Eduardo Arroyo, junto a dos de sus obras, en el Museo de Bellas Artes de Bilbao
Eduardo Arroyo, junto a dos de sus obras, en el Museo de Bellas Artes de Bilbao - EFE

Eduardo Arroyo: «Si tuviera ahora 20 años no sería artista, el arte actual no me interesa»

El creador madrileño, de 80 años, expone 44 obras en el Museo de Bellas Artes de Bilbao

BilbaoActualizado:

La inspiración se mantiene fiel a Eduardo Arroyo (Madrid, 1937), que, a sus 80 años, no tiene intención de guardar los pinceles. De hecho, el artista madrileño ha inaugurado una exposición en el Museo de Bellas Artes de Bilbao, en la que exhibe 44 de sus obras hasta el 9 de abril de 2018. Intacta su pasión por la pintura y la escultura, anhela dos aspectos del pasado. El primero, el fervor social de su generación. Y el segundo, el arrojo del que hacían gala los púgiles sobre el «ring».

—Usted es un firme defensor del boxeo. ¿Aún lo sigue?

—El boxeo se ha terminado, la moralina postransición lo ha destrozado. También quieren cargarse los toros, aunque eso les será un poco más difícil, afortunadamente.

—¿Tal vez haya perdido su esencia?

—La gente ya no lo sigue porque lo considera un deporte brutal, violento, salvaje. Siento mucha nostalgia, porque el boxeo, junto a los toros, es la actividad heroica por excelencia. Además, produce una magnífica literatura, y eso me ha interesado siempre mucho.

—¿Siente también nostalgia por el arte de finales de siglo XX?

—Sí. Si yo tuviera hoy 20 años no sería artista, porque este mundo del arte actual no interesa para nada. Sería bibliotecario, por ejemplo.

—La literatura es, precisamente, otra de sus grandes pasiones.

—Yo creo que la pintura sin literatura no es nada, al igual que la literatura sin la pintura.

—¿En qué momento se declinó por el pincel?

—Al principio yo quería ser escritor. Estaba muy influenciado por la literatura americana de la época: Hemingway, Dos Passos, Faulkner... Fue en Montparnasse, un barrio de pintores, donde comprendí que tenía que pintar. Pero no he abandonado la locura literaria.

—Si bien su estilo artístico se enmarca dentro de lo que se conoce como figuración narrativa, hay quienes le relacionan incluso con el «pop art» en algunos aspectos.

—Yo pertenezco a un grupo que se formó en Francia a finales de los 50 y que luego se llamó, efectivamente, figuración narrativa. No tengo nada que ver con el «pop art». Aquí se han hecho exposiciones que me hacen reír de la «pop art» española, que es muy diferente de la «pop art» inglesa.

—Y ahora, ¿en qué momento se encuentra?

—Mi pintura está en evolución, hay una diferencia obvia con el pasado. Soy un viejo pintor figurativo que pertenece a esa corriente que dejaba atrás la abstracción, aunque luego, con los años, pienso que la abstracción ha sido necesaria e interesante.

—¿Influyó en su obra el cambio de paradigma político que siguió a la muerte de Franco?

—Claro. La política me ocupó durante muchos años. Es lo que yo llamo la obsesión de España, que en esta exposición está menos representada porque en algún sentido yo también he evolucionado. Yo pedí a la política que me devolviera las horas perdidas, que me las restituyera. Cuando llegó la normalización democrática, España se empezó a convertir en un país como los demás.

—¿Cuándo llegó esa normalización?

—Yo decía que llegaría cuando pintara mi primer cuadro en España.

—¿Cómo recuerda su marcha a Francia?

—Me fui con 21 años recién cumplidos. Lo hice porque me aburría, el contacto con la realidad política española vino luego. Cuando me restituyeron el pasaporte, comprendí que me había perdido una parte de la película. Me perdí la transición, pero afortunadamente también me perdí la movida, la cual considero una estupidez.

—¿Percibe algo de esa vieja España en la sociedad actual?

—España ha cambiado mucho, afortunadamente. Y creo que va a cambiar más y para bien. No es el país que dejé, aunque haya idiotas que hablan de prisioneros políticos y de franquismo. No tienen ni idea de lo que fue, es una vergüenza.

—¿Le fue difícil hallar su hueco en España tras el exilio?

—Para ser honesto, creo que no tardé mucho tiempo en conseguir que este país me considerara alguien. No he tenido ese problema de reconocimiento. Esta sociedad no me debe nada ni yo debo nada a la sociedad, así de simple.

—Alguna vez ha explicado también lo difícil que era vender un cuadro en París.

—Porque vender un cuadro era considerado una horterada y una ordinariez. Había que venderlo a escondidas porque los artistas no te lo permitían. Afortunadamente, todo eso ha cambiado.

—A sus 80 años, todavía se mantiene en activo. ¿Cuál es su motivación?

—Yo quiero seguir hasta la última pincelada. Lo que me pregunto es en qué estado se encontrará el último cuadro que voy a pintar.