Ajuste de letras - Jacek Hugo-Bader El delirio blanco

Hugo-Bader no explora, como Kapuscinski, el alma de la URSS. Él se cuela en las alcantarillas del viejo imperio

Jacek Hugo-Bader, autor de «El delirio blanco»
Jacek Hugo-Bader, autor de «El delirio blanco» - RAFAL KOMOROWSKI

«No hace falta decir que si se viaja de forma convencional, solo se puede reunir material convencional: lo ordinario, lo previsible, lo mediocre, lo mismo que todos los demás. Eso no me interesa. No me voy al otro extremo del mundo solo para tener “posibles” experiencias. Las “posibles” historias ocurren delante de la pantalla de un ordenador, así que planeo mis viajes en busca de la suerte, para que haya oportunidad de que ocurra lo imposible».

Con esta filosofía, expuesta en una entrevista, el reportero y escritor polaco Jacek Hugo-Bader decidió emular el viaje de Mijaíl Vasíliev y Serguéi Gúschev. Así se llamaban los reporteros del «Pravda» a quienes en 1957 les encargaron anticipar cómo sería la vida en la Unión Soviética 50 años después, en el 90 aniversario de la Revolución Socialista de Octubre. Investigaron en los laboratorios de la Academia de las Ciencias en Moscú, hablaron con expertos y en «Reportaje desde el siglo XXI» describieron una Rusia paradisiaca, sin contaminación, sin la oscuridad de la noche y libre de enfermedades. Con coches voladores y almacenes de «muertos vivientes», cuyos órganos servirían para ponérselos a los vivos.

Como ya había llegado el año 2007, Hugo-Bader se regaló por su 50 cumpleaños un viaje por toda Rusia, desde Moscú hasta Vladivostok. Le pidió 700 euros a su mujer (su periódico, la «Gazeta Wyborcza», no le costeó todo el viaje), compró un viejo 4x4 y empezó a conducir en un país en cuyas carreteras mueren tantas personas como en toda la Unión Europea. «Cada pocos metros se ve un altar al borde del camino. […] De vez en cuando se para algún camionero a dejarle a su colega un cigarro encendido, dos o tres para luego y unas cerillas; a veces también una botella con un poco de vodka, que probablemente fue lo que lo mató».

«El delirio blanco» (Dioprías), el título del libro en el que Hugo-Bader narra su viaje, hace referencia al vodka. El reportero se detiene en el distrito de Amur, en el este de Siberia, donde se retiraron 17 pastores de una tribu evenka. Cuando Hugo-Bader llegó allí, ninguno de ellos seguía vivo. El primero murió en 1991, tras ceder bajo sus pies el hielo helado que cruzaba con su rebaño. Otro murió en medio de una zona de caza, después de correr sin detenerse durante dos días y dos noches. Cuando lo encontraron tenía las pupilas extrañamente dilatadas: era el delirio blanco. Otros se suicidaron. «Los rusos beben una barbaridad, pero los indígenas… Es tremendo. Es un holocausto —le dice un narcólogo a Hugo-Bader—. Beben y se pegan un tiro, se ahorcan, se tumban en las vías del tren. Es una epidemia de suicidios. Y de asesinatos. Se caen por la borda, se pegan fuego, se mueren de frío o simplemente de tanto beber». El delirio blanco llega después de pasarse con la bebida, cuenta la lavandera de un hospital, que lo vivió con su exmarido: «Veía cosas, oía cosas… Una vez le dolía muchísimo la cabeza y algo empezó a susurrarle en el oído: “Coge un arma y hazte un agujero en la cabeza, todo el dolor se irá por ahí”. […] O una voz, que le decía: “Sal fuera y corre, corre, corre…”. Se volvía como loco y empezaba a disparar contra animales invisibles. Veía demonios. Solía ver a su padre, que había muerto tiempo atrás». Cuando Rimma, la lavandera, le dijo a su marido que eligiera entre ella y el vodka, él se quedó con el vodka.

Las voces susurran: «Coge un arma y hazte un agujero en la cabeza, todo el dolor se irá por ahí»

En Rusia ser un borracho es lo normal, escribe Hugo-Bader, pero en El delirio blanco no hay solo historias de borrachos. Por sus páginas desfilan también hippies, heroinómanos y Jesucristos: «De los seis Jesucristos que hay actualmente en el mundo, tres están en Rusia». Desaparecido el secretario general del Partido Comunista, tres encarnaciones del Mesías destacan en una constelación formada por todas las grandes religiones del mundo, todas con presencia en Rusia, y las más de ochenta sectas en funcionamiento.

Los autores del «Reportaje desde el siglo XXI», recuerda Hugo-Bader, no usaron en su libro palabras como «Dios» o «religión». Nada queda de lo que imaginaron en su panfleto. La Rusia del delirio blanco es un país devastado por las drogas y las enfermedades. «¿Has contagiado a la mujer que amabas?», le pregunta Hugo-Bader a un enfermo de sida. «Ella quería tener la enfermedad. Porque yo la tenía». «¿Qué gilipollez es esa?», insiste el reportero. «No es ninguna gilipollez. No tienes ni idea de cómo son las mujeres rusas Irían hasta el fin del mundo, incluso darían la vida por el hombre al que aman. Aquí es lo normal. ¡Les encanta sacrificarse, entregar su vida como ofrenda! ¡He conocido a docenas de mujeres así!».

Hugo-Bader también consigue entrevistar, seis años antes de que muriera, al esquivo Mijaíl Timoféyevich Kaláshnikov, el diseñador del fusil más utilizado en las guerras. «No creo que se pueda decir que, si mi fusil no existiese, no habría tampoco esas guerras. ¿No es cierto? Después de todo, yo hice ese fusil para defender las fronteras de nuestra patria», dice.

Por ser polaco y por escribir sobre Rusia, a Hugo-Bader lo han comparado con Ryszard Kapuscinski. No tienen nada que ver. Kapuscinski exploró el alma de la URSS. Hugo-Bader se ha colado en las alcantarillas del viejo imperio.

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