Hitler, posa con el arquitecto Albert Speer (izquierda) y el escultor Arno Breker, en frente de la torre Eiffel
Hitler, posa con el arquitecto Albert Speer (izquierda) y el escultor Arno Breker, en frente de la torre Eiffel - ABC

El valor del arte nazi

Artistas afines a Hitler siguieron trabajando tras la caída del Tercer Reich y sus obras han sido muy cotizadas por coleccionistas privados

CORRESPONSAL EN BERLÍNActualizado:

El 28 de junio de 1940, a las cinco y media de la mañana, Hitler aterrizaba en París para una visita de poco más de tres horas con la que diría que había cumplido «el sueño de toda mi vida». En el aeropuerto de Le Bourget subió a un Mercedes blindado junto a los arquitectos Albert Speer y Hermann Giessler, y el escultor Arno Becker. A pesar de tratarse de civiles habían recibido órdenes de vestir uniforme militar y juntos recorrieron con el Führer la capital francesa, a la que sometieron a un exhaustivo análisis artístico en tono de camaradería. Los tres eran personas de confianza de Hitler y realizaron trabajos artísticos para él. Los tres siguieron trabajando después de la caída del Tercer Reich y sus obras han seguido siendo muy perseguidas por coleccionistas privados, pero raras de ver. Se trata de obras que ni salían a subasta ni tenían presencia en museos públicos. La semana pasada, una subasta rompió el tabú con la venta, por 168.000 euros, de una escultura de Brecker, un bronce neoclasicista de un hombre desnudo, de 2,30 metros de altura, que esculpió en 1939 para formar parte de los proyectos urbanísticos de Speer. Procedía de un coleccionista que ha preferido no desvelar su identidad y el comprador tampoco se ha identificado, por lo que estamos muy lejos de la normalización, pero algunos museos, tomando todas las precauciones, también se han atrevido últimamente a plantear con afán analítico el valor del arte nazi, como el Kunsthalle de Rostock.

La exposición titulada irónicamente «Arte obediente», concepto elaborado en contraposición a las exposiciones de «arte degenerado» que organizó la Alemania nazi, ha reflexionado esta temporada sobre «Arte y política en el nacionalsocialismo», sirviéndose de cuadros que en su día eligió y compró personalmente Adolf Hitler, así como de otras obras representativas del arte más valorado por los nazis. En estricto cumplimiento de la corrección político-artística, el bronce de dos metros de Brecker que representa al ideal de luchador ario y la altiva y seductora Diana aria que Hitler compró de su bolsillo para poder contemplarla en la intimidad, fueron expuestos junto a fotografías que muestran el horror de los crímenes nazis. En rigurosa reflexión sobre la funcionalidad política de estas obras, el catálogo de 240 páginas editado por Kerber Verlag desgrana su utilización propagandística, adoctrinadora y para propiciar la elevación de un «espíritu del pueblo alemán» bajo el que se desarrolló una de las peores larvas de la historia del siglo XX. Pero además de todo este aparataje de presentación crítica, la exposición plantea abiertamente la pregunta sobre el valor de esas obras de arte en sí mismas. Y la respuesta queda abierta.

Ya en los años 70 y 80 hubo un conato de normalización sobre el valor de este tipo de obras de arte, un impulso de verlas y valorarlas por sí mismas, aislándolas de las circunstancias de su nacimiento y de las intenciones de aquellos que, en su momento, las admiraron o utilizaron. En ese contexto se inscribieron exposiciones como la de «Arte en el Tercer Reich» del Kunstverein de Frankfut del Meno, en 1974, o la titulada «escenificación del poder. Fascinación estética en el fascismo y en la nueva sociedad», abierta e Berlín en 1987. No en vano, muchas personalidades alemanas de la República Federal siguieron encargando obras a aquellos artistas, como el busto para el que posó el canciller democristiano Konrad Adenauer, o la diosa griega con la que fue representada la atleta Ulrike Meyfarth, ambas obras realizadas por Arno Becker antes de su muerte en 1991. Este último intento surge, sin embargo, en un lugar y un momento que se prestan a diferentes lecturas. Mecklenburgo Antepomerania, el estado federado al que pertenece Rostock, es el mismo que el año pasado fio entrada en su parlamento regional al partido anti europeo, xenófobo y que abiertamente coquetea con los círculos neonazis Alternativa para Alemania (AfD), que obtuvo allí el 21,4% de los votos.

«Sí, muchos colegas dicen que estas obras no pueden exponerse, algunos creen que puede ser demasiado peligroso porque pueden influir sobre los visitantes al museo», ha dicho Uwe Neumann, jefe artístico del Kunsthalle y uno de los comisarios de la exposición, «quizá tengan razón, quizá alguien encuentre algo bueno en ellas, pero yo definitivamente no lo creo así. Lo que realmente se necesita es que todo pueda ser visto y que la política deje de una vez de influir en lo que hacen los museos».

Neumann invita a examinar las obras en su contexto histórico, más amplio que la etiqueta de arte nazi. «La experiencia de la vida acelerada en las grandes ciudades, la crisis y el trauma de gran parte de la población después de la Primera Guerra Mundial, así como la pobreza y el paro masivo, las sombras de la industrialización, la emancipación de la mujer y la liberalización que acabó con los roles sexuales tradicionales, fueron sistemáticamente eliminadas de la temática de estas obras en pos de la representación de una ideal armonía», explica el catálogo, que recuerda que a partir de 1936 Goebbels prohibió la crítica artística en la prensa, que solamente podía limitarse a publicar «informes sobre arte» sin valoraciones. «Son obras que evocan un mundo ideal y deseable, familias felices viviendo en paz con lo que tienen, hombres y mujeres sanos y fuertes que sonríen con alegría en soleados prados… no se puede culpar al arte de expresar los deseos de un pueblo», defiende un coleccionista que desea permanecer anónimo y que se congratula por ver en un museo obras que, en la más absoluta discreción, confiesa «disfrutar» en la intimidad.