ARTE

Broodthaers se pronuncia «Brotars» en el Reina Sofía

Con el permiso de Magritte, Marcel Broodthaers es el gran artista contemporáneo belga. Aunque mucho más incómodo y poliédrico. Hasta el Museo Reina Sofía llega una de sus más completas retrospectivas, en una invitación a redescubrirlo

«Sin título (tríptico)» (1965-1966), la obra de Broodthaers que adorna estos días la fachada del Reina Sofía
«Sin título (tríptico)» (1965-1966), la obra de Broodthaers que adorna estos días la fachada del Reina Sofía

Broodthaers se pronuncia «Brotars». Él mismo se rio siempre del exceso tipográfico de su nombre, esas letras sobrantes pero necesarias: justo por eso, el intríngulis de su identidad. Fue librero y tipógrafo antes que artista, y se nota en la forma en que más adelante cuidó la edición de sus libros-obra y convirtió a menudo las palabras, las letras y los números en obras de arte, en signos que, más que remitir a un asunto, se convertían en el asunto mismo de la obra.

Fue también, antes que nada, un poeta que durante muchos años publicó libros oscuros y difíciles, antes de decidir que él también quería ser artista plástico. En 1963, como una especie de acción-manifiesto, tomó los últimos cincuenta ejemplares de su libro de poemas y los transformó en escultura a base de verter yeso líquido sobre ellos. También era un manifiesto (y desde luego una obra) el texto de la invitación: «Yo también me pregunté si no podía vender algo y triunfar en la vida. Hace bastante que nada se me da bien. Tengo cuarenta años… Al final, la idea de inventar algo insincero me vino a la mente y me puse a trabajar. Al cabo de tres meses mostré mi producción al propietario de la galería. “Pero esto es arte –dijo–, y lo expondré con gusto”. “De acuerdo”, contesté yo. Si vendo algo se quedará el 30 por ciento. Parece que son condiciones aceptables, y que algunas galerías se quedan el 75. ¿Y esto que es? Pues son objetos».

A destajo

En ese texto estaba ya el germen de lo que desarrolló a lo largo de doce años milagrosos de trabajo a destajo, hasta su muerte temprana en 1976. Tenía una enfermedad crónica del hígado, y al ver la cantidad, la variedad y la densidad de su obra, desde ese momento revelador, uno piensa que parte del sentimiento agridulce que inspira es también la conciencia de la muerte soplando suavemente en su nuca. Hay algo fúnebre (pero ojo, nunca trágico) en su trabajo: el carbón, los mejillones de riguroso luto y los huevos vacíos de sus poemas-objeto; su idea del museo-mausoleo; sus películas melancólicas en las que la lluvia borra su caligrafía apenas esbozada o vemos al artista paseando sobre la gran fosa común que es el turístico campo de batalla de Waterloo. Una especie de responso anti-solemne y casi humorístico por la vieja Europa que muere a sus pies y los estados-nación ligeramente absurdos (como Bélgica misma, su inconfundible patria), que nacieron con Napoleón; también por la cultura burguesa y su devoción por artistas místicos y museos sacros, por un capitalismo «de objetos» y patrones-oro que mutaba ya hacia lo simbólico y se ha vuelto omnipresente.

Sí que estaba ya todo Broodthaers en ese texto: el humor seco e impenetrable –y auto-boicoteador, muy a la belga– de sus maestros, Duchamp y Magritte, su voluntad de recordar como ellos que los «objetos» del arte son ya también y sobre todo su contexto, la vitrina en que se muestran, el precio que se les pone, la cartela que los explica en el museo donde se cuelgan... Cualquiera de sus dos antepasados habría suscrito su definición famosa: «Artista es el autor de definiciones».

Hay algo fúnebre (nunca trágico) en su trabajo: el carbón, los mejillones de riguroso luto...

Visto así, no extraña que se comparase a sí mismo con Offenbach (ligero, astuto, vendible, melancólico al fin en su conciencia de la mecánica burguesa y su «kitsch» inseparable), y que se enfrentase a Beuys, ese señor tan intenso: lo comparó con Wagner para criticar su solemnidad pomposa y su incapacidad para pisar el suelo que pisamos. Ni que dijera, en otra de sus oblicuas declaraciones de programa: «Quien me interesa es Ingres. No Cézanne y las manzanas». Claro, Ingres, lleno de chicha y sustancia, y no la dieta de manzanas de Cézanne. «Lo que me interesa en el arte es el asunto»: la enjundia, la Historia que cuenta a (y sobre) la sociedad que lo mira y lo recrea.

De esta retrospectiva que será difícil repetir (aunque sea por la fragilidad demencial de muchas obras, pesadilla de transportistas y seguros), uno piensa que quizá en el MoMA se hayan apreciado sobre todo las cosas y los asuntos: la capacidad de Broodthaers para crear objetos poderosos y oscuramente simbólicos. En las salas del Reina se respira más bien su habilidad fascinante para inventarse espacios: en sus películas que superponen metrajes para crear zonas intermedias (Borja-Villel ya expuso su cine en la Tàpies hace años), y, sobre todo, en su magna obra en marcha durante años, ese «Museo de Arte Moderno, Departamento de Águilas» del que fue dejando adivinar secciones y salas, publicidad e invitaciones, y estado ruinoso de sus finanzas, hasta conformar una especie de espacio que Perec habría catalogado gustoso: imaginario, semi-invisible, fantasmal. Toda una declaración de amor y odio al museo como institución y como tumba, como legado de una cultura que nace con la Ilustración y da ya sus últimas boqueadas.

El suplente incómodo

Una bandera belga cubierta de cáscaras de huevo campa en la fachada del Reina como reclamo publicitario. Eso son todas las banderas, recuerda Broodthaers, y, como todas, si se las mira un rato, da un poco de pena y un poco la risa. Hay algo intrínsecamente cómico en la bandera y en Bélgica, también melancólico: frente a las potentes (y letales) certezas de Alemania y Francia, sus vecinotes abusones y ruidosos, es un país dividido, tan invasor del Congo como invadido por el primero que pasa, pensativo, inseguro, siempre a punto de no existir, que tiene por plato nacional un maridaje literalmente surrealista: mejillones con patatas fritas.

Un lugar periférico que por eso mismo se vuelve central, una buena atalaya y mesa de disección para otear las ruinas de la Europa burguesa que lo vio (o lo obligó) a nacer. Es apropiado que tenga en Broodthaers a un incómodo suplente como artista nacional, más difícil de vender que Magritte. O que Hergé: también viene a la mente al salir pensativo de esta expo el conceptualismo «de línea clara», el humor opaco y enervante de las aventuras de Tintín. La nostalgia del atlas colonial de colorines inocentes, la capacidad para armar los signos de toda una realidad paralela, el folleto turístico imaginario de Syldavia, el águila de blasón que coronaba el cetro de Ottokar, las galerías de retratos pomposamente enmarcados de las guardas de cada volumen (¿quién no los miró durante horas de niño?) habrían cabido perfectamente en las salas fantasmales del Departamento de Águilas. Si artista es el autor de definiciones, Broodthaers nos definió a nosotros mismos.

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