Ajuste de letras - Jonathan Galassi Cuando los libros eran libros

«Hothouse», desde el periodismo, y «Musa», desde la narrativa, abordan el oficio de editor. Un doble homenaje

Jonathan Galassi, autor de «Musa», en Venecia
Jonathan Galassi, autor de «Musa», en Venecia - ABC

Jonathan Galassi era el raro de la clase, el que leía libros como «El Conde de Montecristo». «Yo era un ratón de biblioteca. No era atlético. Veía fatal. Era el típico niño obeso», dijo a «Poets & Writers». En el instituto ya editaba una revista. Y con 32 años entró en Random House, una de las editoriales más potentes de Estados Unidos. Pero no supo adaptarse a su forma de hacer libros comerciales y en cinco años lo despidieron.

Roger Straus –presidente de Farrar, Straus & Giroux– rescató a Galassi», que se estrenó en 1987 con su primer gran éxito: «Presunto Inocente», de Scott Turow. Vendió más de 600.000 ejemplares. «Era el tipo de libro que habría publicado Random House», recuerda Galassi. Turow eligió FSG no por dinero, sino porque publicar con Straus, la más pequeña entre las editoriales que mejor vendían, era un sueño.

FSG se había convertido en los años setenta en una institución cultural. En plena crisis, se unió «al grupo de empresas cuyo valor cultural merecía su propia columna en el balance de cuentas», dice Boris Kachka en «Hothouse» (Simon & Schuster, 2013), donde repasa la historia de una firma cuyo impacto es comparable al que tuvo en su tiempo Seix Barral en España.

En la casa que acogió a Galassi todo pasaba por Straus, desde que fundó la compañía en 1946 hasta que se apartó, en 2002, dos años antes de su muerte. Era un editor con imaginación, amaba su trabajo y le gustaba hacer enemigos. Era tacaño, vulgar y sexista. En su escritorio tenía dos teléfonos. Con uno despachaba su trabajo diario; con el otro, hablaba con sus amantes, para fastidio de su secretaria, con quien mantuvo una prolongada aventura. Se decía que tenía una historia con Susan Sontag. «Eres la única persona en el mundo que me puede llamar “nena” y salir impune», le llegó a decir la escritora a Straus.

Todos los editores que trabajaron con Straus, por muy buenos que fueran, terminaron quemados. La exigencia del jefe era insana. No se fio ni de su hijo cuando tuvo que pensar en su sucesor, después de integrarse en un conglomerado alemán. Con Galassi fue distinto. Era un gran conocedor de la literatura europea, sabía poesía y tenía talento para la prosa popular, explica Kachka. «Y su olfato para nuevos autores era tan bueno como el de cualquiera» de los colaboradores que ayudaron a Straus a construir FSG. A la nómina de autores como Tom Wolfe, Philiph Roth o Jack Kerouac, Galassi añadió a Jonathan Franzen y Jeffrey Eugenides.

Galassi fue ascendiendo peldaños en FSG hasta suceder a Straus. Implantó un liderazgo más tranquilo y un proceso de edición menos intrusivo, con jóvenes prometedores como Lorin Stein, hoy director de «The Paris Review». «Soy editor y al mismo tiempo soy escritor –dijo Galassi a Poets & Writers–. Yo aquí trabajo para ellos». Autor de varios libros de poesía, en el verano de 2011 empezó su primera novela. «Hay mucha gente con ganas de escribir y de decir algo, pero muchos de ellos no tienen nada que decir», piensa Galassi. Por eso dejó reposar su manuscrito durante un año. Cuando volvió a él, confirmó que podía funcionar.

En «Musa» (Anagrama, 2016) también hay un teléfono como el de Straus en la mesa del personaje Homer Stern, editor de Purcell & Stern, para comunicarse con sus amantes. La novela, traducida por Jaime Zulaika, es un retrato irónico de la industria editorial. «Ésta es una historia de amor –escribe Galassi en el arranque–. Es sobre los buenos viejos tiempos, cuando los hombres eran hombres y las mujeres eran mujeres y los libros eran libros, […] cuando los libros amueblaban muchas habitaciones y su contenido, las palabras mágicas, su poesía y su prosa, eran licores, perfume, sexo y gloria para quienes los amaban».

Paul Dukach, un trasunto de Galassi, llega por unas extrañas notas que empieza a investigar por casualidad hasta Ida Perkins, una poeta de una editorial de la competencia que tiene rango de cantante de pop. Así descubrirá unos poemas de Perkins llamados a marcar un hito en la historia de la literatura. Igual que Straus y Galassi, también están presentes en el libro, con nombres ficticios, el editor James Laughlin, escritores como Sontag o Franzen, el tiburón Amazon y un tal Jorge Vilas, de España: Jorge Herralde.

La novela de Galassi es un homenaje a las editoriales independientes que surgieron en una época, mediados del siglo pasado, en la que «no había editoriales independientes, solo editoriales», según explica Kachka en «Hothouse». «Esos tipos fueron una explosión del pasado», dijo Galassi a «The Wall Street Journal». «"Musa" es una elegía de algo que ya no existe. Pero esos sentimientos perviven, ese amor, ese vínculo… Todo lo demás ha cambiado». Aunque se sigue leyendo, los libros ya no están en el centro de la vida cultural, admite.

«Hothouse», desde el rigor periodístico, y «Musa», desde la imaginación, colocan en el centro de todo al editor. Quien permite el despegue de escritores como Franzen, esperándolos cuando lo necesitan, ayudando a que sus obras «sean lo mejor posible, y después trabajando con el resto de la compañía para darlos a conocer». El editor, en palabras de Galassi, es el que trata cada libro como si fuera un «bebé».

Toda la actualidad en portada
publicidad

comentarios