Nélida Piñon - Desde la otra orilla del Atlántico

El beso de Manuel Puig Nélida Piñon

La autora conoció a Manuel Puig en Nueva York en los años 70. Allí nació una intensa amistad con el escritor argentino, un hombre de brillante imaginación, enamorado de la vida y deseoso de un gran amor

Manuel Puig, fotografiado en 1977
Manuel Puig, fotografiado en 1977

Aquel año de 1970, bajo la mirada de una Nueva York agitada por los brillantes movimientos contestatarios, conocí a Manuel Puig. El territorio donde nuestra amistad dio inicio fue la Columbia University, que patrocinaba aquella semana un congreso multitudinario. En el auditorio, de grandes dimensiones, las ideas hervían sin contemplación. Para los opositores no había tregua. A mí me deslumbraban los héroes literarios que recorrían los pasillos, mientras otros descansaban en el césped del campus universitario. Por allí se veía a Jorge Luis Borges, Nicanor Parra, Mario Vargas Llosa y al cineasta brasileño Glauber Rocha. Así pues, bajo el ardor que la literatura nos inducía, fue como descubrí los encantos que emanaban de la hermosa figura de Puig, el escritor argentino. E, inmediatamente, él dio muestras de sentir lo mismo por mí. A partir de aquellos días mágicos, nos encontramos con asiduidad. Bien en Nueva York, donde yo vivía, bien, los años siguientes, en Barcelona, Buenos Aires y sobre todo en Río de Janeiro, donde al final vino a vivir. El escenario que en realidad nos importaba era el de la imaginación y el de la intriga. Siempre, bajo la égida de la fabulación, nos trasladábamos donde quiera que fuese sin esfuerzo alguno. El mundo, para nosotros, al ser vasto, nos permitía que lo poblásemos de personajes que oscilaban entre la tragedia y el melodrama. Como consecuencia, podíamos exaltar la libertad gracias al ardid de la invención y el sueño. Incluso porque, de tanto sumergirnos en el arte cinematográfico, que en Nueva York era opulento, nos creíamos sus efectos en la vida real. Y, eso, porque lo cotidiano cabía en los límites de una pantalla gigante de cine que, además de divertirnos, predicaba la pasión y la perplejidad.

En cada encuentro, mientras narraba su versión del mundo, Puig exhibía su espíritu crítico, moderno, ligeramente mordaz, siempre carente de prejuicios parroquiales. Era un ser audaz en defensa de su vocación amorosa. Me hacía reír con desenvoltura gracias a su arte de imitar. Greta Garbo era su personaje favorito. Reconocía que la amaba y que lo daría todo por disfrutar de su compañía. Sin embargo, solo pudo verla una única vez, justamente en Nueva York, cuando la atendió en la sucursal de una compañía aérea de la Quinta Avenida donde entonces trabajaba, en sus arduos años de aprendizaje de escritor. Imitaba a la perfección los gestos de la actriz sueca, su enigmática manera de hablar y su acento fascinante. Sobre todo, resucitaba a la actriz de la película «Gran Hotel», cuando Garbo, compartiendo escena con Barrymore, sorprende al futuro amante en su habitación a punto de robarle las joyas. Era emocionante acompañar a Puig componiendo la caricatura inteligente y paródica de la actriz, a la vez que también prestaba su voz al actor Barrymore. En aquellos momentos, su singular naturaleza cultural se identificaba con cada mito que eligiera amar.

Las líneas de la mano

A principios de la década de los ochenta, de vuelta en Nueva York, reforzamos nuestro placer mutuo. Fue, entonces, cuando el escritor Mark Mirsky ofreció una cena en su apartamento de Bowery, una zona que albergaba mucho dolor. En su «loft», entre artistas y escritores norteamericanos, Puig y yo pasábamos revista a nuestras hazañas, cuando una joven rubia nos interrumpió. Desenvuelta y risueña al mismo tiempo, solo pretendía desvelar nuestro destino con la lectura de las líneas de la mano, que enseguida tomó. Fui la primera en ser descifrada. La joven avanzaba por la fortuna ajena con indiferencia, como si la vida de los demás no mereciese ningún respeto. ¿Y por qué había de responder ella por los desatinos colectivos? Mi suerte, por ejemplo, según ella, se asía inicialmente a la experiencia afectiva. La existencia me prometía amores, mientras que la gloria, poniéndome a prueba, tardaría en llegar.

A medida que la bruja rubia mencionaba el amor como mercancía ahora harta, ahora frugal, o incluso mercurial, según sus dictámenes oraculares, Puig se fue interesando. Quién sabe si la suerte, para él, era un tejido de seda pura por el que se deslizaría suavemente. La joven, sin embargo, contundente, le vaticinó una gloria, ya en marcha, de la que se podía oír el galope oriundo de sus patas ruidosas. Un éxito tal, que estallaba con la fuerza de los platillos metálicos que se debaten entre los sonidos de una orquesta. En cuanto a los amores, estos serían escasos y breves, así como su vida.

Puig exhibía su espíritu crítico, moderno, ligeramente mordaz, siempre carente de prejuicios parroquiales

Concentrado en los pronósticos sombríos del amor, Puig no parecía prestar atención a la amenaza que flotaba sobre su existencia, según la quiromante. Al fin y al cabo, solo quería cobrarse de ella la revelación de un amor sincero, listo para llamar a su puerta. Afligido, se volvió hacia mí, dispuesto a negociar. ¿Acaso no quería yo cambiarle el destino? Me cedía la gloria que le estaba destinada y yo le transfería esos amores que me sobraban.

Me miró convencido de ser los únicos fiadores de semejante pacto. Le acaricié la mano que la americana acababa de soltar. Entendió mi negativa. Su cara se contrajo, lo recuerdo perfectamente. Para serenar su semblante, con un elocuente acto de pitonisa, le anuncié, para el año entrante, la llegada de un amor encarnado en alguien capaz de esconderse detrás de las cortinas de su gloria sin pedirle nada a cambio, a no ser el intenso sabor del amor en sí mismo. Un querer de naturaleza tan discreta que ni siquiera quiso aparecer en las líneas de su mano.

Puig fingió creer en la impericia de mi vaticinio. A fin de cuentas, no se dejaba abatir por la desilusión. No sé, pues, cómo reaccionaría ante la inminencia de la muerte que vino a visitarle, de repente, en Cuernavaca, México, donde se había instalado en 1989 con la esperanza de ser un día feliz para siempre.

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