Cultura - Arte

El Prado se mira en el espejo

El museo propone al público un apasionante viaje a la idea del arte, contado en primera persona por sus protagonistas, a través de una mirada introspectiva a su colección

UN hombra pasa junto a «Huyendo de la crítica», de Pere Borrell y del Caso
UN hombra pasa junto a «Huyendo de la crítica», de Pere Borrell y del Caso - JOSÉ RAMÓN LADRA

Matías de Arteaga inmortalizó la invención de la pintura en un cuadro en el que alguien traza el contorno de la sombra de una persona sobre la pared. Otros recurren a la mitología para explicar el nacimiento de la pintura: fue Narciso quien, al contemplar su reflejo en una fuente, creó la pintura, aunque acabó ahogándose en su propio reflejo. El arte se ha mirado a sí mismo, ensimismada y melancólicamente, como el bello Narciso, pero logrando mantenerse a flote.

El Museo del Prado es el que ahora se contempla en el espejo, con una mirada introspectiva, gracias a uno de los proyectos más ambiciosos intelectualmente de los que ha llevado a cabo sobre su colección. En los últimos años ha emprendido aproximaciones a sus fondos desde distintos puntos de vista, buscando nuevas lecturas, liberando a sus colecciones del corsé de las escuelas nacionales: Alejandro Vergara nos mostró a un Rubens estrella de Hollywood en cinemascope, Manuela Mena nos desveló los secretos de la belleza encerrada... Y ahora es Javier Portús –jefe de Conservación de Pintura Española (hasta 1700) del Prado– el que se ha enfrascado en un reto intelectual de considerable envergadura, del que ha salido más que victorioso.

Su título puede resultar extraño al público, «Metapintura», pero aclara Portús –comisario de la exposición y autor del profuso ensayo que la acompaña– que es un término muy habitual en teatro y novela: teatro sobre el teatro, novela sobre la novela... En este caso (pintura sobre la pintura) nos propone un viaje a la idea del arte: la historia del arte contada en primera persona por sus protagonistas.

Cristo se autorretrata

Siguiendo con el juego terminológico, esta exposición, patrocinada por la Asociación Amigos del Museo del Prado y que cuenta con la colaboración de la Comunidad de Madrid, es un pequeño Prado dentro del Prado: reúne 137 obras (pinturas, esculturas, dibujos, grabados, libros y artes decorativas), de las que 22 son cedidas por 18 prestadores y el resto procede de los fondos del museo. De ellos, 52 obras han salido de sus salas habituales, 20 del almacén, 8 de la biblioteca, 6 han regresado temporalmente de sus depósitos... A ellos se suman 29 dibujos y medallas.

«Cristo crucificado contemplado por un pintor», de Zurbarán
«Cristo crucificado contemplado por un pintor», de Zurbarán- JOSÉ RAMÓN LADRA

Este apasionante viaje arranca con una especie de altar, presidido por «Cristo crucificado contemplado por un pintor», de Zurbarán. El artista, que se pasó la vida imaginando cómo era Cristo, cómo representarlo, se autorretrata arrodillado y mirándolo fijamente. A ambos lados, dos Santas Faces, firmadas por El Greco y el propio Zurbarán. Cristo se autorretrata acercando su rostro al paño de la Verónica. El arte, como instrumento de la religión. Dios como pintor y San Lucas, patrón de los pintores, retratando a la Virgen. Pero en los orígenes de la pintura, además de la historia sagrada, también juega un papel destacado la mitología: Narciso (presente en una pintura de Jan Cossiers, una escultura romana del siglo I, una preciosa jarra de cristal de roca de 1555); Prometeo –inmortalizado por Rubens–, que robó el fuego de los dioses para dar vida a una escultura que había creado, por lo que fue castigado; Dédalo (dibujado por Goya), quien creó unas alas que acabaron matando a su hijo Ícaro...

Nombres propios

El crítico de arte Julián Gállego, a quien se homenajea en la muestra, publicó «El cuadro dentro del cuadro». Y eso es precisamente lo que hallamos por todos los rincones de la muestra: referencias artísticas en cada centímetro cuadrado de los lienzos. Como esos medallones que portan las mujeres de la vida de Felipe II con su imagen (linaje, sumisión), retratadas por célebres artistas. También se plantean rebuscados juegos. Como los «Diálogos de la pintura», de Vicente Carducho, de los que Valdés Leal se burla en su «Alegoría de la vanidad» por medio de un angelote. No faltan sorprendentes trampantojos que proponen sobrepasar los límites del marco, buscando la tridimensionalidad de la pintura. Es el caso de «Huyendo de la crítica», de Pere Borrell y del Caso (1874), de la colección del Banco de España.

«Autorretrato» de Tiziano
«Autorretrato» de Tiziano- JOSÉ RAMÓN LADRA

Son muchos los protagonistas de la exposición. Uno de ellos es Tiziano, maestro del color y modelo de retratista cortesano. Con más de 70 años se autorretrató con un pincel en su mano derecha. El cuadro fue propiedad de Rubens, que lo admiraba. En su «Entierro de Cristo» se autorretrata como Nicodemo. El relieve del sepulcro tiene un significado especial: identifica el sacrificio de Isaac con el de Dios. A Tiziano le rinden tributo artistas españoles, italianos y flamencos, que cuelgan junto al maestro. Otro protagonista indiscutible es Goya, quien se convirtió en tema de sus obras en más de 20 autorretratos (físicos y espirituales). A través de sus obras apreciamos cómo ha cambiado su aspecto, su estilo pictórico. Con él, dice Portús, acaba un mundo (el moderno) y comienza otro (el contemporáneo). Con él, las imágenes religiosas pierden su aura mágica; con él, nace la subjetividad en la pintura (pinta a familiares y amigos). Y más protagonistas de esta historia. Jovellanos, retratado muy pensativo y melancólico por el propio Goya, pronunció en 1781 en la Academia de Bellas Artes de San Fernando su «Elogio de las Bellas Artes», primera historia de la pintura española.

