Cultura - Arte

Soledad Lorenzo y William Kentridge iluminan la temporada en el Reina Sofía

El otoño también traerá exposiciones de Doris Salcedo, los cómics de Herriman y un proyecto para detectar la «materia oscura» del cubismo

Soledad Lorenzo depositó su colección en el Reina Sofía
Soledad Lorenzo depositó su colección en el Reina Sofía - ABC

El tiempo que nos borra y el lugar que nos acoge son los dos ejes principales que pretende desarrollar el Museo Reina Sofía para este otoño. Grandes exposiciones y pequeñas maravillas se conjugan en una programación que refleja, en palabras de su director, Manuel Borja-Villel, los problemas del tiempo que vivimos, el de la posverdad, en el que todo sucede de manera instantánea y en el que la Ilustración no está de moda, precisamente.

Soledad Lorenzo en las salas del Reina Sofía
Soledad Lorenzo en las salas del Reina Sofía- IGNACIO GIL

La galerista Soledad Lorenzo (Torrelavega, 1937), en palabras de las personas que la quieren bien, «quiere vivir en el Reina Sofía». Siempre ha sido «su museo» y por ello realizó el depósito temporal con promesa de legado de su colección de casi 400 obras. El 26 de septiembre arranca la primera de las dos exposiciones dedicadas a ese fondo que, en palabras de Borja-Villel, es un «retrato único de una época». Su galería fue espacio íntimo, importante, para varias generaciones de artistas, entre los años ochenta y los dos mil. «Un lugar de encuentro con artistas vivos junto con los que creaba comunidad». «Punto de encuentro», así se llama la muestra, se adentra en ese tiempo en torno a las obras de Palazuelo y Tàpies, otra Soledad (Sevilla) y el grupo vasco de los Badiola, Irazu, Prego y Euba.

Siendo la memoria del espacio tan importante, el Reina Sofía cederá la planta 4, «que no tiene salas enormes, para que sea habitada por esta colección». La segunda muestra, «Cuestiones personales», indagará la relación de la galerista con artistas de diferente perfil, como Gordillo o Fraile -con los que inauguró- y otros más transgresores, como Ugalde, Galindo u Ocampo, con especial atención a los norteamericanos de Metro Pictures Gallery, y los creadores más gestuales, como Broto, Barceló... Borja-Villel señala «el efecto ejemplar que ha tenido esta donación de Soledad Lorenzo», puesto que ha llamado a otras ofertas que el museo está considerando.

Nombres escritos con agua en «Palimpsesto» de Doris Salcedo
Nombres escritos con agua en «Palimpsesto» de Doris Salcedo

Palimpsesto

Si hay una imagen poética de la fragilidad de nuestra memoria frente al tiempo es el epitafio de Keats, «cuyo nombre fue escrito en el agua». Algo así es lo que la artista Doris Salcedo (Bogotá, 1958) ha realizado como homenaje a los que perecen en el mar mientras emigran, una emocionante instalación para el Palacio de Cristal del Retiro que abrirá sus puertas el 6 de octubre. Un paisaje de losas verá cómo gotas de agua escriben, gracias a un sistema hidráulico, de manera efímera los nombres de personas ahogadas cuando emigraban cruzando el Atlántico y el Mediterráneo. El agua se seca y la memoria de los ahogados se borra mientras otro nombre ocupa su lugar en este «Palimpsesto».

Salcedo y la performer Esther Ferrer (San Sebastián 1937) (que inaugurará uno de sus trabajos el 26 de octubre en el Palacio de Velázquez) palparán los límites mientras el Reina Sofía abrirá otra veta en este otoño, más cercana a «lo vernáculo, lo popular y a la reflexión sobre la identidad», según Borja-Villel.

Kentridge

El surafricano William Kentridge (Johannesburgo, 1955), premio Princesa de Asturias de las Artes 2017, protagonizará una muestra desde el 31 de octubre, centrada en seis obras que permiten recorrer las constantes de su producción multidisciplinar que orbita en el teatro y la ópera, y rompe disciplinas entre dibujo, videoarte, collage o escultura.

Poco antes, el 17 de octubre, el cómic entrará en el Reina Sofía a lo grande con 120 obras de George Herriman (1880-1944), pionero de la tira cómica en los periódicos con Krazy Kat. Y algo más tarde vendrá H. C. Westerman, exmarine de Midway y Guadalcanal cuya obra bascula entre lo popular y lo artesanal.

Materia oscura

Y en noviembre, Borja-Villel destaca un proyecto muy sugerente asociado a la colección Telefónica, también depositada en el Reina Sofía, y centrada en el cubismo. Obras de gran calidad, pero no asociadas con los nombres de Picasso o Braque, serán el inicio de una investigación que iluminará la «materia oscura» del movimiento, artistas de todo el mundo que, antes del surrealismo, hicieron del cubista un lenguaje universal. Fernando Pessoa será guía de esta indagación más allá del desasosiego gracias a su notable obra crítica.

El director del Reina Sofía señala que, «en un momento de tanto discurso ideológico, emocional, no están tan lejos los años 30 y el estudio de la época se vuelve necesario. La Ilustración no está de moda, tal vez denostamos la mirada eurocéntrica en un mundo como el nuestro, el de la posverdad, hay una quiebra del todo vale, que vemos en el arte, que se percibe en las grandes bienales. Siempre hubo élites de artistas, pero hay mayor ruptura entre los creadores que hoy copan las subastas y los menos conocidos que en el pasado. Por eso hay que indagar la “materia oscura”. Los museos tenemos entre nuestros desafíos reivindicar la autocrítica y muchos valores de la Ilustración, que incluyen la libertad y el espacio de convivencia».

El museo y la libertad

Para Borja-Villel la crisis de la libertad a la que nos aboca la tenaza de lo políticamente correcto «es la crisis de uno de esos valores que tienen ya 300 años en nuestra civilización. El museo debe defender sus formas, como la libertad de cátedra, para que sea la inteligencia y no la ideología, u otra construcción, la que nos gobierne y nos impida una sana autocrítica».

«Hoy cualquiera puede ser artista con un móvil -recuerda- y se hace preciso identificar la reflexión que hay por encima de los adornos y que el artista propone. En un momento en que todo vale debemos ser conscientes de que lo que no vale es poner a, por ejemplo Damien Hirst junto con Marcel Broodthaers o Dora García, salvo que se haga con ánimo de contraste, porque nuestra responsabilidad es hacer ver que no todo da igual», concluye.

En definitiva, las instituciones públicas no pueden limitarse a la «representación de los grandes nombres, sino que deben volverse espacios en los que buscar nuevo conocimiento, discutir, donde el enemigo deviene en adversario». Ese espacio «agónico» corre el riesgo de desaparecer en una institución «que se basa en la publicidad y el criterio exclusivo del número de visitantes», comenta Borja-Villel. Lo más importante, señala, «sigue siendo la educación, tiene que ser la educación para no perder la conciencia de los valores que llegaron con la Ilustración».

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