Arto Lindsay, en el Café Berlín de Madrid,
Arto Lindsay, en el Café Berlín de Madrid, - ISABEL PERMUY
MÚSICA

Arto Lindsay: «No ha sido fácil ganarse la vida con mi música»

El músico estadounidense criado en Brasil en la década de los sesenta, comenzó su carrera musical con el mítico «No New York» producido por Brian Eno en 1978

MADRIDActualizado:

La primera vez que Brian Eno escuchó a Arto Lindsay (Richmond, EE.UU., 1953) le dijo: «Tu música tiene suficientes ideas para diez bandas». Fue en Nueva York, a principios de 1978. El fundador de Roxy Music se encontraba de paso en la ciudad produciendo el segundo disco de Talking Heads y se acercó por curiosidad al pequeño festival en el que tocaba DNA junto a Contortions, Mars y los Teenage Jesus and the Jerks de Lydia Lunch y Jim Sclavunos. «Un mes antes jamás me había colgado una guitarra», reconoce el músico estadounidense en el Café Berlín de Madrid, tres horas antes de comenzar su actuación.

Aguanta amable las indicaciones de la fotógrafa de ABC Cultural, que insiste en sacar alguna instantánea con menos luz. «You want it darker», bromea, en un guiño al último disco de Leonard Cohen. Y justo cuando se pone en marcha la grabadora se le escapa un bostezo: «Siempre me entra sueño antes de tocar. Eso me gusta, porque significa que estoy relajado antes del chute de adrenalina que me da al subirme al escenario». Lindsay recuerda lo impresionado que se quedó Eno tras aquel concierto de 1978. Tanto que, esa misma noche, les propuso a los cuatro grupos entrar en el estudio para documentar lo que acababa de presenciar. «Aquella era mi primera grabación y me enfadé bastante porque creía que no nos prestaba la suficiente atención, que simplemente le daba al botón y lo paraba cuando dejábamos de tocar. Ahora sí entiendo lo que estaba buscando, pero entonces no», confiesa. Sin embargo, de allí salió «No New York», el mítico recopilatorio con el que nació la No Wave, aquel movimiento experimental y alternativo a la famosa New Wave, sin el cual el rock de vanguardia no sería hoy lo mismo.

Ese disco le puso en el mapa y captó inmediatamente la atención de los medios. Gracias a sus actuaciones viscerales, la revista «The Wire» definió a Lindsay como «la persona más peligrosa de Nueva York». Y el prestigioso crítico Lester Bangs le bautizó como «el rey del ruido». Comenzaba una de las carreras más singulares de la música contemporánea, capaz de inspirar por igual a Marisa Monte y Sonic Youth, al situarse a medio camino entre la vanguardia americana y el Brasil del tropicalismo en el creció durante los años 60. «En Recife fui testigo de toda aquella revolución musical, aunque no fue hasta que regresé a Estados Unidos, con 17 años, cuando comencé a escuchar de manera obsesiva a Gilberto Gil, Dori Caymmi, Jorge Ben y compañía... como si los echara de menos», apunta.

Dos años después de poner fin a DNA formó Ambitious Lovers, combinando el poder melódico de la samba, la frescura del jazz, los estribillos del pop y la tensión de la música experimental que bullía en su cabeza. «Nadie sabía si hacíamos folclore americano o brasileño, o si éramos blancos o negros, así que ningún sello quiso publicar “Envy” al principio. Era difícil de encasillar, pero tuvimos la suerte de que a Caetano Veloso le encantó y nos abrió las puertas de los sellos», explica Lindsay, que acabó produciendo dos discos de la estrella brasileña («Circuladô» y «Estrangeiro»), además de escribiéndole temas como «Ela ela» y «Jasper».

Desde 1995, Lindsay ha publicado nueve álbumes en solitario, usando la misma Danelectro de 12 cuerdas que compró en 1978 para aquellos primeros conciertos: «Me gustó porque era fácil hacer ruidos con ella, que es lo que sigo haciendo». Y con ella ha colaborado con artistas tan dispares como David Byrne, Gal Costa, Tom Waits, Marc Ribot, Animal Collective, Ryuichi Sakamoto, Vinicius Cantuária o Laurie Anderson.

¿Qué significó para usted montar DNA a los 21 años?

Fue definitorio. En el colegio escribía poesía y en la universidad me interesaba mucho la música, el arte, la danza contemporánea y el teatro. DNA fue la forma de ponerlo todo en un mismo paquete cuando el manager de Television, Terry Ork, me preguntó durante un concierto de Mars, a quienes yo acompañaba porque era amigo de Mark Cunningham, si tenía una banda. «¿Cuándo vas a tocar? ¿La próxima semana? ¿El próximo mes? Me hace falta un grupo», repetía. Así que lo monté en unos días sin haber tocado nunca una guitarra para un concierto en el Max de Kansas City.

