CÓMIC

Agustín Comotto: «La narración me preocupa más que el estilo del dibujo»

El ilustrador y narrador argentino acaba de publicar su última novela gráfica: «155. Simón Radowitzky»

Agustín Comotto en el lugar donde Simón Radowitzky atentó contra Ramón Falcón, delante del cementerio de Recoleta, en Buenos Aires
Agustín Comotto en el lugar donde Simón Radowitzky atentó contra Ramón Falcón, delante del cementerio de Recoleta, en Buenos Aires

Nacido en Buenos Aires (1968) y afincado en Barcelona desde 1999, Agustín Comotto es un ilustrador y narrador perseverante en su trabajo, a través del cual busca una excelencia mediante el rigor y la profundización en el estudio de aquellas historias que quiere contar, y por lo tanto compartir. A través de una investigación a conciencia, Comotto escribe unas narraciones vibrantes y con un gran rigor documental acompañado por un proceso gráfico diferente, que enriquece aún más cada historia.

Empezó dibujando y escribiendo cómics en revistas argentinas y, desde hace muchos años dibuja y escribe libros infantiles y juveniles, así como novela gráfica para un público más adulto. Sus libros se han publicado en diversos países. También realiza numerosas charlas en colegios explicando a los niños y maestros cómo trabaja un ilustrador y de dónde saca sus ideas y cómo trabajar la lectura de las imágenes.

Acaba de publicar su última novela gráfica como autor completo llamada 155. Simón Radowitzky (Nórdica Libros). Figura histórica del anarquismo, en la que Comotto relata la parte más vivida de Radowitzky, uno de los más célebres presos del penal de Ushuaia en Argentina, donde fue condenado a una reclusión perpetua por el atentado que mató al jefe de policía Falcón, responsable de la brutal represión de la semana roja de 1909 en Buenos Aires. Una obra que además del trasfondo histótico plantea la lucha por unos ideales.

-Háblenos un poco de usted ¿cuándo y cómo surge su interés por el dibujo?

-Mi interés por el dibujo comienza de niño. Siempre dibujé y utilicé este medio para explicar historias. Mi madre me recuerda de muy pequeño ya dibujando.

-¿Qué le llevó a tomar la decisión de venir a España en 1999?

-Fue una decisión personal, no forzada por agentes externos. Quería cambiar de aires. En Argentina tenía trabajo y estabilidad pero necesitaba un cambio. Ver cómo pensaba otra sociedad.

-¿Cómo definiría la figura y qué requisitos considera necesarios para ser un buen ilustrador?

-Un buen ilustrador es aquel que emociona al lector, aquel que genera un vínculo, un sistema de transmisión de una idea mediante el dibujo. Éste debe enviar un mensaje directo y sensible a la vez que personal.

-Y usted, ¿cómo se define? ¿Cuál diría que es su mayor habilidad y cómo la ha ido perfeccionando a través de los años?

-Creo que lo que hago es honesto en el sentido de tratar de contar sin zalamerías aquello que quiero contar. Quizás, mi mayor habilidad es contar cosas, por encima de cualquier esfuerzo estético. Es lo que más me preocupa de mi trabajo; ser un buen narrador de historias.

-¿La capacidad de dibujar se tiene o se adquiere?

-Hay de ambas cosas. En mi caso, soy producto del esfuerzo. Pero conozco ilustradores que dibujan como si no les costara hacerlo. A mí me cuesta mucho lo que hago.

-¿Tiene ilustradores de referencia que puedan llegar a inspirarle? ¿Quiénes son?

-Mis influencias no solo se detienen en la ilustración. Puedo citar ilustradores como Hugo Pratt, Gipi, Steinberg, Feininger. Hay muchos. Fuera del ámbito del dibujo puedo hablar de Tarkovsky, Pasolini o Visconti en cine, Cezanne, Rodtschenko, Tatlin o Nathan Altman en la pintura, Melincov o Aalto en arquitectura, Babel o Borges  en literatura. Mis influencias son infinitas.

-Ha conseguido un estilo muy definido y expresivo, de gran alcance visual. ¿Cómo llegó a el?

-No pienso en el estilo. Es algo que no me preocupa. Surge espontáneamente a través de los años. Me preocupa la narración. Una buena narración requiere de unas obligaciones que condicionan el estilo. No me gusta el dibujo con artificios, aquel del ilustrador que se regodea en sus propios hallazgos visuales o técnicos.

-En el sector usted es un autor de los llamados completo, piensa el guión y lo dibuja. Al empezar un proyecto nuevo ¿cómo afronta su día a día a la hora de realizarlo? ¿Cuál es su proceso creativo?

