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«Arte en flujo», todo «internauta» es un artista

Filósofo y «curator» Boris Groys examina, entre otras cuestiones, el impacto de internet en el arte

Boris Groys, autor de «Arte en flujo»
Boris Groys, autor de «Arte en flujo» - Gonzalo Cruz Jr.

Todo fluye, aunque suene asqueroso o, peor, previsible, desde el urinario de Duchamp. Cuando Groys plantea desplegar una reología (la ciencia que estudia todo tipo de fluidos) del arte tiene que volver tanto a ese objeto pedestalizado cuanto a Malevich, el artífice de lo que considero el «enmarcado» del nihilismo, del que recupera su impronta político-revolucionaria. En última instancia, ambos elementos de «parergon» están sometidos a la lógica glacial de la museificación, confirmándose que ahí surge una similitud con el mausoleo. La genealogía acelerada de la fluidificación de la forma artística, desde la «obra de arte total» wagneriana hasta los sonidos caóticos del Cabaret Voltarie dadaísta y, más allá, en la deriva situacionista, termina revelando que estamos atravesando el «giro curatorial» que convierte al museo en el lugar donde «suceden cosas» pero también en un engranaje crucial de la industria del entretenimiento. El sistema tradicional del arte se ha tornado marginal en esta época de la «ofensiva zombie» de internet, cuando todos, incluso las «cosas», quieren comunicar y ser contemplados en su «devenir de acontecimientos creativos».

Nos encontramos en una situación aporética con respecto a la teoría porque ya no sería necesaria una explicación discursiva del arte en el tiempo en el que se ha tornado central. «Los artistas -apunta Groys- necesitan de la teoría para explicar lo que están haciendo, no a los otros, sino a sí mismos». La teoría crítica parece un «estado de emergencia» cuando experimentamos, como ejemplifica, «Melancholia», de Von Trier, una sensación de urgencia sistemática. Necesitamos generar acontecimientos, y quien quiera estar de moda, «no debe pintar un cuadro o escribir un libro, sino reactualizar a Diógenes: pertrecharse con una lámpara a plena luz del día e ir en busca del lector o del espectador».

Activismo social

El artista contemporáneo, obsesionado con la vida cotidiana y entregado al «virtuosismo» de la «producción sin producto», es alguien «supersocial»; en el sentido de G. Tarde, un sujeto aislado. Groys, en el capítulo sobre el activismo social, considera que todavía hay una posibilidad de cambiar las condiciones de la sociedad, aunque no clarifica cómo podríamos estetizar el mundo y al mismo tiempo actuar en él. El arte se ha convertido, «gracias» a las redes sociales, en una práctica cultural de masas que arrasa, como un tsunami, el dique de «autonomía crítica». Incluso Groys llega a afirmar que en internet el «arte conceptual» se ha vuelto masivo. Entregados a la autoexposición, con el desarrollo de la vigilancia digital en tiempo real, en el entorno digital no se ha producido la desaparición del aura, sino que parece que retorna lo sobrenatural o lo metafísico con una suerte de «espectador universal» que acaso no sea nadie. Internet es la verdadera tumba de las (presuntas) utopías posmodernas, funcionando como un «work in progress» que es parte de la vida «off-line». Vivimos atrapados en la tela de araña de lo que Groys califica irónicamente como «el Google realmente existente». La teoría, más allá de la sospecha, del flujo concluye en una anómala confianza en el potencial utópico del archivo, como si de la compulsión del «cut & paste» pudiera salir, perdón por la bobada, algo diferente a una realidad recortada (económicamente) y pasteurizada (en una esencia inesencial).

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