Cultura - Arte

La cultura argentina quiere desprenderse de la «pesada mochila» de su pasado

País invitado en ARCO 2017, reinvindicará su arte contemporáneo, hasta ahora el patito feo ensombrecido por la literatura, la música y el teatro

Juliana Awada, en el Museo Nacional de Bellas Artes
Juliana Awada, en el Museo Nacional de Bellas Artes - MAURO RICO
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El fútbol, el tango y las compras son tres de las pasiones de los argentinos, que tienen en Maradona, Evita y Gardel su particular santísima trinidad. Buenos Aires es una ciudad hasta donde morirse es un arte: su precioso cementerio en la Recoleta es un atractivo turístico más. Sus calles están abarrotadas de maravillosos cafés, teatros y librerías. Según un estudio de 2015, Buenos Aires es la ciudad con más librerías por habitante en todo el mundo (25 por cada 100.000, lo que da un total de 467), seguida por Hong Kong y Madrid. Número, sin embargo, que contrasta con las 43 galerías de arte repartidas por toda Argentina. La literatura de este país, con Borges, Cortázar, Sabato y Bioy Casares a la cabeza; su música popular (Gardel, Piazzola), pero también el teatro, el cine y la danza han sido tan potentes que han aplastado como una apisonadora a las artes plásticas, la cenicienta de la cultura argentina.

Muy pocos entre el gran público sabrían decir los nombres de tres de sus artistas no ya contemporáneos, ni siquiera clásicos. Hay en la capital importantes museos -el Nacional de Bellas Artes, el de Arte Latinoamericano de Buenos Aires (MALBA)- y destacados coleccionistas, capitaneados por Eduardo Costantini, pero pocos creadores contemporáneos han acabado obteniendo fama y reconocimiento popular: a nombres históricos como Antonio Berni se suman artistas contemporáneos como Guillermo Kuitca, Alberto Greco, León Ferrari, Xul Solar, Jorge Macchi, Leandro Erlich, Liliana Porter...

Una oportunidad única para acabar con esta discriminación del arte en Argentina es que en 2017 será el país invitado en ARCO. Al igual que ya hizo Colombia en 2015, desembarcará en Madrid con toda su artillería pesada para demostrar que esa cenicienta porteña se ha convertido ya en princesa. El arte argentino está harto de ser el patito feo y quiere mostrar al mundo su mejor cara.

Inés Katzenstein y Sonia Becce son las comisarias del proyecto Argentina en ARCO. La primera ha seleccionado doce galerías, todas de Buenos Aires (el mercado del arte es pequeño y muy centralizado en la capital), que mostrarán obra de 23 artistas, poniendo un especial énfasis en los artistas que no han expuesto hasta ahora en Europa: Ruth Benzacar (la punta de lanza del galerismo argentino), Jorge Mara-La Ruche, Henrique Faría Buenos Aires, Ignacio Liprendi, Nora Fisch, Mite, Vasari, Slyzmud, Barro, Del Infinito, Cosmocosa e Isla Flotante (estas dos últimas acudirán por primera vez a ARCO). Sonia Becce, por su parte, se encarga de las exposiciones y actividades que habrá repartidas en 17 espacios de Madrid esos días y que congregará a más de 60 artistas de todas las disciplinas: la colección Costantini en la Academia de Bellas Artes, Leandro Erlich en la Fundación Telefónica, Jorge Macchi en el Centro de Arte Dos de Mayo de Móstoles (esta retrospectiva de 25 años de carrera será comisariada por Agustín Pérez Rubio, el español que dirige el MALBA), y una colectiva de medio centenar de artistas de varias generaciones repartida en ocho sedes de la capital, bajo el título «En el ejercicio de las cosas», son algunas de las propuestas más destacadas. Pero no faltarán la música, el teatro, el cine, la literatura…

Como lema para su participación en la feria se ha escogido «Argentina. Plataforma/ARCO». Y es que, como explica el ministro de Cultura de Argentina, Pablo Avelluto, «ARCO es nuestra plataforma para presentar la vibración del arte y la cultura en la Argentina contemporánea. Una plataforma plural y diversa desde donde se proyectan los puntos de vista de una escena inesperada, moderna y transgresora. Vamos a llevar a ARCO el retrato de una cultura viva. Se trata del fin de nuestros prejuicios». Y es que, aunque reconoce que «Argentina es conocida por su historia cultural y estamos orgullosos de los grandes nombres tradicionales de la cultura, esa tradición puede verse como una mochila algo pesada. Berni, Piazzola, Borges... ¿Y ahora qué?» El ministro aboga por dejar atrás, de una vez por todas, esa melancolía tan propia del tango de «lo que fuimos y dejamos de ser», la nostalgia de «un pasado dorado que no fue tan dorado». Apuesta por «inventar algo nuevo; no mostrar lo que fuimos, lo que hicimos, sino lo que somos, lo que hacemos hoy».

Y en ese afán por mostrar la Argentina contemporánea, la Argentina del siglo XXI, cree Avelluto que ARCO «es una oportunidad privilegiada, una plataforma para mostranos y ser observados. La Argentina que viene va a ser mejor, sin duda, que la del pasado. No queremos volver a ningún lugar». El ministro de Cultura, que procede del mundo de la edición, reconoce que «es más fácil salir de Argentina con el cine, la literatura y la música que con el arte. El impacto que supondrá ARCO nos permitirá ponernos al día con el arte contemporáneo, hasta ahora más ausente. La situación aún está por explotar». ¿Lo hará en ARCO? «Sin duda. Será una plataforma que nos dará un impulso en Europa».

