LIBROS

Adelaida García Morales, el ángel negro de la literatura española

La publicación de «Los últimos días de Adelaida García Morales» y la existencia de un libro de relatos inéditos devuelve vigencia a una de las figuras más misteriosas de nuestra narrativa, de cuya muerte se cumplen dos años el 22 de septiembre

La escritora Adelaida García Morales (1945-2014)
La escritora Adelaida García Morales (1945-2014)

Madrugada del 22 de septiembre de 2014. Suena el teléfono. Siempre, a esas horas, la llamada es preludio de muerte. En este caso, la de la escritora Adelaida García Morales (1945-2014). Una «insuficiencia cardíaca» ponía fin a su vida en Dos Hermanas (Sevilla), municipio en el que residía, desde hacía años, con su hijo mayor, Galo Almagro. Tras de sí dejó una obra compuesta por trece novelas (entre ellas «El sur», relato que inspiró la película de Víctor Erice, y «El silencio de las sirenas», que logró el premio Herralde en 1985) y un halo de misterio que, lejos de descifrarse, se acrecienta con el tiempo. Más aún ahora, cuando al cumplirse dos años de su fallecimiento llega a las librerías «Los últimos días de Adelaida García Morales» (Literatura Random House), libro en el que Elvira Navarro (Huelva, 1978) se vale de un triste episodio en la vida de la autora para recrear, en clave de ficción, las jornadas que precedieron a su muerte.

Uno de esos «últimos días», una trabajadora social acudió a la casa de Adelaida García Morales en Dos Hermanas. Lo hizo a petición del médico que, en esa época, trataba a la escritora, que sufría una fuerte depresión y sobrevivía, junto con su hijo, gracias a una pensión mínima. Pero, al ver a la mujer, Adelaida reaccionó «como una gata asustada» y se limitó a decir: «¡Yo no quiero nada para mí, no quiero nada para mí! Sólo quiero el dinero justo para ir a ver a mi hijo [Pablo Erice, fruto de su relación con el cineasta] a Madrid y poder quedarme una noche en una pensión». Días después, mientras la Delegación de Igualdad preparaba un precipitado homenaje (nadie en el municipio sabía que allí vivía Adelaida García Morales), la escritora fallecía.

Su muerte provocó una fuerte consternación en el mundo editorial, que llevaba años observando, con distancia y algo de recelo, cómo se iba apagando una de las voces más genuinas de la narrativa española. «Es literal: estaba en la indigencia», recuerda, con tristeza, Enrique Murillo, el que fuera su editor en Plaza & Janés (la conoció a principios de los 80, cuando él era lector en Anagrama) y una de las últimas personas que habló «sistemáticamente» con ella en el mundo editorial. «Eran llamadas de una persona que se sentía abandonada, el tono era negro. No tenía un céntimo, y nunca le pregunté en qué se lo gastaba», relata.

En la indigencia

Esa «indigencia» a la que Murillo se refiere está presente, de alguna forma, en el libro inédito de relatos que García Morales dejó y que el editor espera poder publicar «a finales de la primavera que viene». «Creo recordar que se titula "Crónicas del desamparo"», dice Murillo, que guarda el manuscrito en una carpeta de su disco duro. «Son relatos de mujeres desesperadas, metáforas de sí misma. Es, probablemente, lo último que escribió y te destroza el corazón. Es un libro que tiene mucha fuerza y su desdicha le da otra fuerza mayor», explica el editor, que espera «saldar» la deduda que siente que tiene con ella «devolviéndole los lectores que no le pude dar porque estaba en la ruina».

Lo cierto es que García Morales estaba «ilusionada» con publicar el libro en el momento en el que se lo mandó a Murillo. «Lo leí y le dije que necesitaba sacar un par de libros que vendieran, pero que estuviera tranquila, que yo se lo publicaba», cuenta el editor. Pero, al poco tiempo, Murillo recibió una llamada suya: «Estoy desesperada, ya no puedo más. Me intenté suicidar la semana pasada y no lo conseguí», le decía, desgarrada. «Dos o tres meses» después recibió la noticia de su muerte. «Tengo la sensación de haberla dejado morir», asegura el editor, al borde de las lágrimas. «Escribía sobre lo que padecía. Tenía pánico a la gente y por eso acabó encerrándose tanto», remata Murillo.

Ese «encierro» se convirtió en forma de vida tras su traslado a Dos Hermanas, pero durante el tiempo que vivió en Madrid, García Morales sí solía recibir visitas en su casa de Fuente del Berro. Entre ellas, la del escritor Benjamín Prado (Madrid, 1961), que quiso conocerla tras la elogiosa reseña que firmó de su poemario «Cobijo contra la tormenta». «Estuve en su casa un millón de veces, me hice muy amigo de ella. Era una persona exquisita, rara, especial. Con ella una parte de la conversación siempre implicaba saber si había dormido o no», recuerda. Prado, que le perdió la pista cuando se fue a vivir a Dos Hermanas, se queda «con su fragilidad extrema: resultaba muy fácil de dañar, cualquier detalle de afecto le sorprendía, era muy fácil de querer».

Principio insuperable

Fue en compañía de Benjamín Prado cuando David Trías, director literario de Plaza & Janés, conoció a Adelaida García Morales. «Cuando supo que era el hijo de Eugenio fue muy cariñosa e iniciamos una relación profesional. Estaba muy desencantada. Nunca llegué a saber si tuvo verdaderamente amigos en el mundo literario. Su primera obra fue insuperable y lo arrastró toda su vida», recuerda Trías, que llegó a publicarle varios títulos, entre ellos el estupendo libro de relatos «Mujeres solas».

La escritora sentía fascinación por el filósofo y, al conocer a su hijo, «fue casi como la reaparición de un amor intenso que ella vivió». Ese amor, platónico, quedó reflejado en «El silencio de las sirenas», novela con la que, según reconoció al ganar el Herralde, recuperó «el placer de contar historias». «Adelaida y mi padre se vieron sólo una vez, en El Balmoral, una cafetería que estaba debajo de su casa. Estuvieron charlando y ella se quedó impresionada». La autora, que vivía en las Alpujarras, empezó a enviar, periódicamente, cartas a Eugenio Trías que este, «sorprendido», nunca respondía. Tiempo después apareció «El silencio de las sirenas». «Yo lo leí sin saber esta historia y, después, mi padre me lo contó. No recuerdo si guardaba las cartas, creo que sí. Si las tuviéramos, estarían en la Biblioteca de la Universidad Pompeu Fabra, de uso público», concluye el editor.

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