Nélida Piñon - Desde la otra orilla del Atlántico

Una ciudad en los trópicos Nélida Piñon

Leer a Machado de Assis sirve para trasladarse en espíritu al Brasil del siglo XIX, del reinado de Pedro II. Una época singular cuyas huellas se notan aún en la mentalidad brasileña actual

El escritor brasileño Joaquim Maria Machado de Assis
El escritor brasileño Joaquim Maria Machado de Assis

El pasado brasileño registra la presencia de los viajeros europeos que, atraídos por la extraña utopía instalada en los trópicos, desembarcaron en Brasil, un imperio dirigido por Pedro II, un Habsburgo de mentón ligeramente prominente y de conducta relativamente progresista.

Un emperador ilustrado que luchó durante su reinado por introducir en tierras brasileñas atributos civilizadores. En prueba de ello sirva el hecho de haber ido a visitar, durante una temporada en París, al celebrado Victor Hugo sin reparo en anunciar él mismo, ante el perplejo mayordomo del poeta, que allí estaba el emperador de Brasil. Asimismo, como amante que era de la música clásica, estar presente en Bayreuth, entonces un pequeño burgo alemán, en la inauguración del teatro que Richard Wagner construyó con la intención de albergar en su espacio escénico grandiosas óperas. Su nombre destaca en la placa colocada a la entrada del teatro entre todos los nombres que muy pronto, como Luis II de Baviera, adoraron al genial compositor.

Al servicio del Imperio, Pedro II vivía en el Paço Imperial, casi a orillas del mar, rodeado por la corte. Un momento singular en el que Río de Janeiro, como capital, había empezado a acumular retazos literarios oriundos de los autores que la habían elegido el epicentro de su universo ficcional.

La trama de la ciudad

Encarna esta justa tendencia el escritor Machado de Assis, cuya obra, al abordar y desmenuzar la ciudad de Río del siglo XIX, nos la acerca intacta a la vez que fomenta la imaginación colectiva. En sus magníficas novelas, la puesta en escena urbana rastrea en la genealogía de su trazado sin perjuicio de la trama que atraviesa cada esquina y abastece la narrativa de detalles y minucias suplidas por el día a día del Segundo Reinado. Como Ariadna, Machado de Assis nos tiende el hilo con el que superar el laberinto de callejuelas y casas coloniales.

Bajo la magia de la intriga urbana, su enredo novelesco se inmiscuye por los intersticios de los seres reales y ficticios que ocuparon la escena brasileña a partir de la ascensión de Pedro II al trono, en 1840, hasta la proclamación de la República. Largo período que enriqueció los anales de la urbe caótica con la inminencia por absorber ideas, prácticas y estéticas importadas de Europa.

Intérprete de la turbulencia social, Machado de Assis, mulato nacido en el Morro do Livramento, zona pobre de la ciudad, añadió a la realidad concreta su profunda desconfianza en lo humano. Sarcástico, sus descripciones esbozan la cartografía imaginaria de aquel paisaje.

Al abordar y desmenuzar la ciudad de Río del siglo XIX, Machado de Assis nos la acerca intacta

Con todo, esa densa carnalidad urbana en Machado de Assis y en los demás cronistas exacerba las tramas vividas en torno al Paço, encabezadas por el emperador cuya iconografía, representada por una larga barba, se arrastra por los espacios donde transitan los figurantes del imperio.

Aristócratas, políticos, artistas, escritores, artesanos, profanos, seres inmersos en la ambición y en la pasión que igualan las clases sociales.

Dichos testimonios literarios, de impresionante actualidad, agrupan pedazos dispersos de la ciudad y descifran su topografía geográfica y moral. El contenido externo y secreto que enlaza hábitos, escándalos, algarabías, miseria, esplendor social inesperado, procedentes de los habitantes del imperio.

Emperador en chanclas

Estas apologías literarias, distantes de una visión reduccionista del reinado, cubren aspectos autónomos de las costumbres y hacen aflorar la naturaleza intrínseca de la sociedad en la segunda mitad del siglo XIX. De modo que, incorporados nosotros al pasado, absorbemos esa materia sociológica y nos convertimos en visitantes imaginarios de la ciudad.

Vamos de visita al Teatro Lírico, famoso abrigo de amores clandestinos, y allí sorprendemos al imponente emperador en chanclas tras quitarse los botines que le sacrificaban los pies. Desde el palco de platea, aplaude la célebre italiana Candiani al propio don Pedro II que, tras haberse alejado un tiempo de la vida social, fue acusado de descuidar el refinamiento de sus costumbres. De no emprender, con el ejemplo, la campaña civilizadora de la que Brasil carecía.

En el muelle Pharoux vemos a los caballeros condescender con la bella Aimée, célebre por su habilidad en el escenario y en el lecho, despidiéndose de Brasil tras una larga temporada. Partía, para regocijo de las damas brasileñas intranquilas con los alborozos sexuales de los maridos, con el cofre lleno de monedas.

Estos testimonios literarios, de impresionante actualidad, agrupan pedazos dispersos de la ciudad y descifran su topografía geográfica y moral

En estos escenarios literarios se vislumbra a Natividade y a Perpétua, personajes de Machado de Assis, subiendo una mañana en carruaje al Morro do Castelo para consultar a una sibila el futuro de los gemelos Pedro y Paulo, de la novela «Esaú y Jacob». El mismo Morro desde el que, en 1808, la población observó, entre perpleja y fascinada, la llegada de los navíos portugueses procedentes de Lisboa con el rey Juan VI y su corte, cargados de tesoros, huyendo del general Junot.

Por la tarde recorremos la estrecha Rua do Ouvidor, donde se resumía la vida de Río. En la confitería Colombo, todavía hoy una espléndida casa de té, se capta la incipiente emancipación de las mujeres que allí llegaban sin compañía y consumían dulces e ilusiones mientras intercambiaban intrépidas miradas con extraños. Por la noche, aparecían las damas tocadas por Suzana de Castera, famosa por su prostíbulo y por sus ideas abolicionistas, a punto de que el Senado en pleno compareciese al velatorio de su madre.

Todas estas descripciones forman una retaguardia histórica propicia a interpretar las inquietudes estéticas y sociales de la época. Y nos infunden la convicción de que aún subsisten entre nosotros aquellos modelos de conducta que explican el Brasil contemporáneo.

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