¿Escucha cosas de DNA en su música actual?

Claro. El sonido de mi guitarra, que no ha cambiado mucho. De hecho, aún hoy no puedo tocar una melodía sencilla ni la canción más sencilla de los Beatles. Sigo teniendo ese estilo mío y nada más (ríe). Por otro lado, en DNA ya estábamos interesados en el candomblé, los ritmos brasileños que utiliza la gente para entrar en trance en Brasil, a partir de los cuales he compuesto mi último disco: «Cuidado Madame».

Digamos que su propuesta desde DNA hasta ahora no ha sido lo que digamos mayoritaria, a pesar de la influencia que ha tenido en muchos grandes músicos. ¿Le ha resultado fácil vivir de su música?

Qué va, no ha sido nada fácil ganarse la vida con mi música. De hecho, aún me cuesta. Cuando producía a otros artistas me iba mejor, pero ahora nadie compra discos. Spotify, además, no paga nada y YouTube, una mierda. Todo eso en una época en la que la mayoría de la gente escucha música en streaming. Y por si fuera poco, la música en directo está cada vez más controlada por las multinacionales. En Estados Unidos, por ejemplo, la misma compañía que ficha a Coldplay reserva salas pequeñas como esta.

¿Cree que Ambitious Lovers (1984- 1991) merecía más éxito comercial del que tuvo?

Absolutamente. A veces escucho aquellos discos y pienso que, incluso ahora, suenan muy bien. Pero no supieron dónde encasillarnos y ninguna discográfica quiso grabarnos al principio. Ya sabemos cómo es el negocio, pero nos preguntábamos: «¿Cómo?». Para nosotros era, simplemente, música disco o pop rock. Al final no pasó...

Suerte que se cruzó en su vida Caetano Veloso...

Pues sí. A principios de los 80 alguien me contrató para ir a buscarle al aeropuerto de Nueva York. Acabamos haciéndonos amigos, así que cuando grabamos «Envy», en 1984, fui a Brasil buscando alguna compañía que quisiera publicarlo y le pasé uno a él. Al escucharlo, comenzó a repartirlo entre sus conocidos y nos ayudó. Aún somos amigos e, incluso, canta algunas canciones nuestras en sus conciertos.

Usted se fue a vivir a Brasil con tres años porque su padre era un misionero presbiteriano que fue enviado a Recife. Supongo que su fe era fuerte entonces. ¿Aún sigue creyendo en Dios?

Lo cierto es que no recuerdo cuando empecé a creer en Dios, pero sí perfectamente cuando dejé de creer en Él a los diez años. La razón es que tenía un problema con la universalidad [la creencia de que existe una verdad universal y objetiva que lo determina todo y afecta por igual a todos los seres humanos], teniendo en cuenta la gran cantidad de religiones que hay. Me preguntaba: «¿Cómo los creyentes pueden pensar que su creencia tiene la verdad absoluta?». De todas formas, mi padre era (y aún es con 91 años) una persona muy sofisticada que siempre me habló de la duda. Sin ella, decía, no puede haber fe. Es un tipo maravilloso, muy listo... mucho más que tú y yo juntos.

¿Cuánta música brasileña escuchaba en Recife?

Tengo recuerdos lejanos de escuchar samba, pero sólo como un enorme zumbido. En las calles de mi pueblo solían tocar «forró», la música de aquella región. Escuchaba a João Gilberto o Dorival Caymmi porque a mis padres les gustaba, aunque yo no les prestaba mucha atención. Jimmy Hendrix era mi gran influencia, la mayor revelación que tuve. Cuando llegué a la universidad de Florida fue cuando empecé a escuchar obsesivamente a esos músico de Brasil y otros como Gilberto Gil, Jorge Ben o Caetano Veloso.

¿Nunca ha intentado, aunque solo sea una vez en su vida, cambiar su música conscientemente para llegar a más público?

Nunca. Ambitious Lovers obtuvo más audiencia de la que he logrado en toda mi carrera, pero realmente aquello no ocurrió porque yo quisiera hacer dinero con los discos, llegar a más gente o ser parte de alguna familia de músicos...

¿Hay buena música en Brasil actualmente?

Quizá no sea el momento más excitante, pero siempre hay grupos interesantes. Entre los jóvenes, por ejemplo, me gusta Siba o Lucas Santana e, incluso, el funky carioca, que es música de baile más comercial que se escucha en las favelas y que es realmente increíble. No me gustan las improvisaciones y tampoco suelo escuchar mucha música experimental, aunque me ha dado por la música clásica experimental. Escucho soul, samba, jazz y, principalmente, música folk. También me gusta el flamenco, como Camarón y aquel disco de Morente con la banda de rock [«Omega»]. Y me gusta la salsa, músicos como Héctor Lavoe o Benny Moré, que me encanta.