Festival de Cine de San Sebastián

La canción de Roldán y el baile de Paesa

Alberto Rodríguez presenta a competición «El hombre de las mil caras», crónica irreal de las andanzas de dos pícaros reales

El director Alberto Rodríguez con Eduard Fernández,, Marta Etura , José Coronado,, Carlos Santos y Alba Galocha
El director Alberto Rodríguez con Eduard Fernández,, Marta Etura , José Coronado,, Carlos Santos y Alba Galocha - EFE

Como toda actualidad, la nuestra se cree inventora no de algo sino de todo, y ha tenido que venir Alberto Rodríguez al Festival de San Sebastián, con su película «El hombre de las mil caras» para recordarnos que los de ahora ni han inventado la corrupción ni, tampoco, la figura del pícaro o del club de la tragicomedia. Una película que nos recrea nuestro pasado reciente y las peripecias de Luis Roldán y Francisco Paesa, figuras de los noventa ya embalsamadas para la estantería de la historia y para ejemplo de generaciones presentes y futuras dispuestas a reverdecer sus andanzas.

Toda la potencia y la sintaxis narrativa de un director con bucle, como Alberto Rodríguez, se pone aquí al servicio de un relato tan complejo, tan intrincado, tan bien situado entre el bochorno y la «gracia hispana», como el que se fraguó entre el director general de la Guardia Civil de uno de los últimos Gobiernos de Felipe González, Luis Roldán, que escabullía dinero como el que escabecha sardinas, y Francisco Paesa, uno de esos tipos turbios y escurridizos que se mueven en las alcantarillas del poder con la naturalidad y frescura de un japonés en El Prado.

La realidad de la historia, imposible ya de testar puesto que pertenece a tiempos manipulados y periodísticos, y además siempre estuvo en manos y bocas de mentirosos con carnet, cobra en la película de Alberto Rodríguez cierta consistencia: le introduce un narrador (el personaje real, aunque maquillado, que interpreta José Coronado del piloto y servidor de Paesa) y le procura verosimilitud y alma con esa precisión física de sus protagonistas y con el cromatismo y la complejidad ética que les procura: un grandísimo Eduard Fernández, que clava la cara de «gente» de Francisco Paesa, su rigor, seriedad, eficacia y ambigüedad moral (por no decir jeta), y la pinta de bruto inocentón pero ávido de «pasta» y privilegios que el actor Carlos Santos le imprime a su Luis Roldán.

No es, como podría haber sido, una película oscura, sórdida en cuerpo y alma, sino que Alberto Rodríguez la clarea, o la banaliza, acercándola al cine de engaños y tramposos, al estilo, digamos, de los Ocean’s eleven, con la gracia que eso le añade al ver que los tontos de la función son el personaje de Belloch y sus servicios de inteligencia. Toda aquella gran broma sin gracia, por el papelón internacional que hizo aquella España (que ahora se cree también que lo está inventando), florece aquí como película no de buenos y malos, sino de malos y peores.

«El hombre de las mil caras» ofrece una narración límpida de una historia sucia, y consigue hacer inteligible lo que no lo es, y si alguien piensa que Alberto Rodríguez no consigue ponerle asideros a su relato (históricamente tan falto de ellos), no tiene más que ver la película francesa «Orpheline», también en competición, para darse cuenta del talento narrativo del director español. Arnaud des Pallières, el director, tiene la ocurrencia de contar una historia como si fueran varias, mezclando personajes, actrices y distintos momentos para contar, probablemente, la peripecia de una sola alma femenina, frustrada de niña, en picado de jovencita, herida, golpeada, desnortada, que encuentra y pierde la brújula, madre en huida, presa en fuga… Hay que abrir de par en par la puerta de las entendederas para atisbar las pretensiones de «Orpheline», y armarse como Rambo, pero de paciencia. Qué difícil es ser profundo y transparente, de ahí que el mérito de Alberto Rodríguez no sea, precisamente, que entendamos la peripecia social, moral y policial de Roldán y Paesa, sino que entendamos que es imposible de entender.

Algo mejor resultó la china «Yo no soy Madame Bovary», de Feng Xiaogang, que era una delicia visual con un personaje femenino que actúa como una raspa de merluza en la garganta del sistema político y burocrático chino, que no debe ser cualquier cosa… El personaje lo interpreta la actriz Fan Bingbing, que viene a ser en China lo que Greta Garbo en aquel Hollywood, y protagoniza la historia de una mujer pesadísima que pretende volverse a divorciar del hombre que ya se ha divorciado... Crítica finísima, llena de recovecos que invitan a la reflexión, quizá algo reiterativa (el personaje ofrece empatía y antipatía en iguales proporciones) y que, como es natural, se le ha atragantado a la censura china. La película se ve, casi en su totalidad, como a través de un catalejo, con pantalla redonda, lo cual no es tanto una extravagancia como una invitación a verse rodeado. En un análisis más en menudo de todo lo que ofrece, esta no Madame Bovary es un enjambre de hallazgos.

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