El galerista Jorge Mara es un viejo conocido en Madrid, donde tuvo galería durante una década. Llevará a ARCO el trabajo de Eduardo Stupía en diálogo con un artista argentino de origen japonés, Kasuya Sakai. «ARCO es fundamental para nosotros; es una suerte de escaparate y trampolín para el arte argentino». Se lamenta de que, aunque ahora parece que está empezando a cambiar, las artes plásticas «han estado ausentes, no han sido apoyadas ni difundidas por el Estado ni las instituciones, como sí ha ocurrido en países como Brasil, México y Perú. En Brasil, por ejemplo, no es el arte mejor que el nuestro, pero sí cuenta con mucho más apoyo. En Argentina hay muy poco coleccionismo. Lo hubo hasta los años 60, desapareció y ahora está volviendo. Pero no ha sido un coleccionismo sostenido. Se ha tendido más a la música, el teatro... El público veía el arte como un lujo superfluo y el Estado, como algo subversivo y peligroso. Arte y cultura no se identificaban».

Poco a poco, advierte Jorge Mara, el arte contemporáneo argentino se va consolidando: «Se está elaborando una ley de Mecenazgo para apoyar al sector. Desde hace 25 años tenemos una feria, arteBA, que ha ido creciendo y abriéndose al exterior (en noviembre nacerá arteBA Focus, comisariada y solo para galerías argentinas). Y hay un coleccionista, Eduardo Costantini, que tiene sus obras en el MALBA, ayudando a dinfundir el arte y supliendo las graves carencias que tiene este país. Hay aún mucho por hacer». De momento, el año pasado se creó Meridiano, una cámara de galerías de arte que concentra a las 43 que hay en todo el país, con el fin de profesionalizar el sector y apoyar su desarrollo, como ha ocurrido con otros. Y Buenos Aires ha sido elegida la primera sede de Art Basel Cities, un programa puesto en marcha por la todopoderosa feria suiza para impulsar la cultura en algunas ciudades del mundo. El objetivo es desarrollar eventos en la ciudad desde 2017 y durante varios años para establecer relaciones entre Buenos Aires y el mundo del arte internacional.

En 2000 solo había una galería argentina dedicada al arte emergente. Hoy son algunas más. Pero los jóvenes galeristas argentinos no pueden vivir solo del arte y deben compaginarlo con otras actividades profesionales para subsistir. Es el caso de Nicolás Barraza, director de la galería Mite. Laura Codega, una de las artistas que llevará a ARCO, comenta que «aquí todo está aún por hacer, por inventarse. Por un lado, es bueno, porque es un territorio de mayor libertad, pero se corre el riesgo de perderse». La crisis que estalló en el país en 2001, advierten, fue un detonante para que explotara la creatividad: fue un semillero de ideas y el arte argentino empezó a pensarse a sí mismo. Un grupo de coleccionistas impulsó una feria de arte contemporáneo en Córdoba y se empezó a vender arte en el interior del país, algo que, advierten, antes era impensable.

Debido a la fluctuación del peso argentino, el precio de las obras de arte (como ocurre con la compra de una casa o un coche) se establece en dólares. Aunque el IVA general en el país es del 21%, el arte cuenta con un impuesto reducido de un 10,5%. Algunos galeristas comentan que, desde el cambio de Gobierno en diciembre de 2015, se ha reactivado el sector: han aumentado las ventas, los coleccionistas han recuperado la confianza... «Antes había miedo a comprar arte».

Inés Katzenstein coincide en que el mercado del arte en Argentina es aún muy pequeño («la escena artística es mucho mayor que el mercado») y en la idea de ARCO como plataforma para el arte contemporáneo argentino: «Como aspecto negativo, las doce galerías que he seleccionado son de Buenos Aires. Como positivo, todas tienen una fuerte personalidad, mucha vitalidad y son muy diversas. No hay una imagen monolítica. Todo lo contrario. Será polifónica, representará la diversidad y la idiosincrasia de la escena artística argentina, una imagen renovada, fuerte y plural del arte argentino». No tiene claro que exista un arte argentino como tal, pero sí que hay unos hilos conductores, «unos énfasis y subrayados». En primer lugar, la permanencia de la pintura como campo de experimentación: «No es algo inerte, sino vivo». En segundo lugar, la estrecha relación entre la literatura y las artes visuales: «Hay tres casos: artistas escritores, artistas poetas y la fusión entre grafismo y dibujo». Por último, un interés de los artistas más jóvenes por explorar el género y la sexualidad: «Trabajan el cuerpo como un terreno de experimentación».

Para Sonia Becce, el problema es que «no ha habido políticas culturales consistentes ni sistemáticas, ni una promoción del arte argentino, ni hay importantes escuelas de arte». A ello se suma la lejanía del país (la exportación de arte es carísima), la crisis económica, la falta de un coleccionismo fuerte... Y es que Argentina no solo ha estado durante años aislada política y económicamente, sino también culturalmente.

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