-Pienso mi trabajo como un escritor (eso dicen amigos escritores). Tengo una idea, que en general tiene que ver con aspectos de la condición humana. Suelo trabajar con historias basadas en experiencias reales. Para ello, entrevisto personas, las grabo. Luego, cuando creo que la historia está suficientemente madura comienzo el proceso del dibujo. Me documento a nivel fotográfico. Todo me sirve. Fotos, películas, novelas del periodo a tratar, etc. Hay un momento que, por saturación de información, «rompo» el presente y viajo a la época que narro. Sencillamente, estoy allá, «veo los personajes». Entonces, dibujar (desde el ángulo que me interesa) es más sencillo. Pero no es un proceso fácil. Es lento y arduo, a veces frustrante porque no surge lo que quieres que surja.

-Hablemos de «155. Simón Radowitzky». ¿Por qué eligió esta figura histórica del anarquismo?

-Por muchos motivos. Porque su historia «corta» y porque pasa por procesos históricos que me interesan y fascinan (como la Rusia pre revolucionaria, la Argentina de 1900, la Guerra Civil española o el México solidario de los refugiados políticos). Por otra parte, me llamó la atención la historia de un mito que nunca quiso ser mito. Una persona que peleó por no ser nadie en un país como Argentina que es una fábrica de mitos. Pensemos en Gardel, el Che Guevara, Evita o Maradona. También me interesó la solidaridad como fenómeno colectivo. En el anarquismo histórico siempre hubo solidaridad. El colectivo mantenía a las familias de presos anarquistas mientras estos estaban en prisión por sus ideas. Nunca se olvidaban de los presos y reclamaban incluso a nivel internacional (como en el caso Radowitzky o Sacco y Vanzetti). Esa solidaridad que lleva a miles a luchar en la Guerra Civil española. Solidaridad ausente en nuestros días a juzgar por lo que pasa con el tema refugiados o la guerra de Siria, por ejemplo.

-Radowitzky luchó por un ideal. ¿Cree que actualmente hay una falta de ideales?

-No. Creo que en el mundo actual hay ideales perversos. Este periodo final de capitalismo tiene ideales centrados en el egoísmo, en la valoración del éxito económico como triunfo, el consumo y la depredación. No siempre los ideales son cosas positivas. Pensemos en el fascismo, también fue un ideal para los fascistas. Si hablamos de los ideales que a mí me interesan, como la solidaridad o la igualdad de los seres humanos, por ejemplo, sí que hay una ausencia. No existen más como apuesta colectiva. Que vestimos como vestimos es producto, por ejemplo, de la explotación más salvaje en otra parte de la Tierra de personas que confeccionan ropa a precios imposibles. Para que eso ocurra necesitamos sectores del planeta ausentes de leyes e ideales.

-Cuéntenos el proceso de elaboración de este trabajo, desde la aparición de esa primera idea pasando por la forma y la estructura hasta llegar a la finalización.

-«155» es una obra de largo aliento. Pasé seis años trabajando en ella. Primero, la idea de trabajar sobre un personaje que apenas conocía salvo por referencias de mi padre o colectivas. Él fue quién mató a Falcón, una figura clave para entender la Argentina del siglo XX. La lectura fue fundamental para llegar a Radowitzky. Luego vino la aparición de un libro crucial en mi investigación, que fue el que escribieron, cuando Radowitzky murió, sus amigos en México. Este libro fue firmado por «Los amigos de Radowitzky» y es una suma de artículos y textos alusivos hechos por varias personas. Solo hay 500 ejemplares en el mundo y al conseguir uno lo digitalicé y convertí en PDF para que cualquiera lo pueda tener. Ahora se encuentra en la web. Al leer el libro «vi» la manera de articular la historia. Cómo contar lo que a mí me interesaba, es decir, mi gesto de autor. El dibujo vino mucho después. Contar «155» fue complicado en el sentido narrativo. Hay escollos complejos. Por ejemplo, el personaje se hace viejo a medida que transcurre la historia, los constantes flashbacks y, sobre todo, la cantidad de páginas con un tipo dentro de una celda diminuta. Todo eso es difícil de contar y te arriesgas a aburrir al lector con imágenes repetidas. Formalmente el libro está articulado en tres libros internos que funcionan como unidad en sí mismos. Los escribí y dibujé en el mismo orden que aparecen en la publicación.

-¿Qué ha buscado transmitir al lector al contar esta historia, y qué cree que es lo más importante para generar un interés en ese posible lector?

