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El cambio climático según Humboldt

«Una fuente con muchos chorros que manan de forma infinita». Estas palabras de Goethe definen bien a Humboldt, una vida inabarcable en la que se adentra Andrea Wulf

«Humboldt y Aimé Bonpland en el volcán Chimborazo», obra de Friedrich Georg Weitsch
«Humboldt y Aimé Bonpland en el volcán Chimborazo», obra de Friedrich Georg Weitsch

«Humboldt nos brindó nuestra concepción de la naturaleza. Lo irónico es que sus ideas son ya tan obvias que nos hemos olvidado en buena parte del hombre que las forjó […] "La invención de la naturaleza" es mi intento de redescubrir a Humboldt y devolverle al lugar que le corresponde en el panteón de la naturaleza y la ciencia». Tales enunciados, extraídos del prólogo de la citada obra, premio Royal Society Science Book 2016 al mejor libro de divulgación científica, están acuñados por la propia autora, Andrea Wulf, quien remata dicho prólogo con lo que sigue: «Es también un intento de comprender por qué pensamos como lo hacemos hoy sobre el mundo natural».

Más claro, agua. Y es que, como sostuvo el francés Ferdinand Hoefer (1811-1878), «la Historia no nos muestra sino dos genios en quienes el saber enciclopédico abraza todos los conocimientos humanos de su tiempo: Aristóteles y Humboldt». Se esté o no de acuerdo con la opinión de este historiador de la ciencia decimonónico, lo que no ofrece dudas es que el segundo de ellos, científico, explorador, ensayista, geógrafo y diplomático, fue el último hombre genuinamente universal. Señalemos, de entrada, que su obra maestra, «Cosmos» -monumental intento de una descripción física pormenorizada del mundo y del universo-, se consideró en su época como el producto más grandioso de la inteligencia humana.

Alexander von Humboldt, barón de Prusia, nació en el Berlín de Federico el Grande el 14 de septiembre de 1769. En su larga existencia -falleció poco antes de cumplir los 90- hizo amistad o conoció a las personalidades más destacadas e influyentes de su tiempo en los campos de la ciencia, las artes y la política. Si en su juventud logró ascender hasta los 5.917 metros en las laderas del Chimborazo (6.268 metros) -la mayor altitud jamás alcanzada por un ser humano, récord no superado en más de tres décadas-, a sus 60 años conservaba energías para emprender la expedición que le llevó por tierras de Siberia hasta las fronteras con China y Mongolia. Aclamado en vida como la mayor celebridad científica, no sólo de Europa, sino del mundo entero, su nombre aparece hoy en los mapas de cinco continentes unido a 18 lugares, 14 accidentes geográficos, 4 animales, 7 plantas e incluso un cráter en la Luna.

Aguas procelosas

Intrínsecamente inabarcable, su figura ha sido glosada -no se merece menos- en numerosos ensayos biográficos. El que ahora nos ofrece Andrea Wulf, historiadora de raigambre germánica nacida en la India, dividido en cinco partes y un epílogo, insiste menos en la narración lineal de los hechos y sus tiempos que en presentar unos y otros bajo el paraguas de las ideas inductoras, su desarrollo y su proceso de transformación. Así, en la primera, que la autora titula «Punto de partida: el nacimiento de las ideas», asistimos al inicio en 1794 de las relaciones de Humboldt con Goethe y Schiller en la universitaria Jena, cuna del Idealismo y Romanticismo alemanes, a la revolución filosófica liderada por Kant y a los debates entre racionalistas y empiristas sobre cómo entender la naturaleza. Unas aguas procelosas por las que Wulf navega con innegable maestría: «Humboldt nunca olvidó que Goethe le había animado a aunar naturaleza y arte, hechos e imaginación», nos revela con desenvoltura.

Las ideas de Humboldt inspiraron «Walden», de Thoreau, y el Sierra Club de Muir

La enorme fama de Alexander se cimentó en su viaje a la América española en compañía del botánico francés Aimé Bonpland. Una odisea de un lustro (1799-1804) durante la cual Humboldt «pasaría de ser un joven curioso y con talento a convertirse en el científico más extraordinario de su tiempo», anota Wulf.

Totalidad viva

A lo largo de la misma, en efecto, se sentaron las bases de la moderna geografía física, emergió la idea del cambio climático provocado por el ser humano -lo cual hace del barón prusiano el padre del movimiento ecologista-, se estableció el sistema de referencia de las mediciones geomagnéticas del medio siglo siguiente y de la sismología actual y, sobre todo, se alumbró el concepto de fitogeografía, la ciencia que estudia el hábitat de las plantas y su distribución sobre la superficie terrestre.

Humboldt comprendió que la naturaleza era un entramado de vida y una fuerza global, «una totalidad viva», escribió más tarde. He aquí la noción novedosa que iba a transformar nuestra forma de entender el mundo. La Historia, en reconocimiento a tan ingente labor, ha hecho suya la sentencia de Simón Bolívar -ambos hombres se conocieron en París en 1804 y coincidieron más tarde en Roma-, quien se refirió a Humboldt como «el descubridor científico del Nuevo Mundo».

Referente inamovible

Concluida su bien trenzada exposición sobre el ciclo vital del sabio prusiano, la autora dedica la quinta y última parte de su libro -«Nuevos mundos: la evolución de las ideas»- a una serie de sucintas digresiones biográficas, que en modo alguno disminuyen el interés de la lectura. Desfilan por la misma George Perkins Marsch, Ernst Haeckel y John Muir -como antes lo hicieran, entreverados en distintos capítulos, Thomas Jefferson, Charles Darwin y Henry David Thoreau-, personajes giratorios en la órbita del pensamiento humboldtiano ya en vida del barón naturalista y, sobre todo, después de su óbito. Las concepciones de Humboldt están en la base del monismo materialista de Haeckel, inspiraron a Thoreau su ensayo «Walden, la vida en los bosques», uno de los referentes inamovibles de la literatura norteamericana sobre la naturaleza, publicado en 1854, y llevaron a Muir a fundar en 1892 el Sierra Club, hoy la mayor organización ecologista con base en Estados Unidos.

Ya en el epílogo, Wulf rescata la analogía suscitada por Goethe: «Humboldt es como una fuente con muchos chorros que manan de forma refrescante e infinita y nosotros sólo tenemos que colocar recipientes bajo ellos». Y agrega: «En mi opinión, esa fuente no se ha secado jamás».

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