Cultura - Cine

Sorogoyen presenta un «thriller» correoso, violento y tartamudo

Antonio de la Torre, arrancado de su catálogo en «Que Dios nos perdone»

Roberto Álamo y Antonio de la Torre, protagonistas del filme de Sorogoyen
Roberto Álamo y Antonio de la Torre, protagonistas del filme de Sorogoyen - AFP
OTI RODRÍGUEZ MARCHANTE - Actualizado: Guardado en: Cultura , Cine

Sin el sobrevalorado aliño de la originalidad, Rodrigo Sorogoyen presentó ayer a competición su película «Que Dios nos perdone», un policíaco duro, correoso, lleno de perversión y pérfidas amoralidades, ambientado en un Madrid caluroso e impregnado del ruido turístico y del caótico peregrinaje por la visita del Papa. Se titula «Que Dios nos perdone» y no es, ni mucho menos, lo nunca visto, pero sí una de esas películas incómodas, ante la que no se acaba de encontrar la postura para verla, sin respaldo, ni reposabrazos, casi sin asiento: un taburete cojo. Hay un tarado que asesina y viola ancianas desvalidas, y hay una investigación policial a cargo de dos inspectores «tipo», uno excesivamente riguroso, introvertido y con el complejo mal llevado de la tartamudez, y otro disparatado, chulo y violento como con un deje a lo Mel Gibson en «Arma letal», pero en españolazo. Al actor Antonio de la Torre, que está aquí entre Landa y Dustin Hoffman, le das el pirulí de un hándicap y poco texto y construye él solo el personaje, y en esta película llena su poli tartamudo de un compuesto químico humeante y corrosivo; mientras que Roberto Álamo le proporciona pliegues y grasas a su cliché de poli chungo. La sordidez de la trama y de los personajes se acompaña con el excesivo subrayado de cuerpos de ancianas en la morgue y ante las frías herramientas de las autopsias, pero es la atmósfera de una película que acerca enfermizamente el bien y el mal, que los solapa y confunde. También queda confundida esta película de Sorogoyen entre algunas recientes de ese mismo pelaje y textura, y con Antonio de la Torre reconcomido y silencioso. Es un «thriller» estimable, y que sin inventar universos y lenguajes desprende un alientazo que echa para atrás.

También en competición proyectaron otros dos títulos, el británico «Lady Macbeth» y el sueco «The Giant», cada uno de ellos con su punto depresivo y su encanto malicioso. La británica, dirigida por William Oldroyd, tenía la peculiaridad de mostrar un personaje realmente demoledor, una jovencita que empieza como Joan Fontaine en «Rebeca» y termina como el ama de llaves pero de los portalones del infierno. Una boda, un caserón en la campiña, mitades del siglo XIX, un marido bruto y desganado, una atmósfera a lo hermanas Brönte y un fondo de armario vicioso e inmoral en los personajes que llevan el argumento justo hasta el sitio donde uno no quiere ir. Pero va…, y no se encuentra nada grato, recordable ni digno por el camino: menuda pandilla.

Y la sueca «The Giant», aunque narrada en modelo cuento y con cierto tono lírico, no resultaba menos deprimente, pues la cámara cerca a un personaje deforme, una especie de hombre elefante, y lo argumenta en su pequeño mundo, con su grupo de amigos que juegan a la petanca y con sus nostalgias y fantasías sobre una madre loca y de la que lo separaron de niño. Es brutal, pero también cercana, y su director, Johannes Nyholm, exprime bien el mundo imaginario, poético y destructivo de ese personaje que te usa de pelotita roja mientras que él te muele a bolazos de petanca.

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