-Trato de no buscar nada concreto a la hora de narrar algo. Me aterra un lector que piense: «mira, el autor nos está diciendo que…». La pedagogía es algo horrible en la literatura. Si me interesa, respetando la historia, contar obsesiones personales como la reclusión obligada de personas, la locura o el sentido de la lucha personal por tus ideales. Soy, según el día, un convencido de lo que pienso o un tremendo escéptico de lo que considero mis ideales. Mi lucha personal es esa y trato de contarla en esta historia. El personaje es un idealista, pero el autor, que lo es también, a veces duda del ideal. ¿Habrá dudado en esos 21 años Radowitzky de los suyos? Lo pienso en su fuero más íntimo. Pienso, dada su tremenda humanidad, que sí. Como mínimo, dudó un poco.

-Tiene una amplia trayectoria editorial realizando libros infantiles y juveniles, ahora con «155. Simón Radowitzky» se ha sumergido en una obra para un público adulto. ¿Por qué? ¿Le ha condicionado dibujar para un público concreto?

-Hay dos respuestas a esta pregunta. Por un lado, vivir de la ilustración no es fácil. Te tienes que adaptar a muchos formatos si quieres llegar a fin de mes. Por otra parte, siempre me ha gustado variar los desafíos. Dibujo para niños y jóvenes porque me gusta esa franja de edad y contar para ellos es también un desafío. Las reglas son diferentes. Contar historias para adultos como en el caso de «155» no es nuevo para mí, aunque me pasé muchos años sin hacerlo. Ahora, con las adaptaciones de clásicos que he hecho en estos últimos años, «volví» al público adulto. Eso me animó a hacer «155». Vi una posibilidad de contar algo de una manera que no había hecho en muchos años.

-También se dedica a realizar charlas escolares, explicando a alumnos y maestros cómo es el oficio del ilustrador. ¿Cómo es esta experiencia?

-Gratificante y exigente. Me paso muchas horas en soledad dibujando o investigando. Los niños me devuelven preguntas frescas y espontáneas. A veces te descolocan y te obligan a pensar. Por otra parte, siempre es bueno que los niños sepan que no solo existen los oficios clásicos, que hay maneras de ganarse la vida diferentes, como la ilustración.

-De los proyectos que ha realizado, ¿hay alguno del que se sienta más orgulloso?

-Sí. 155 es uno de ellos. Me demostré muchas cosas en él que no viene al caso explicar. Pero también me gustan algunos álbumes que hice para niños. «La guerra perdida» o «20 millones de escarabajos» son obras de las que estoy satisfecho. Esto si hablo como autor integral, es decir, en todas la historia es mía.

-¿Se arrepiente de haber hecho alguna ilustración que se haya publicado?

-Sí. Al punto de querer retirar la edición. En general son trabajos de encargo hechos en momentos de mi vida en donde necesitaba el empleo. Encargos aceptados por necesidad más que por si me gustaba el tema. Siento vergüenza de lo hecho porque pienso que es de muy mala calidad. A veces me comentan que no es para tanto, pero los ilustradores «vemos» aspectos técnicos que el lector no tiene por que ver y allí es donde me da vergüenza el trabajo hecho.

-¿Cree que haciendo obras ilustradas es una forma amena de llegar a un público más amplio y conseguir así que se acerquen a temas que les puedan resultar «complicados» de entender?

-No lo sé. Probablemente sí, pero me gusta pensar más que mi trabajo es un género en sí mismo y no una manera de facilitar las cosas. El dibujo no debe aportar comprensión sino nuevos matices al texto, siempre respetándolo como unidad directriz. Es complementario. Si la ilustración se limita a explicar lo que dice el texto, no me interesa en lo más mínimo. Un texto se comprende por sí mismo. ¿Entonces, cuál es el sentido del dibujo?

-¿A través del dibujo podemos despertar cosas invisibles como emociones, sensaciones y sentimientos?

-Claro. El dibujo es una poderosa herramienta simbólica. Activa partes de la memoria, del recuerdo o mecanismos como la ensoñación y esto brinda al lector otras formas de narrativa. Cuando firmo libros, lo lectores me comentan sus experiencias y algunos dicen haber recordado, gracias a tu trabajo, momentos perdidos de su infancia o de personas que no están. Es increíble hasta dónde puede llegar el dibujo.

-En las últimas décadas ha habido un renacimiento del cómic. ¿A qué cree que es debido? ¿Es más acertado hablar de cómic o novela gráfica?

