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«La casa del reloj»

El 6 de septiembre, Destino lanza «La casa del reloj», con la que Álvaro Pombo demostrará por qué es uno de los grandes

Álvaro Pombo, autor de «La casa del reloj»
Álvaro Pombo, autor de «La casa del reloj» - Roberto Ruiz de Huydobro

Juan Caller heredó una casa, con un pequeño jardín delante y otro trozo rectangular de jardín detrás. Toda la casa había sido construida pensando en poder ver este jardín de atrás, con su seto de fotonias y sus dos ciruelos y un manzano grande, más o menos en medio, que crecía alto y desganado, como si hubiese preferido echarse a un lado y ser parte del seto y no el principal árbol del conjunto. Era una casa de dos pisos con un frente soso, sin apenas ventanas y una fachada posterior encristalada en parte, adonde daban los dos dormitorios y el cuarto de baño de arriba, un estudio, que era la habitación más grande de la casa, y un salón adjunto al estudio -un saloncillo-. Caller tardó en instalarse más de un mes, todo septiembre y la mayor parte de octubre. Se sentía contento de haber contratado al albañil local, un tal Benito, jubilado pero en buena forma, que seguía regentando con mano firme un pequeño negocio de albañilería y fontanería. Aún subía y bajaba ágilmente del andamio.

Caller, que no había visitado la casa heredada hasta el último momento, descubrió, complacido, que quedaba a cinco kilómetros del pueblo, y que alrededor no tenía más allá de dos o tres casas parecidas a la suya, que le parecieron deshabitadas. Pensó, satisfecho, que acabaría allí su vida: bajaría al pueblo una o dos veces a la semana. Y recibiría, tal vez, dos o tres visitas al año -los amigos que le quedaban en Madrid eran escasos y desconectados entre sí-. No había, por ese lado, peligro de que se intercambiaran mensajes informativos con Juan Caller como noticia o asunto. No le quedaban a Caller temas pendientes, ni amores pendientes, ni odios pendientes. Sólo una residual, y en parte benevolente, indiferencia: un deseo de estar solo y, como mucho, cultivar una hilera de patatas y unas matas de tomates. Encender la chimenea del estudio (Benito le aseguró que pronto le subiría un camión de encina, que almacenaría en el garaje) y sentarse a ver, a través de los cristales, el manzano y las fotonias y la línea grisazul de una serranía lejana. Era un campo bonito el de aquel pueblo, pero no esplendoroso. Recogido, más bien que expresivo, silencioso más que locuaz. Desde el ventanal del estudio vería todos los atardeceres de las cuatro estaciones. El pueblo quedaba abajo: los calores del verano no eran nunca muy fuertes.

Neutral curiosidad

Aquel año fue su primera Navidad en la casa heredada. Oyó los cohetes del veinticinco de diciembre y del cabo de año. Se encendieron luces indecisas en las casas de los alrededores. Pasó algún coche por la carreterilla, que quedaba a quinientos metros de la verja de su jardín. No sintió Juan Caller, durante ese final de año, excepcionales sentimientos de pesar o de alegría: sólo una neutral curiosidad, la curiosidad propia de alguien que observa de paso un paisaje o un pueblo con sus habitantes, pero que sabe que no se quedará a vivir allí, que se irá pronto y no volverá nunca. Lo cual, por cierto, no era el caso de Juan Caller, que pensaba quedarse en aquella casa para los restos.

Una tarde, a mediados de enero, entre dos luces ya, creyó oír el sonido de la cancela que daba a una senda de quebrantas, en la parte de atrás del jardín, y que conducía, con un ligero serpenteo, hasta la casa vecina más próxima, la que parecía más deshabitada. A su encristalado estudio llegaban más nítidos los ruidos que el color o las luces. Dejó la butaca y el libro que leía frente a la chimenea y se acercó al ventanal. Y allí, al abrigo inane de las ramas del manzano, apoyado en el tronco de espaldas a la cristalera, vio la figura alta, desarbolada, de un hombre, que sorprendentemente no llevaba ni sombrero ni abrigo -necesarios ya a estas alturas- y que no parecía interesado en observar la casa, sino que, inclinada la cabeza, resultaba una figura absorta en sí misma, una figura triste pero que, a la luz aún penetrante, limonar, de la atardecida inverniza, era claramente un hombre, quizá de mediana edad -la gente joven no se apoya tan pesadamente en los troncos-, que ciertamente se hallaba donde no debía, en medio del jardín de una propiedad privada, el jardín trasero de Juan Caller.

El campo se retrae

Caller decidió darse por enterado e ir al encuentro de aquel inesperado visitante, verle la cara. Para eso tenía que salir del estudio, recorrer un pequeño pasillo, cruzar un vestíbulo, salir al jardín y dar la vuelta a la casa. Cosa que hizo. Cuando llegó a la esquina de la parte de atrás de la casa y vio el manzano, vio a la vez que el hombre se había ido y que el anochecer se vencía rápidamente, como una fría adormidera monte arriba.

De noche el campo no nos reconoce. Nosotros reconocemos el campo de día, conocemos los senderos, los árboles, los sembrados, los eriales; damos nombres. El campo de día está empapado de nuestras significaciones. Lo recorremos, sin mirarlo. O acaso lo describimos con una cierta inconsciencia petulante, como si lo poseyéramos -de hecho, en ocasiones, denominamos propiedad a zonas más o menos extensas del campo-. De noche el campo se retrae, parece que se pierde, se vuelve más universal, como si añorara ese otro campo ingente que son las selvas donde todo, incluso de día, carece aún de nombres y donde incluso sus habitantes con sus extrañas lenguas no nombran el mismo campo, la misma naturaleza que nombramos nosotros.

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