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«Asamblea ordinaria»

La crisis económica centra «Asamblea ordinaria», de Julio Fajardo. En Libros del Asteroide el 12 de septiembre

Julio Fajardo Herrero, autor de «Asamblea ordinaria»
Julio Fajardo Herrero, autor de «Asamblea ordinaria»

Y luego está la gente que vive en otra ciudad o con la que tampoco te ves mucho, los amigos que de todas formas acaban enterándose aunque tú ya no les cojas el teléfono muy a menudo, precisamente porque casi nunca te sientes con ánimos para contarles nada. El día que por fin se lo coges siempre empiezan haciéndote ese reproche, que por otro lado es comprensible, de lo desaparecida que estás o lo difícil que es dar contigo últimamente. Enseguida te preguntan cómo te está yendo todo y ya sí que no te queda otro remedio que ponerles al día y hacerles un resumen. Cuanto más tiempo hace que no hablas con ellos, menos crédito dan y más fuera de juego los dejas. Por mucho sentido del humor que intentes echarle y mucho hierro que le quieras quitar, tampoco tardas en notar cómo se tensan a medida que el cuadro que les pintas se va poniendo cada vez más negro.

Tienes la sensación de que ellos mismos ya nunca hablan de trabajo y por ejemplo notas que les cuesta preguntarte por la niña, con lo normal que es preguntarte por la niña, porque es casi como si al hacerlo estuvieran implicando una pregunta sobre su manutención (aunque a la vez eres consciente de que a lo mejor estás viendo implicaciones donde no las hay y bien podría ser que fuera solo cosa tuya, seguramente). En todo caso, sabes que su interés es sincero y por mucho que te cueste sientes que no está mal ponerles al corriente, y al final de todo ese relato suele ser cuando terminan ofreciéndote dinero.

Circunloquios

Siempre tardan siglos en arrancar y luego dan miles de vueltas, pero es muy fácil advertir el exceso de tacto y la sucesión de circunloquios que lo preceden y enseguida te das cuenta de adónde están queriendo llegar. Les suele costar tanto que a veces hay un momento en que de repente lo ves todo como desde fuera, y es entonces cuando no puedes evitar preguntarte quién estará más incómodo, si tú cuando ya sabes lo que te van a decir o ellos cuando aún están preparándose el terreno, perdidos en ese atolladero de eufemismos en el que siempre se meten antes de decírtelo, y va todo como por campos semánticos.

Te pueden decir algo así como que oye, que si en algún momento os veis muy atascados y podría veniros bien un empujón, o que si estáis un poco con el agua al cuello y de repente os hace falta que alguien os eche un cable, y es muy curioso cómo nunca dicen dinero ni pasta ni ninguna otra palabra de las que normalmente se usan para designar ese concepto. Te dicen que si por lo que sea llegas a verlo muy mal que por favor cuentes con ellos, que les des un toque que para algo hay confianza.

Nunca se les ocurre pedirte un número de cuenta ni decir que el próximo día hábil piensan ir a hacerte un ingreso -que por otro lado es algo a lo que tú tampoco ibas a estar dispuesta-, sino que no seas tonta y que cuando sea hagas el favor de contar con ellos y avisarlos, que tampoco es que ellos estén increíblemente boyantes pero que algo de colchón sí que les queda y que de verdad no le verían mayor utilidad que la de poder echar una mano en un momento dado. Y que por supuesto luego no se os ocurra tener prisa ni apuraros, ni a ti ni a él, que ya se arreglará cuando os venga bien y que sepáis que va completamente en serio y no lo dicen por decir, que dicho queda. Lógicamente tampoco es cuestión de ponerse muy exigente, pero lo que a mí más me cuesta entender es cómo no ven que ese momento de agobio, del que por algún motivo se empeñan en hablar como si fuera solo un supuesto, en realidad hace tiempo que ha llegado.

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