El viejo se había puesto enfermo y pensaba que iba a morirse de todas maneras, así que llamó a su mujer y le confesó lo siguiente:

-Mira, he tenido algunos deslices, y quiero ser sincero contigo y pedirte que me perdones antes de irme.

-De acuerdo -dijo ella-, te perdono.

Y lo perdonó. Al cabo de un tiempo, ella se puso también enferma, y lo llamó y le dijo:

-Mira, quiero decirte que he tenido bastantes deslices y quería pedirte que me perdonaras.

-Sí -le dijo él-, te perdono.

-Cada vez que tenía un desliz -dijo ella- metía una alubia en una olla de un litro. Las puedes ver todas, porque están en la repisa de la chimenea, salvo la olla que guisé el sábado pasado.

AHORA DEBERÍA REÍRME, SI NO ESTUVIESE MUERTO

Una vez hubo dos mujeres casadas que tuvieron una disputa por ver cuál de sus dos maridos era más imbécil. Al final, acordaron que iban a ponerlos a prueba para ver si realmente eran tan imbéciles como daban la impresión de ser. Una de las mujeres usó la siguiente artimaña. Cuando el marido llegó a casa del trabajo, cogió una rueca y unos cepillos de cardar y se sentó a devanar hilo, haciendo girar la rueca, pero ni el labriego ni ninguna otra persona veía lana entre sus manos. Su marido, al observar esto, le preguntó si estaba tan loca como para pasarse el tiempo mareando las púas y dándole vueltas a la rueca, sin lana, y le rogó que le explicase qué estaba haciendo. Ella le dijo que no esperaba que él viese nada de lo que llevaba entre manos, puesto que usaba para ello un tipo de lino tan fino que no era perceptible por el ojo humano. Con él le iba a hacer la ropa. Él se contentó con la explicación, que le pareció muy buena, y se maravilló de haber podido dar con una esposa tan estupenda. Además, sintió no poca satisfacción al anticipar la alegría y el orgullo que iba a sentir cuando luciese tan finas prendas. Cuando su mujer hubo hilado suficiente lino (según le dijo) para hacerle la ropa, desplegó el telar y empezó a tejer. Su marido iba a verla de vez en cuando mientras lo hacía, y seguía maravillándose de la depurada técnica de su dama. A ella la divertía mucho toda la situación y se esmeró en llevar a cabo perfectamente el ardid que había preparado. Sacó el tejido del telar cuando terminó, lo lavó y lo preparó antes de sentarse a coser la ropa con él. Cuando hubo terminado todo este proceso, llamó a su marido para que fuera a probarse las prendas, pero no se atrevió a dejarlo solo mientras se las probaba, de modo que tuvo que ayudarlo. De esta manera, le hizo creer que lo estaba envolviendo en finos ropajes, aunque en realidad el pobre hombre seguía desnudo, a la vez que estaba convencido de que era todo una equivocación suya y de que su lista esposa le había confeccionado, en efecto, una indumentaria magnífica, y de tan contento que estaba, se puso a dar saltitos sin poder remediarlo.

Pero volvamos ahora a la primera dueña. Cuando su esposo llegó a casa después de trabajar, ella le preguntó por qué demonios estaba en pie y caminando tan campante. El hombre, atónito al oír semejante pregunta, le dijo: «¿Por qué me preguntas eso?». Ella lo convenció de que estaba muy enfermo y le dijo que mejor se fuese a la cama. Él se lo creyó y se fue a acostar sin perder un segundo. Cuando pasó un cierto tiempo, la esposa le dijo que iba a avisar a la funeraria. Él le preguntó por qué, y le imploró que no lo hiciera. Ella respondió: «¿Por qué te comportas así, como un imbécil? ¿No ves que te has muerto esta misma mañana? Voy a ir enseguida a que te hagan un ataúd.» Y entonces, el pobre hombre, creyendo que todo era verdad, se quedó allí quieto hasta que lo metieron en el ataúd. Su esposa decidió qué día iba a ser el entierro y contrató a seis hombres para que llevasen el ataúd y les pidió a otros dos que siguieran a su marido hasta la tumba. Pidió que hicieran un ventanuco en un extremo del ataúd, para que su marido pudiese ver a todo el que pasase junto a su tumba. Cuando llegó la hora de llevarse el ataúd, llegó el otro hombre, desnudo, pensando que todo el mundo se quedaría mirando admirado su rica vestimenta. ¡Qué lejos de la realidad estaba!: aunque los que portaban el ataúd tuviesen el ánimo por los suelos, no pudieron evitarlo y se pusieron a reír a carcajadas al ver al imbécil desnudo. Cuando el hombre del ataúd también consiguió verlo a través del ventanuco, gritó todo lo alto que pudo: «¡Ahora me reiría, si no estuviese muerto!». El entierro se pospuso y dejaron que el hombre saliese del ataúd.

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