-Comencé mi carrera dibujando cómic. Ahora hago novela gráfica (un nombre un poco rimbombante). Me costó comprender la diferencia. Creo que el cómic se ajusta más a géneros y se encuentra hoy día en el Manga o en lo que hace la factoría Marvel o DC cómics, es decir, superhéroes. Pero esto viene originalmente del formato revista que actualmente no existe. La novela gráfica tiene más que ver con formatos de largo aliento. En mi caso fue salvador como género porque satisface mi aspecto más literario. Contar lo que a mí me interesa lleva más páginas, un ritmo narrativo diferente. Por ello, llegar a historias de 170 o 200 páginas es algo que sólo encuentras en la novela gráfica y no en un cómic. Quizás sí ha habido un renacimiento, aunque más por la necesidad de algunos autores y lectores que porque sea un mercado económico. No ganamos dinero haciendo novela gráfica. Es un trabajo descomunal que prácticamente ninguna editorial puede pagar. Antaño, ciertas editoriales de libros del mercado anglosajón, adelantaban o pagaban un sueldo mientras el escritor hacía su novela. De lo contrario era imposible asumir lo que hoy se entiende como clásicos de la literatura. Eso, en el campo de la novela gráfica es impensable. No existe editorial que piense en «sostener» a un autor mientras hace su trabajo.

-¿En una sociedad como la actual en que todo es imagen, ¿debería estar más reconocida la labor de los ilustradores? ¿Qué papel juega la ilustración en la cultura visual?

-Es cierto que la sociedad actual vive de la imagen. Ello ha generado súper abundancia de ella. Y muy buena parte del consumidor de imagen la «traga» sin verla. De hecho no tiene tiempo de hacerlo porque el mundo de hoy obliga a estar más «à la page» que entender o disfrutar eso que consume. Desde esta perspectiva, el mercado felicita al ilustrador de moda y, a la vez, desprecia el oficio de ilustrar. Pienso que, como en otros campos, hay una necesidad de crear estrellas, como los futbolistas, pero poco importa el oficio. Eso crea mucho ilustrador mediocre, que está más por la imagen, tener éxito y lo que se lleva, que por contar algo de una manera decente. Se reconoce al ilustrador si tiene éxito y se lo ignora como trabajador de un oficio. La ilustración es vital en la cultura actual, especialmente en el mundo virtual, aquel formado por internet y las redes sociales. Pensemos en el poder de la imagen. Pensemos en Charlie Hebdó. Pensemos en el auge del tatuaje. La ilustración está en todas partes y de una manera muy diversa. Las nuevas generaciones tienen necesidades de identificarse con cosas y en ese sentido surge la ilustración como un gesto de reafirmación. Medio mundo caza Pokemons y nos olvidamos que hubo un tipo que alguna vez lo dibujó.

-¿Qué piensa de la conversión digital que no termina de llegar del todo a España en el sector editorial? ¿Desaparecerá el libro en papel?

-El libro de papel no desaparecerá bajo ningún concepto. El mundo digital se impone y, parece ser, hay una necesidad de que todo pase por la vida virtual. Es más higiénico, todo dentro de tu móvil o iPad. Las relaciones humanas, el cine, los libros… todo «debe» ser virtual. Pero no está demostrado que la experiencia lectura (leer libros) sea algo como pasar una letra detrás de otra a través de los ojos que miran una pantalla. También juega un papel importante la rutina del libro, leerlo y lo que evoca, y esto, un dispositivo digital no te lo brinda. En un libro de papel no puedes «ir» a otra parte del libro y ver si tu red social está nuevamente actualizada. España no se acaba de convertir del todo al mundo digital porque no acaba de verse clara la viabilidad económica. El editor piensa que si hace la versión epub, en dos segundos se transformará en un PDF y lo podrás descargar gratis de cualquier portal peer to peer. El libro de papel no funciona de la misma manera. Yo pienso que son mundos complementarios. En mi caso, si tuviese que comprar todo lo que me interesa en papel tendría que ganar fortunas amén de tener una casa biblioteca. 

-¿Está trabajando actualmente en un nuevo proyecto?

-Siempre hay ideas en el tintero. Estoy comenzando a crear una nueva historia, un poco colateral de «155». Digo un poco, porque hay temas recurrentes como el judaísmo, los rusos o los revolucionarios. Pero está ambientada en otra época. Parte en la segunda guerra mundial y parte en la Argentina de los años 70. Sin olvidar que también transcurre en el presente, en el barrio de Carabanchel. Pero todo está en construcción y, de momento, grabando entrevistas a testigos vivos de la historia. Y, como dije antes, recién comenzado el viaje.

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