«Las hilanderas» de Velázquez (a la izquierda), junto a «El rapto de Europa», de Rubens
«Las hilanderas» de Velázquez (a la izquierda), junto a «El rapto de Europa», de Rubens- JOSÉ RAMÓN LADRA

El cuadro dentro del cuadro

«Las hilanderas», de Velázquez, es uno de los puntos focales de la muestra. «Es una de las composiciones de mayor contenido metapictórico», advierte Portús. Por primera vez en la historia, para comprender una pintura es necesario conocer otra. «Velázquez se muestra como un narrador muy sofisticado», apunta el comisario. Cuenta en el célebre lienzo la fábula de Palas y Aracne: la diosa reta a una mortal a una competición para ver quién era más diestra tejiendo tapices. Acabó convirtiéndola en araña. En el fondo del lienzo velazqueño, tras las hilanderas, ambas discuten ante un tapiz: «El rapto de Europa», de Tiziano, copiado por Rubens cuando, en 1628-29, viajó a Madrid por segunda vez, en este caso como embajador de la archiduquesa Isabel Clara Eugenia.

«Solo quienes conocen esa obra entienden lo que ahí se cuenta», dice Portús. Felipe IV pagó una fortuna por estas copias de Rubens: entre 1.200 y 1.800 florines. Por «El rapto de Europa», 1.400. En el cuadro se miden Palas y Aracne, pero también Tiziano y Rubens, a los que se une el propio Velázquez, quien se reconoce como parte de esa tradición. La tesis: el arte siempre puede progresar, pues es una actividad liberal. Junto a «Las hilanderas» cuelga «El rapto de Europa», de Rubens. Y, por primera vez, se muestra en España el boceto de su «Palas y Aracne» (desapareció el cuadro que pintó Rubens para la Torre de la Parada y la copia de Mazo), préstamo del Virginia Museum of Fine Arts (Richmond).

Así de pensativo y melancólico retrato Goya a Jovellanos
Así de pensativo y melancólico retrato Goya a Jovellanos- JOSÉ RAMÓN LADRA

«Las Meninas» y «El Quijote»

«Son dos obras maestras indiscutibles de la cultural occidental, dos hitos universales de la literatura y la pintura autorreferencial», comenta Javier Portús, que ha incluido en la exposición un apartado dedicado a «Las Meninas» y «El Quijote», sumándose así el Prado a la celebración del cuarto centenario de la muerte de Cervantes. Advierte el comisario que ambas obras, realizadas en el siglo XVII, tienen en común que son «narraciones complejas que incluyen subtramas y varios niveles de significación; son obras abiertas, cuya lectura nunca se acaba...» «El Quijote» es una novela sobre la novela;«Las Meninas», una pintura sobre la pintura. Ambas nos siguen fascinando cuatro siglos después. «Las Meninas» no se han movido de sitio: siguen colgando en la sala XII del Prado. En la exposición luce, en su lugar, una reproducción de un fragmento del grafoscopio de Laurent. Frente a ella, en una vitrina, una primera edición de las dos partes del Quijote (1605 y 1615), de la colección de Plácido Arango.

A la izquierda, Eduardo Rosales retratado por Federico de Madrazo. A la derecha, «Cristo yacente» para el que Agapito Vallmitjana empleó como modelo el rostro de Rosales
A la izquierda, Eduardo Rosales retratado por Federico de Madrazo. A la derecha, «Cristo yacente» para el que Agapito Vallmitjana empleó como modelo el rostro de Rosales- JOSÉ RAMÓN LADRA

Arma publicitaria

Los artistas se convierten en personajes públicos: tienen éxito y logran el ansiado estatus social. Entendían el autorretrato como arma publicitaria para legar su imagen a la posteridad. Por ello se autorretratan no como eran, sino como querían ser vistos. En las salas del Prado cuelga una espléndida galería: Van Dyck (se pinta cerca del poder), Durero, Bernini, Luis Meléndez, Murillo (se retrata como pintor ingenioso, diestro y culto)... El Greco retrata a su hijo Jorge Manuel; Velázquez, a su suegro, Francisco Pacheco, y a Juan Martínez Montañés modelando un busto de Felipe IV. Los protagonistas del arte, pero también los lugares del arte: academias, talleres, galerías, como la de pinturas del archiduque Leopoldo Guillermo en Bruselas, inmortalizada por David Teniers en un celebérrimo cuadro.

El arte ya no está asociado a la religión ni a los mitos, sino al amor, la fama y la muerte. A Mengs ya no le espera en el cielo la Santísima Trinidad, sino las Tres Gracias. Nace el artista como héroe. Si Zurbarán abría la muestra pintando al Crucificado, la cierra Eduardo Rosales prestando su rostro como modelo para un «Cristo yacente», de Agapito Vallmitjana. En 1819 se crea el Museo del Prado y se entroniza el arte. Los artistas entran en el Parnaso, en el panteón ilustre español. El Prado, dice Portús, es «el templo laico de las artes, gran escenario de lo metapictórico». Una reproducción a gran tamaño de su galería central en el siglo XIX invita al espectador a visitar la pinacoteca.

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